Las apacibles, y silenciosas olas que llegaban a la orilla, nacidas de aquella mar
serena, apenas agitaban la arena sobre la que dulcemente se tendían. Era una
tarde maravillosa, propia de aquel verano, en el que los pequeños retoques y
pintado de algunas de las embarcaciones varadas, me recordaban la proximidad de
la fiesta del Carmen.
Con las zapatillas en la mano y disfrutando de aquellas mansas olas que
bañaban mis pies, el deseo de verme navegando en una gamela, me asaltaba por
momentos; trataba de imaginar la experiencia de sentirme rodeado de la soledad
que me invitaba a dicho deseo. Un deseo que comenzó a cobrar fuerza con el
hallazgo de aquel cayuco cercano a la orilla. A medida que me acercaba, pensaba
en la suerte de hallar una tabla que pudiese utilizar como remo para terminar
convirtiendo el deseo en realidad.
Quiso el azar que los remos estuviesen a bordo. A partir de ese
momento, recoger el rezón y cubrir la distancia que separaba el cayuco de la
orilla, arrastrándolo con más deseo que fuerza; fue un lapsus de tiempo, en el
que mi mente solo soñaba con navegar. La travesura que apenas había comenzado a
fraguarse en mi mente, se hallaba en un avanzado estado. Un lance, en el que el
deseo del niño alimentado por la ignorancia del peligro, me invitaba a remar
con fuerza.
Remontar el espigón y comenzar a sentir el suave cabeceo del cayuco,
cabalgando sobre aquel apacible oleaje, me produjo una cierta sensación de
libertad. Comenzaba a experimentar algo nuevo, algo que no alcanzaba a ir más
allá de una peligrosa travesura, ambientada en la mente del niño que era.
Después de todo, tan solo había conseguido dar un poco de realismo a lo que
momentos antes, era un sueño convertido en un deseo.
El regreso a la realidad, despertó el resultado de mi travesura, acentuando
mi temor. Una preocupación que dio por
finalizado un sueño y el comienzo a las circunstancias del momento. Algo que me
hizo regresar a la playa, al mismo lugar del que había zarpado. El temor a no salir
bien librado de aquella travesura, me hablaba de mi osada “hazaña”. Una diablura
que podía pagar con creces. Pensando en ello estaba cuando vislumbre cerca del mismo
sitio del que había cogido el cayuco, la silueta de un hombre; algo que hizo
aumentar mis temores de niño. Sin embargo, a medida que me acercaba a la orilla,
más familiar me resultaba la silueta de aquel hombre que atentamente vigilaba
todos mis movimientos.
Aquella, fue una tarde de sueños, de deseos y de realidades que por así
decirlo, a pesar de la travesura y del temido final, todo termino con una gran
regañina por parte de aquel hombre, en el que siempre vi reflejada la imagen de
mi padre. Un hombre que siempre fue merecedor de mi respeto y cariño, mi tío
Donato.
Andrés Rubido García

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