Era uno
de los caminos por el que más solía ir a casa; este comenzaba al pie de la
carretera, entre la casa de Sara de Adolfo y aquel gran almacén viejo o
serrería. Caminando por él, cruzaba en diagonal toda aquella zona en la que
florecía la hierba y algunos juncos; sobre todo, en la zona más próxima al
transformador de la luz, el cual se hallaba frente a la embocadura del callejón
que unía este descampado llamado Areeiro con la carretera. El callejón,
circulaba entre las casas de Fanego y la serrería.
Aproximadamente
en el centro de aquel gran descampado, se hallaba una especie de charca, por
cuyo tamaño casi podía calificarse como laguna, razón por la que también se le
conocía a dicho descampado. En esta gran charca o ciénaga invadida por los juncos,
nos acompañaban con sus cantos nocturnos, las ranas que allí habitaban,
entremezclando su croar con el incesante chirrido de los grillos.
Paralela
a la carretera principal, y a unos 150 metros de la misma, se hallaban las 5
casas más próximas, entre las que se hallaba el nº 7, que era de mi tío Suso, y
en la que vivía con mis abuelos. Por aquel entonces, se rumoreaba entre los
vecinos la posibilidad de la apertura de una calle y… ¿por qué no? La
urbanización de la zona. Debo recordar, que si para poder dar luz a nuestra
casa, fue toda una odisea; viviendo desde el atardecer entre velas, papeleos y
propietarios de las fincas, en las que deberían instalar algún poste de madera
para el futuro tendido eléctrico. Con la traída de agua nos ocurría lo mismo, y
aunque la construcción del pozo al lado de la casa, alivio dichas carencias, el
agua para beber la solíamos ir a buscar a Barreiros.
Hacia la
parte más alta, lindando con los Pedrouzos, el campo lucia con hierba mucho más
verde, aunque recuerdo existía en su cumbre, una especie de fosa de 1 metro
aproximado de profundidad, en la que la arena, hacia honor al sobrenombre del
Areeiro. A esta altura, y pegado a la carretera, se hallaba la casa de Antonio
el electricista y el cascadero, lugar cercano en el que se alquitranaban y tendían
las redes de cerco o tarrafas.
Existía
otro camino, y de gran importancia, tanto por el tráfico de personas, como por
el paso de carros. Este camino, daba comienzo en la misma carretera, y pegado a
las casas de Fanego, por el extremo más próximo a los Pedrouzos. Por dicho
camino, se podía ir a Cariño de Arriba y a la zona conocida como Barreiros, en
cuyo regazo del río que por allí pasaba, lavaban las mujeres la ropa. Recuerdo
que entre este camino y las proximidades del cascadero, en la zona que linda
con la carretera; habían comenzado a rellenar con las cascaras de los
berberechos; un material que ya en aquella época, se reciclaba para otros
menesteres, como es el caso.
Con el
transcurrir del tiempo, aparecieron construcciones de nuevas casas, entre
ellas, la de Maruja de Sande, QPD, y a cuya mediana se adoso la de mi tío Luis.
Hacia la parte de atrás, y prácticamente en línea con la del Menofilo, se
construyo la de Antón del Pajón. De cualquier manera, aquel ritmo de
construcción estaba muy lejano de parecerse a la invasión que borro la más mínima
huella, de aquel que en su tiempo se conocía como el Areeiro. De igual manera,
quien iba a decir que el sueño de aquella futura calle, solo existente en las
mentes de aquellos primeros habitantes del lugar, se quedaría tan solo en una
calle cortada. Una calle, que mucho antes de nacer y allá por el año 1960, (año
en el que hubo calendarios anunciado el fin del mundo); ya le habían bautizado,
como requerimiento para la orientación y localización, con el nombre, como así
rezaba en los remites de nuestras cartas, Calle La Laguna, 7, apartado
carretera, Cariño (La Coruña).
Andrés
Rubido García

No hay comentarios:
Publicar un comentario