Bajo los sones de una guitarra, que dulcemente va desgranando las
notas de “Perfidia”, acuden a mi recuerdo pasajes que me hacen imaginar el
sometimiento sufrido por mis antepasados, y cuyas consecuencias fueron
heredadas por una gran mayoría de los hijos de la posguerra, entre los que me
cuento. Prohibiciones de todo un cumulo de consecuencias derivadas del lastre
de una guerra impuesta.
Habiendo nacido en el ocaso de la posguerra, y rodeado de las
estrecheces de la época, del luto y de llantos de gemidos mudos; hallándome marcado
por el silencio sepulcral de nuestros mayores…prefiero detenerme a recordar
entre el final de la década de los cincuenta, y el comienzo de los sesenta.
Cuando tan solo era un niño, cuando en mis bolsillos podía tener alguna que
otra canica de barro, de cristal, algún baloco y una pequeña navaja con mango
de madera, comprada en la ferretería de Varela. Todo ello, sin olvidar las migas de pan perdidas por los rincones de
dichos bolsillos; en ocasiones, impregnados por el olor a chocolate de alguna
onza, que distraídamente depositaba en ellos, mientras terminaba de tirar las
piedras que ocupaban mis manos; y con las que gustaba de hacer platos en el
agua, a veces serena de la concha, a la que arrojaba con cierto efecto dichas
piedras desde la orilla de la playa. Esto me lleva a recordar, esas otras veces
que distraídamente, tiraba la onza de chocolate o mordisqueaba la piedra.
De aquella época y a pesar de las necesidades, añoro los juegos, y diversidad
de los mismos, mediante los cuales, fomentábamos las relaciones sociales, y cómo
no, el ingenio del que disponíamos para impedir que la monotonía hiciera presa
en nuestros divertimientos. Al retroceder en el tiempo, me asombra imaginar un
mundo sin los adelantos que hoy nos rodean. Sin apenas darme cuenta, me veo con
los amigos en el local de Lafanadas, jugando una o varias partidas de futbolín,
atascando el tirador para que las bolas no se quedasen retenidas en el cajetín,
dada la escasez de la peseta en nuestros bolsillos. O un sábado en el bar
Ortegal, a la espera de poder ver en la TV algún capítulo de la serie “Viaje al
fondo del mar”. Eran tiempos en los que no necesitábamos “quedar” para vernos.
Simplemente nos buscábamos en la calle y organizábamos nuestras correrías o
travesuras, que a decir verdad, no eran pocas.
El progreso comenzaba a ganar terreno en nuestro castigado país, y en
consecuencia, nuestro pueblo no podía quedarse atrás. Si bien es cierto, que a
pesar de ser un pueblo, los puestos de trabajo ambientados en la industria de
la pesca y sus derivados, junto a las labores del campo, alcanzaban a cubrir la
mayoría de los hogares. No lo es menos, que dichos trabajos constituían la
única fuente de ingresos con salarios empobrecidos. Razón por la que muchas
familias, optaron por emigrar a otras tierras. Mientras esto ocurría, en muchos
hogares y como no en el mío, se continuaban cocinando aquellas recetas
tradicionales como las chaolas, cuyo inconfundible aroma, junto al no menos
apreciado del marisco (Berberechos) frito con patatas y pimientos, en la sartén
de hierro y cómo no, al calor de las llamas desprendidas por la leña de tojo en
el fogón de la cocina económica, nos ayudaba a combatir el frio del crudo
invierno y porque no, a sonreírle a la vida.
Días como aquellos en los que fuera arrecia el viento y las gotas de
agua resbalan en forma de pequeñas y finas cascadas por los cristales de la
ventana. El resplandor de un rayo inunda la estancia, al tiempo que mi abuela
se santigua y recuerda a Santa Bárbara, bajo el estruendo de un descomunal
trueno. Ella, después de atusarse el pelo con la ayuda de la peineta que
flanquea su moño, se arropa y cubre sus hombros con una toca negra de lana. La
misma con la que a menudo, envolvía mis pies después de haberme acostado y
arropado. En ese día, sobre la mesa cubierta con un hule de listas azules y
blancas, el resto de un bollo de pan, un plato con un trozo de tetilla y una
fuente con unas manzanas que mi abuela había traído de la feria. Sentado a mi
izquierda y en un extremo de la mesa, con una taza entre sus manos, se halla mi
abuelo, el cual después de haber depositado una generosa ración de trozos de
pan y haber echado sobre los mismos una gran cucharada de cascarilla y otra de
azúcar, le reclama a mi abuela la leche con la que terminar de preparar su
cena. ¡Vacariza! O leite muller.
Hoy, de esos aletargados recuerdos en el lecho de la añoranza, he
podido impulsado por una melodía, revivir el instante y el aroma, de alguno de esos momentos hogareños de mi niñez; para
terminar despertando a la realidad del momento, entre los sones de la melodía
de un inoportuno móvil de última generación.
Andrés Rubido García

Gracias compañero. Cuantos recuerdos!!
ResponderEliminarJorge Torrente
Amigo Jorge ¡¡¡Gracias!!! A ti y a todos por leerme y por dar vuestra valiosa opinión. Ni que decir tiene, que me interesa cualquier tipo de crítica positiva o negativa, siempre que esta sea constructiva. Es por ello, por lo que agradezco todas y cada una de vuestras opiniones. Un fuerte abrazo amigo mío.
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