Con
el paso del tiempo, en la medida que los años van sumando y mostrándome la
cercanía del cada vez más corto tramo del camino, me embarga el temor. La
zozobra de que mi mente pueda llegar a sentirse cansada, lastrada y torpe por
los achaques de la edad. El recelo a vivir sumergido en el mar de la desidia,
hace despertar en mí, el temor a esa
fría indiferencia incapaz de generar el más mínimo atisbo de sentimiento, de
deseo; todo ello, consecuencia de una mente inanimada. Es en consecuencia, el
miedo a perderte mentalmente. Quizá mi
empecinamiento por conservarte hasta mi último hálito, sea la razón
infundada de ese temor.
Mas…que sería de mí, sin el
álbum de los recuerdos que guardo con tanto celo. En él, conservo todas y cada
una de esas imágenes que enaltecen la armonía de tu belleza. Verdaderas
beldades que difícilmente puedan ser expresadas con palabras.
Quizá por ello, quiero
dejar constancia de que nunca renunciare a ti; porque aún en los más sentidos y
dolorosos momentos de la posible degradación de mi mente, en el que la nada es
la única reina por antonomasia, y hasta llegado ese momento, me esforzaré por
tenerte entre mis más queridos y últimos recuerdos.
Atrás quedaran los
testimonios de mi pasión y respeto hacia ti, de los grandes y felices momentos,
de tantas y tantas cosas, que solo podrán subsistir, gracias a los labios de
aquellos que conociéndonos y siendo honestos con sus recuerdos, susurren de ti
y de mí, y de las infinitas veces que amorosamente te evocaba.
De tus recuerdos, perecerán
solo las posibilidades de esas evocaciones que me permitían sentirme cerca de
ti. Cerca de tus verdes campos, de tus playas, de todos y cada uno de esos parajes
que en otros tiempos, fueron escenarios y fieles testigos de las más bellas
realidades de disfrute y convivencia, con los míos y contigo compartidas.
Para entonces, y en la esperanza de que se halle
muy lejano todavía, ese triste y cruel ocaso de mí mente, tú seguirás aportando
tu imperecedera belleza, a todos aquellos que continuaran naciendo de ti y
criándose entre esos parajes de los que aún hoy puedo dar gracias a Dios, por
seguir disfrutando de ellos, aunque solo sea en la distancia y en el recuerdo. Todo
ello, mientras espero con ansiedad la posible llegada de ese momento real, que
me permita volver a ser parte de ti. A pasear y callejear por tus sinuosas
calles, cruzándome con los que son la principal razón de tu vida, de tu razón
de ser. Ellos y yo somos tus hijos, los que con su hacer diario, le dan sentido
a tu vida y en cierto modo a mi deseo de seguir pensando en ti.
Andrés Rubido García

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