martes, 31 de julio de 2012

Sueño marinero


Las apacibles, y silenciosas olas que llegaban a la orilla, nacidas de aquella mar serena, apenas agitaban la arena sobre la que dulcemente se tendían. Era una tarde maravillosa, propia de aquel verano, en el que los pequeños retoques y pintado de algunas de las embarcaciones varadas, me recordaban la proximidad de la fiesta del Carmen.

Con las zapatillas en la mano y disfrutando de aquellas mansas olas que bañaban mis pies, el deseo de verme navegando en una gamela, me asaltaba por momentos; trataba de imaginar la experiencia de sentirme rodeado de la soledad que me invitaba a dicho deseo. Un deseo que comenzó a cobrar fuerza con el hallazgo de aquel cayuco cercano a la orilla. A medida que me acercaba, pensaba en la suerte de hallar una tabla que pudiese utilizar como remo para terminar convirtiendo el deseo en realidad.

Quiso el azar que los remos estuviesen a bordo. A partir de ese momento, recoger el rezón y cubrir la distancia que separaba el cayuco de la orilla, arrastrándolo con más deseo que fuerza; fue un lapsus de tiempo, en el que mi mente solo soñaba con navegar. La travesura que apenas había comenzado a fraguarse en mi mente, se hallaba en un avanzado estado. Un lance, en el que el deseo del niño alimentado por la ignorancia del peligro, me invitaba a remar con fuerza.

Remontar el espigón y comenzar a sentir el suave cabeceo del cayuco, cabalgando sobre aquel apacible oleaje, me produjo una cierta sensación de libertad. Comenzaba a experimentar algo nuevo, algo que no alcanzaba a ir más allá de una peligrosa travesura, ambientada en la mente del niño que era. Después de todo, tan solo había conseguido dar un poco de realismo a lo que momentos antes, era un sueño convertido en un deseo.

El regreso a la realidad, despertó el resultado de mi travesura, acentuando mi  temor. Una preocupación que dio por finalizado un sueño y el comienzo a las circunstancias del momento. Algo que me hizo regresar a la playa, al mismo lugar del que había zarpado. El temor a no salir bien librado de aquella travesura, me hablaba de mi osada “hazaña”. Una diablura que podía pagar con creces. Pensando en ello estaba cuando vislumbre cerca del mismo sitio del que había cogido el cayuco, la silueta de un hombre; algo que hizo aumentar mis temores de niño. Sin embargo, a medida que me acercaba a la orilla, más familiar me resultaba la silueta de aquel hombre que atentamente vigilaba todos mis movimientos.

Aquella, fue una tarde de sueños, de deseos y de realidades que por así decirlo, a pesar de la travesura y del temido final, todo termino con una gran regañina por parte de aquel hombre, en el que siempre vi reflejada la imagen de mi padre. Un hombre que siempre fue merecedor de mi respeto y cariño, mi tío Donato.

Andrés Rubido García

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