Morriña,
añoranza o evocación. Qué importancia puede tener, el calificativo del
sentimiento en cuestión, cuando lo realmente importante es la razón que lo
despierta. En mi opinión, es el único medio de recortar la distancia que me separa,
del terruño que más añoro; sobre todo, cuando la opción más lógica y acertada,
queda fuera de mi alcance, por circunstancias ajenas a mi voluntad. Pienso en
ti y al hacerlo, me lleno de gozo disfrutando de todas esas huellas que de ti,
quedaron en mí, y conservo grabadas, y a las que cada uno de mis sentidos
responde con solo mencionarte. Eres para mí, algo más que un sinfín de bellos e
inolvidables recuerdos. Mucho más que mi rincón añorado, más que el referente
de una adolescencia, que aunque truncada por el fenómeno de la emigración, fue
lo suficientemente grandiosa, como para no olvidarla jamás.
Es
por todo ello, por lo que este recién terminado carnaval de 2013, me trajo al
recuerdo una simple, pero añorada prenda de vestir. Aquel año de 1962, estrenaba
mi primer pantalón largo Un vaquero de tela azul y acartonada, que vino a
cumplir mí más deseado y esperado momento,
en mí caminar, por esa primera parte de la adolescencia. Me sentía como
pez en el agua, más seguro y libre de conjeturas. Enfundado en aquel pantalón
que ocultaba aquellos negros vellos que comenzaban a invadir mis delgaduchas
piernas, casi me invitaba a “presumir”. Era como haber borrado de un plumazo el
chismorreo del entorno, con los dichosos vellos. Estos, eran los que marcaban
una práctica hecha tradición entre nuestros antepasados, los cuales y en un
gran número de casos, no advertían la necesidad de los pantalones largos en
adolescentes que rondasen menos de los 15 años. Costumbre, que comenzó a perder
fuerza, entre finales de la década de los 50 y comienzo de los 60, y en la que
creo tuvo mucho que ver la llegada del pantalón vaquero. Todo ello, sin olvidar
la gran influencia ejercida por el lugar
y las creencias familiares; pero que siempre se producía a partir de los 13 años.
Recuerdo
que dicho pantalón vaquero, fue para mí, la guinda de la vestimenta de los
domingos, durante un largo periodo de tiempo, a pesar del refunfuñar de mi
abuela, la cual no terminaba por aceptar
con buenos ojos dicha prenda. Con
el transcurrir del tiempo, mi venerado pantalón, quedo para formar parte de la
vestimenta diaria. Aunque ahora que lo recuerdo, animado por los amigos,
decididos a vestirse de pistoleros aquel
martes de carnaval; me surgió la idea de rebuscar entre mis olvidados pertrechos
infantiles, entre los que se hallaban tebeos de hazañas bélicas, Roberto
Alcázar y Pedrín, canicas y algunos folletos de los que nos daban junto con las
entradas, y entre los que encontré como imitar la vestimenta de John Wayne.
Termine suplementando dicha vestimenta, con una rebuscada camisa y un pañuelo
cuyo dudoso y envejecido color rojo,
pudieron terminar por dar un poco de realidad ficticia a mi perseguido disfraz,
que termine coronando con un sombrero comprado en Etelvina. El resto del
material necesario, como la canana y pistolera de plástico, junto a una pistola
comprada también años atrás en Etelvina, y que formo parte de un regalo de
reyes, y cuyo tambor o “rodicio”, como solíamos llamarle en el pueblo, giraba
en cada pulsación del gatillo; los encontré durmiendo en una caja de madera en
el desván o faiado. Nunca concebí pudiese llegar a conseguirlo, pero aquel
pantalón fue el pilar de un inolvidable martes de carnaval, en el que por así
decirlo, paso a formar parte en la enciclopedia de mis más queridos recuerdos.
Andrés
Rubido García

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