jueves, 29 de noviembre de 2012

Iconografías



Me resulta irresistible callar, cuando despierto al resplandor, en el que los ecos de las musas del romanticismo acuden a mi mente. Imposible no dar rienda suelta a mi instinto, de rememorar todo aquello que vislumbro en mi imaginación. Es el ímpetu, nacido de lo mas intimo de los sentimientos, que me impulsa a dejarlos fluir a través de  las letras que fielmente ordenadas, irán dando sentido a las palabras que son en definitiva, el calcado testimonio de aquellos,  que como ráfagas de la más sentida añoranza, me invitan a convertir y plasmar como textos, las ciertas vivencias desenterradas de mis recuerdos.

Cuando eso ocurre, no existe nada especial en concreto, solo la imagen de lo que en ese justo momento acude a mi mente. Como olvidar el barómetro, un icono de nuestro pueblo, en cuyo parte baja, el saliente de su pared, era utilizado como banco por los más añejos del pueblo. Lugar en el que sentados comentaban y batallaban sus vivencias en ocasiones coreadas por las risas del grupo y a veces entre debates que podían terminar en un: xa me vou, ata logo. Más arriba, la fuente de la ribera y detrás la escuela; a la que a pesar de haber acudido poco tiempo, conservo recuerdos de muchos compañeros y de los manuscritos utilizados como el Europa y el Países y Mares.

A veces rememorar y meditar sobre mi pueblo, me lleva a sentir la impotencia de las injusticias cometidas con dichas iconografías. Entre ellas, aquella que además de ornamentar la plaza, era el centro de reencuentro de las distintas mujeres que por allí iban o pasaban. No precisamente lo hacían por casualidad; era la ingente obligación de abastecer las necesidades de sus casas. Plaza convertida en el mercado de recursos, depositados en las canastas de mimbre (paxes o paxecas) o simples cajas de madera, que salpicaban el centro y alrededores de la misma, ambientándola con olores frescos de las frutas o pescado.  Era por así decirlo, el centro de reunión, al que acudían otras personas con sus artículos; para precisamente ganarse unos patacos o reales, con los que surtir también dichas necesidades.

En aquella plaza, además de la leche, las patatas, la fruta y el pescado curado, salado o fresco, entre el que dependiendo de la época del año podíamos encontrar: sardinas o jureles, tanto salados, lañados, frescos; además de la raya, el cazón, bogas, escachos, fanecas. Había algo más, que era el fiel y perenne testigo de la misma plaza, y una de las más constantes razones de las visitas de las mujeres, que a diario, mañana y tarde, acudían con sus grandes jarras para el aseo y cubos de cinc; algunos con baño de porcelana blanca y asas en forma de aro con empuñadura de madera, que se utilizaban para el agua de beber y cocinar. Era el único medio de aquella añorada época, con el que los hogares se surtían de aquel líquido, elemento cristalino, y fresco que arrojaban sus cuatro caños. Una fuente siempre acompañada y custodiada por cuatro arboles, con los que se terminaba de darle a aquella rememorada y entrañable plaza, el toque natural del que siempre presumió y con el que debería de haber permanecido. Una imagen que ha día de hoy solo vive en el recuerdo de unos pocos.

Andrés Rubido García

sábado, 24 de noviembre de 2012

Os acordáis



De aquel Cariño, en el que entre la carretera y la playa solo existía un relleno. De aquel nuestro pueblo en el que aquellas tablas adoptando formas cuadradas y redondeadas, ejerciendo su función de marcas blancas colgadas, y cada una de ellas en su reservado gancho, erigido todos ellos sobre el lienzo del tajo del castro. Marcas con las que se llamaban a los marineros que habitaban en las zonas más alejadas del pueblo, y que nos hablaban de la inminente salida para la mar, gracias al buen estado del tiempo.  Barcos que con la clara o atardecer del día  nos anunciaban su llegada mediante sus pitadas, informando a conserveros y fresqueros de las distintas especies de pesca de sardinas, jureles,  bocartes, agujas;  definiéndonos el  tipo de pescado capturado según sus pitadas, y al que la sirena de la lonja que con su descomunal y a su vez alegre alarido contestaba. Era al fin y al cabo, la principal fuente de trabajo para nuestro pueblo marinero, en el que a pesar de las estrecheces de la época, los comentarios y habladurías entre el devenir  de hombres ataviados con sus ropas de aguas, los remos sobre sus hombros y los carabeles en sus manos salpicadas de escamas y oliendo a fresco; contrastaban con las alegres y afanosas mujeres que repiqueteando sus zuecas de madera camino de las fabricas, al tiempo que cruzaban sus comentarios cargados siempre de alegres sonrisas, y entre los que con delicada astucia reían de algún que otro picaresco comentario, nacido del más inocente y puro humor cariñes.
De aquel Cariño marinero, que poco a poco fue creciendo en su industria conservera hasta alcanzar las más de veinte fábricas de conserva y salazones; de aquella concha cargada de barcos, de aquella rambla que salpicada de chalanas o gamelas, bullía entre el ruido del movimiento de ir y venir de los camiones, descargando sus cajas de madera vacías, para luego ser cargadas nuevamente, llenas de pescado fresco. Camiones cargados  y pesados sobre aquella bascula de la lonja en la que poco antes había sido subastado con anterioridad, el pescado que portaban. 

Un Cariño del que solo nos queda el ambiguo recuerdo de un pueblo por cuyas chimeneas de sus casas fluía el humo de los leños ardiendo en los fogones de sus cocinas, así como la mezcla de olores, del humo de la leña de tojo, de las sardinas asadas y de alguna que otra empanada, roscón o panque; que por la cercanía de las fiestas del Carmen o patronales, se elaboraban. Hablar de Cariño, es hablar de aquellas mujeres que necesitaban de ir por agua a la fuente, de lavar la ropa en el río, de encender la cocina con leña de tojo, a veces ayudadas de unas piñas o carozas, sin olvidar alguna que otra cachela o carabullos secos.  Un cariño distinto en el que también se trabajaba la tierra y se asaban las patatas aprovechando las hierbas secas. Un Cariño en el que en más de una plaza, los caños de sus fuentes anunciaban el agua fresca que por ellos brotaba, al igual que el susurro de sus ríos en el que muchas veces me reclinaba a beber. Un Cariño que solo vive en nuestro recuerdo, en el recuerdo de aquellos que aún se emocionan evocando anécdotas y contemplando fotografías de una niñez en blanco y negro, con las que nos complace la buena voluntad de aquellos nuestros vecinos del pueblo, y cómo no de la buena dirección de la página de Mis Sueños. Después de todo, un sueño de todos los que gustan de visitarla y que como yo padecen de morriña por Cariño.

Andrés Rubido García

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Crepúsculo



Siempre he pensado que las personas que han tenido una vida longeva, son también aquellas a las que su destino les ha permitido disfrutar  en la medida de lo posible, las cuatro etapas de las que se compone la longevidad de la vida. Es así tal y como yo lo veo, y a cada una de las cuales podríamos bautizar con los mismos nombres con los que conocemos las estaciones del año.  

La primavera, aquella etapa en la que el único vinculo que durante toda la gestación nos ha mantenido unidos con nuestra madre, ha de ser cortado para nacer a la vida y caminando por ella alcanzar los 20 años. Una de las más bellas etapas de la vida, en la que la realidad que nos rodea, disiente con las mentes alocadas de nuestra juventud. Es a partir de los últimos cinco años de dicha etapa, cuando nuestro deseo de ser adultos se acrecienta. La información sobre aquello que más nos interesa y está considerado como tabú, nos va llegando con cuentagotas, en la misma medida en que nos negamos a ver y aceptar ciertas dificultades, que nuestros adultos se esfuerzan por explicarnos. Solo aceptamos los juegos, las risas, los primeros amoríos, y solo en algunos casos, nuestro denodado esfuerzo por los estudios.

 Llegado el verano de la vida, que comienza con los recién cumplidos 21 años y que nos acompañará hasta cumplidos los cuarenta; es el periodo en el que se consolida la marcada huella de la adultez, y en el que quedará definido y constituido  nuestro perfil, como nuestra principal tarjeta de presentación. Ciclo en el que se entremezclan los esfuerzos por culminar aquellos estudios, que han de ser el sustento de nuestro futuro con la formación de la que será nuestra nueva familia. El hecho de ver cumplida nuestras ilusiones al lado del gran amor soñado, da como fruto que cada uno de los importantes acontecimientos, nos haga sentir más responsables, y en el que juntos nos esforzaremos  por educar a lo largo de este trozo de vida, nuestra descendencia, que en muchos casos, estará terminando su primavera, junto al término de nuestro verano de la vida. 

Quien no ha escuchado en más de una ocasión aquella popular frase que dice: “De los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga” Quizá porque comienza nuestro otoño. El otoño de nuestra vida, en el que perseveramos por continuar aparentando, en ocultar las canas, y sobre todo, en aprender a soportar que nuestros hijos digan de nosotros: “Nuestros viejos…” Algo, que si bien en un principio puede llegar a molestarnos, después de todo, hasta terminamos por entender la frase, como un calificativo cariñoso; entre otras cosas, porque la verdadera realidad, pasa por comenzar a canalizar, que hace tiempo que ha comenzado a marchitarse nuestra juventud.   

A día de hoy, y en mi caso, al igual que el de muchos otros, mi primavera es tan solo un añorado recuerdo, que me permite vagar y revivir infinidad de gratos y emotivos momentos. Tanto es así, que en ocasiones me dejo llevar hasta alcanzar a verme reviviendo aquel bello verano de mí vida. Y porque no…es como poner a funcionar el video mental de mi imaginación, y despertarme paseando por aquel otoño, en el que me parece que fue ayer cuando sople aquella tarta floreada y rematada con una guinda muy especial, en la que se vislumbraba las dos brillantes llamas de un encendido 60. 

Mi presente pertenece al invierno de mi vida. Esa estación que nos conduce, a los días cálidos y otras veces fríos de la vida, a esa edad en la que nos gusta de acurrucarnos como cuando éramos niños. Aún así, continúo disfrutando el día a día, y por supuesto, cada uno de los cumpleaños, en el que para mayor disfrute, recurro a una primavera que comienza; una primavera de cinco años llamada Pablo y que sonriente me ayuda a cumplir un año más, diciéndome aquello de: Abuelo, a la una, a las dos y a las…tres. Las humeantes velas de aquel 63 cumpleaños, convertido ya en 64, son entre risas, besos y aplausos llenos de felicitaciones; una puerta a la esperanza, de poder volver a repetir la experiencia en años venideros. Entre otras cosas, porque a pesar de estar viviendo el invierno de mi vida, continuo conservando un corazón primaveral.

Andrés Rubido García

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Dichoso mes...


En estos días, en los que el frio otoñal exhortado por las primeras nevadas, comienza a campar a sus anchas por los campos y calles de nuestros  pueblos, filtrándose por las rendijas de nuestros hogares. Días que como cada año me vienen a recordar  las castañas asadas en el horno de la cocina de leña.  Días de aquellas olvidadas mariposas, que flotando sobre la superficie de aquel misceláneo liquido de aceite y agua, contenido en aquellas lúgubres  vasijas; con las que se alumbraban las lapidas de nuestros fieles difuntos y, cuya vaporosa luz a terminado por extinguirse, ante los vientos del implacable modernismo que nos invade. Días que año tras año, son más que suficiente motivo para llevarme a imaginar en la distancia, las lápidas que con sus negras inscripciones y ubicadas a ras de suelo del cementerio que asomado al Peiral, me recuerdan que allí están los restos mortales de mis seres queridos.

Ellos están en mi constante recuerdo y, junto a ellos, todos con los que compartí parte de mi vida y  que también tuvieron que partir, como parte indispensable del trágico “contrato” del destino, que cruel e indiferente ante nuestra aprobación, hace que su enérgica voluntad se imponga.

Me entristece pensar en esa constante y desmedida lucha personal, por la que en cada lapida, florezcan lustrosos los signos inequívocos de nuestra constante dedicación. Todo ello, convertido en un esfuerzo sobrehumano de borrar el más insignificante atisbo de abandono. Hemos sustituido las flores naturales por las artificiales, las cuales nunca llegan a marchitarse. Una lucha que si bien en algunos casos prevalece por el que dirán; continúa quedándose obsoleta, al igual que en su momento desechamos aquellas vetustas mariposas, ya solo encendidas en nuestro recuerdo, junto al más importante jarrón florido de nuestros más guardados sentimientos y, alimentados, como no podía ser de otra manera, por nuestro constante recuerdo hacia ellos.

Tal vez por ello, y  recordando otra de mis reflexiones hecha sobre aquellos que se fueron, terminaba subrayando, “Que de sus inesperadas, dolorosas e inevitables partidas, aprendí a no decir nunca adiós…, sencillamente, ¡Hasta siempre!; quizá, porque nunca se han ido, quizá, porque siempre han estado ahí, cobijados en mi corazón.

Andrés Rubido García