lunes, 16 de julio de 2012

Entre melodías


Bajo los sones de una guitarra, que dulcemente va desgranando las notas de “Perfidia”, acuden a mi recuerdo pasajes que me hacen imaginar el sometimiento sufrido por mis antepasados, y cuyas consecuencias fueron heredadas por una gran mayoría de los hijos de la posguerra, entre los que me cuento. Prohibiciones de todo un cumulo de consecuencias derivadas del lastre de una guerra impuesta.

Habiendo nacido en el ocaso de la posguerra, y rodeado de las estrecheces de la época, del luto y de llantos de gemidos mudos; hallándome marcado por el silencio sepulcral de nuestros mayores…prefiero detenerme a recordar entre el final de la década de los cincuenta, y el comienzo de los sesenta. Cuando tan solo era un niño, cuando en mis bolsillos podía tener alguna que otra canica de barro, de cristal, algún baloco y una pequeña navaja con mango de madera, comprada en la ferretería de Varela. Todo ello, sin olvidar las  migas de pan perdidas por los rincones de dichos bolsillos; en ocasiones, impregnados por el olor a chocolate de alguna onza, que distraídamente depositaba en ellos, mientras terminaba de tirar las piedras que ocupaban mis manos; y con las que gustaba de hacer platos en el agua, a veces serena de la concha, a la que arrojaba con cierto efecto dichas piedras desde la orilla de la playa. Esto me lleva a recordar, esas otras veces que distraídamente, tiraba la onza de chocolate o mordisqueaba la piedra.

De aquella época y a pesar de las necesidades, añoro los juegos, y diversidad de los mismos, mediante los cuales, fomentábamos las relaciones sociales, y cómo no, el ingenio del que disponíamos para impedir que la monotonía hiciera presa en nuestros divertimientos. Al retroceder en el tiempo, me asombra imaginar un mundo sin los adelantos que hoy nos rodean. Sin apenas darme cuenta, me veo con los amigos en el local de Lafanadas, jugando una o varias partidas de futbolín, atascando el tirador para que las bolas no se quedasen retenidas en el cajetín, dada la escasez de la peseta en nuestros bolsillos. O un sábado en el bar Ortegal, a la espera de poder ver en la TV algún capítulo de la serie “Viaje al fondo del mar”. Eran tiempos en los que no necesitábamos “quedar” para vernos. Simplemente nos buscábamos en la calle y organizábamos nuestras correrías o travesuras, que a decir verdad, no eran pocas.

El progreso comenzaba a ganar terreno en nuestro castigado país, y en consecuencia, nuestro pueblo no podía quedarse atrás. Si bien es cierto, que a pesar de ser un pueblo, los puestos de trabajo ambientados en la industria de la pesca y sus derivados, junto a las labores del campo, alcanzaban a cubrir la mayoría de los hogares. No lo es menos, que dichos trabajos constituían la única fuente de ingresos con salarios empobrecidos. Razón por la que muchas familias, optaron por emigrar a otras tierras. Mientras esto ocurría, en muchos hogares y como no en el mío, se continuaban cocinando aquellas recetas tradicionales como las chaolas, cuyo inconfundible aroma, junto al no menos apreciado del marisco (Berberechos) frito con patatas y pimientos, en la sartén de hierro y cómo no, al calor de las llamas desprendidas por la leña de tojo en el fogón de la cocina económica, nos ayudaba a combatir el frio del crudo invierno y porque no, a sonreírle a la vida.

Días como aquellos en los que fuera arrecia el viento y las gotas de agua resbalan en forma de pequeñas y finas cascadas por los cristales de la ventana. El resplandor de un rayo inunda la estancia, al tiempo que mi abuela se santigua y recuerda a Santa Bárbara, bajo el estruendo de un descomunal trueno. Ella, después de atusarse el pelo con la ayuda de la peineta que flanquea su moño, se arropa y cubre sus hombros con una toca negra de lana. La misma con la que a menudo, envolvía mis pies después de haberme acostado y arropado. En ese día, sobre la mesa cubierta con un hule de listas azules y blancas, el resto de un bollo de pan, un plato con un trozo de tetilla y una fuente con unas manzanas que mi abuela había traído de la feria. Sentado a mi izquierda y en un extremo de la mesa, con una taza entre sus manos, se halla mi abuelo, el cual después de haber depositado una generosa ración de trozos de pan y haber echado sobre los mismos una gran cucharada de cascarilla y otra de azúcar, le reclama a mi abuela la leche con la que terminar de preparar su cena. ¡Vacariza! O leite muller.

Hoy, de esos aletargados recuerdos en el lecho de la añoranza, he podido impulsado por una melodía, revivir el instante y el aroma, de alguno  de esos momentos hogareños de mi niñez; para terminar despertando a la realidad del momento, entre los sones de la melodía de un inoportuno móvil de última generación.

Andrés Rubido García

2 comentarios:

  1. Gracias compañero. Cuantos recuerdos!!

    Jorge Torrente

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  2. Amigo Jorge ¡¡¡Gracias!!! A ti y a todos por leerme y por dar vuestra valiosa opinión. Ni que decir tiene, que me interesa cualquier tipo de crítica positiva o negativa, siempre que esta sea constructiva. Es por ello, por lo que agradezco todas y cada una de vuestras opiniones. Un fuerte abrazo amigo mío.

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