domingo, 29 de enero de 2012

Ecos del pasado

Mirar atrás, rebuscando entre los episodios que ya forman parte de mi pasado, y que me permiten soñadoramente retroceder en el tiempo, hasta el punto de poder revivir aquellos días, en los que vestido con un babi azul, atendía como dependiente a los clientes de la ferretería Trinquete. Por aquel entonces, aún no habían colgado sobre su puerta, el rótulo de la avenida que allí comienza, y cuyo nombre hace alusión a su inaugurador. Voluntad y deseo en aquella época, de los grandes empresarios y mandatarios de la villa, al haber concedido al entonces ministro de educación y ciencias, -Hoy recientemente fallecido- el privilegio de dedicarle su nombre, a una de las más importantes arterias de nuestro pueblo. A lo largo de aquella avenida, y en su margen derecha, tras dejar la fábrica de Marujita Canela y el nuevo edificio de la cofradía, recuerdo a marineros remendando los aparejos. La cercanía de la playa de la concha con las embarcaciones fondeadas, así como alguna que otra varada sobre su arena, hacían de aquella avenida y relleno, un bello mirador. A medida que se discurría por ella, después de haber dejado atrás y en su margen izquierdo: El barómetro, la Fuente de la Rivera, la escuela de “Chámallo tú”, la tahona, y ya cerca de la casa del Canelo; crecía el rumor y ambiente marinero. El despertar de un nuevo día veraniego, se traducía con un gran número de embarcaciones entrando y anunciándonos con sus pitadas el tipo de pescado; al tiempo que sobre el relleno comenzaban a agruparse los camiones de los llamados fresqueros. El bullicio en el exterior e interior de la lonja, era una muestra más de la buena pesca, entre las otras pequeñas muestras de pescado, con la que cada embarcación nos informaba de la especie y calidad del mismo, así como de la llegada de cada una de las tarrafas -algunas salpicadas con la buena suerte, a la que calificábamos como “Lancha e barco”.

Fabricantes conserveros y fresqueros, competían en las subastas, de la misma forma, que en la rambla lo hacían las peixeiras y peixeiros, entre los que se encontraba mi abuela. Siempre esperanzados en poder comprar algo de pescado, para su posterior venta por las ferias de los pueblos o aldeas del interior. Podía verlos apoyados o sentados sobre alguna de las gamelas varadas, o arrodillados sobre el firme de la rambla, contando las docenas o cientos que les hubiesen entrado en la compra de aquel quiñón, salavardo o chona.

El constante trasiego de personas y vehículos a lo largo de aquella avenida, se traducía entre camiones grandes y pequeños, zorras o carros empujados y guiados por hombres o mujeres, carretillas y también alguna que otra bicicleta, acondicionada en su porta paquetes, para poder transportar alguna que otra caja de pescado, o remolcar un pequeño carro en el que cargarlas y, con la que poder ganarse unas pesetas.

En las embarcaciones atracadas al muelle y otras veces varadas, podía ver a las mujeres enterradas en pescado hasta la cintura. Mujeres a las que se les conocía si mal no recuerdo, como envasadoras. Eran otros tiempos, eran tiempos en los que el ruido de las zuecas que calzaban las mujeres y que resonaban tanto por la avenida como por el interior de las fábricas, así como las escamas salpicadas en sus marcados rostros, vestimentas y brazos; se traducían como sello y testigo de un arduo trabajo. Un trabajo a pesar del cual, se mantenían siempre ilusionadas y sonrientes, en un pueblo que a pesar de la dureza de la época, también sonreía esperanzado en poder hacer prevalecer sus derechos y, cómo no, escapar de la miseria y el abuso de los que desde sus poltronas de cuero, nos imponían los salarios.

Andrés Rubido García

martes, 24 de enero de 2012

A la memoria de Marta del Castillo

Una vez más, España entera se echa a la calle, en un intento desaforado de recordarles al gobierno y a los responsables de “Justicia”, el total desacuerdo con la sentencia dictada sobre los acusados de asesinato, violación, vejación, ultraje y ocultamiento del cuerpo de Marta del Castillo. Toda una amalgama de delitos, sumados al total desentendimiento e indiferencia por parte de los acusados, ante las barbas de los doctores en justicia; que lejos de una sentencia ejemplar y rigurosa -aplicada a todos y cada uno de los que olvidando el más insignificante resquicio de humanidad, orquestaron la vil infamia de ocultar el cuerpo de la víctima de esta sangrienta historia- les alegraron el día, con las sentencias dictadas a cada uno de ellos.
Posiblemente el fallo emitido, sea por así decirlo, el máximo castigo que permite la actual ley, como consecuencia de la no aparición del cuerpo del delito. Posiblemente, se esté cumpliendo la ley dictada según se encuentra reflejado en la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre del Código Penal; posiblemente así sea…
Llegados a este punto, solo me queda apoyar la iniciativa de unos padres destrozados y humillados. Unos padres heridos en lo más intimo, por la sin razón, por el despropósito, por la falta de rigor de una justicia, que necesita de deshacerse de los pañales en los que se ha quedado ante tamaña sentencia. Una justicia que necesita de endurecimiento para casos tan sangrientos y vejatorios, como el que nos ocupa. Un caso, en el que no solo los padres, sino toda España y parte del mundo, se sienten impotentes y ofendidos, ante las risas e indiferencia de un puñado de asesinos.
Hoy, una nación entera se echa a la calle, con el firme propósito de gritar a los cuatro vientos, la necesidad de una urgente revisión del código penal. De gritarle y recordarle a esos asesinos, que no vamos a olvidarnos de Marta del Castillo, porque sería como olvidarnos de nuestros principales derechos sobre protección ciudadana.
Esta es la respuesta y apoyo de una nación entera, que siente la necesidad de apoyar a unos padres destrozados y sumidos en el dolor; pero firmes en su propósito de seguir luchando, apoyados por el resto del país y parte del mundo, que también se sienten desprotegidos. Y sobre todo, no vamos a olvidarnos de Marta del Castillo, porque todos somos una posible Marta.
Andrés Rubido García

viernes, 20 de enero de 2012

El indigente

Como cada mañana, había madrugado con el deseo de pasear por la bahía, y aprovechar para hacer unas fotos a las obras del segundo puente; algo que venía haciendo con cierta asiduidad desde su comienzo. Comenzaba a amanecer cuando cargado con los prismáticos y la cámara de fotos, enfile mis pasos bajo la luz de las farolas de la calle, que aún permanecían encendidas. El tímido resplandor del amanecer, anunciaba la proximidad del astro rey en un día que se prometía primaveral, y en el que las blanquecinas y redondeadas formas de las nubes, empujadas por la brisa de levante, jugaban a su paso con los primeros rayos del sol que asomaban por el horizonte. Un horizonte nítidamente marcado en la lejanía, por la recortada silueta de las montañas de la sierra, que a su vez, ofrecían una contrastada y bella imagen. El acerado del paseo y su entorno, conservaban la humedad desprendida durante la gélida noche y aún presente en el ambiente. Sobre la barandilla que bordea y se extiende a todo lo largo del paseo, varios pescadores con sus cañas lanzadas y apoyadas sobre dicha balaustrada, esperaban pacientemente la picada de algún confiado y hambriento pez. La baja temperatura, se evidenciaba, incluso entre los buenos días que educadamente se regalaban pescadores y viandantes entre sí, haciendo sonrientes alusiones al frio matutino y a la escasa pesca.

Continué caminando en dirección al puente y más concretamente, al espigón que sirve de abrigo al club náutico; lugar desde donde acostumbro hacer las primeras fotos, para luego dirigirme hacia el entronque del puente con el paseo. A medida que me acercaba, pensaba, en que sería mejor esperar a tener el Sol más alto, para evitar contrastes de luz; por lo que decidí prolongar mi paseo más allá de lo habitual. Fue casi llegando al final del mismo, cuando observe sobre la parte trasera de uno de los bancos, un cuerpo cubierto con un gran cartón. Decidí acercarme cautelosamente, en la completa seguridad de que se trataba de una persona. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude ver unos zapatos raídos con la suela muy gastada que sobresalían de debajo del cartón. Por un instante, asociar a una persona dormida, sin más abrigo que el de un cartón bajo el manto de aquella gélida noche, me hizo pensar en lo peor. Me quede contemplándolo, y esperanzado en apreciar algún movimiento capaz de borrar mi negativo presagio. Fue justo en el momento que había decidido acercarme algo más, para asegurarme de que todo iba “Bien”, cuando asomo una de sus manos rebuscando en el suelo, un envase de vino tinto y totalmente vacío.

- Buenos días jefe ¿Está usted bien? -exclamé y pregunté con cierta preocupación y arriesgándome a tener que soportar la más abrupta de las respuestas- Entreabrió los ojos y se quedo mirándome fijamente. Estaba esperando su contestación, cuando escuché una voz detrás de mí.

 - Está usted perdiendo el tiempo, ni caso; con la borrachera que tiene ni se entera del frio. Ignore la detestable “aclaración” haciendo oídos sordos, mientras por el rabillo del ojo, contemplaba al individuo que acababa de vomitar semejante despropósito. Volví la mirada hacia el indigente, con la intención de tratar de ayudarle con algunas monedas, pero se había vuelto a quedar dormido. Opte por dejárselas en el suelo, al lado de un cartón doblado y sobre el que apoyaba la cabeza, como si de una almohada se tratase. Un cartón, en el que la humedad de aquella fría noche, había dejado marcado con su huella.

De regreso, me preguntaba sobre la infinidad de dramáticas circunstancias que terminan conduciendo y obligando a una persona a vivir y pernoctar en la calle, sin más abrigo que un cartón y alguna que otra limosna que le permita satisfacer, o en el peor de los casos, “mitigar” sus necesidades. Pensando en todas y cada una de las crudas realidades con las que nos sorprende la vida, había llegado a casa con un montón de imágenes dramáticas bailando en mi mente, y la tarjeta de memoria de la cámara de fotos vacía.

Andrés Rubido García

martes, 17 de enero de 2012

Todo por poco

Mí nacimiento se produce en el seno de una familia humilde, y en una época de tiempos difíciles, producto de las heridas y descalabros de una guerra, que a pesar del paso de los años, aun se hacía presente en las mentes y luto de muchas familias. Días, en los que conservar la cartilla de racionamiento, era más importante que cualquier otro documento. No obstante y a pesar de las penurias y dificultades de algunas familias, nuestros antepasados, siempre se preocuparon y esforzaron en que recibiésemos la enseñanza y educación impartida por los dos o tres centros con los que contaba la comarca.

A principios del año 1952, y tras el fallecimiento de mi madre, emigramos a Cádiz, donde permanecería hasta 1957, año en el que regresamos a Cariño. Entre idas y venidas, pude conocer unos cuantos colegios, en los que se forjaron junto con el aprendizaje, amistades, amigos, anécdotas, encuentros y desencuentros, que me sirvieron para ponerme a prueba como persona, como amigo y sobre todo, como ser humano. Todo ello, sumado a la necesidad de tener que “sopesar y escoger” entre la complicada continuidad de ser un alumno, y la de convertirme en un prematuro trabajador, dadas las necesidades de la época.

Después de unos cuantos años transcurridos, el destino y las circunstancias, me empujaron a separarme nuevamente de mi terruño, regresando a la ciudad en la que comenzaría a labrar, tanto lo que sería mi profesión, como el asentamiento y creación de mi nuevo hogar, de mi nueva familia.

Todo por poco, es el producto de una felicidad con sus altibajos, compartida entre la que hoy es mi esposa, y la de nuestros hijos y nieto. A esta gran suerte, debo de sumar un corazón dividido y a caballo entre dos localidades de las que estoy profundamente enamorado.

Poco es el mayor de los esfuerzos realizados, siempre centrados en el equilibrio de nuestra felicidad y bienestar. Poco es aquel esfuerzo, enriquecido de ingredientes imprescindibles y entre los que destacan: tesón, constancia y ambición compartida, nacida de la educación de mis antepasados, y puesta en valor y acertada alianza con una mujer, e hijos, fruto de una fértil unión; y de cuyos principios e incondicional apoyo, emana nuestra más grande razón por defender la continuidad de dichos principios familiares, y cuya moneda de cambio se tradujo siempre en cariño, respeto, fidelidad y mucho amor. Poco, porque el amor no necesita de esfuerzos, y siempre hemos pensando en que es la base, la única razón más importante para mantener fuertemente unidos los lazos familiares.

Todo, es mi gran capital, mi gran fortuna…mi más preciado tesoro. Todo es el conjunto de una familia de origen y descendencia maravillosa, de unos amigos de entrega indescriptible. Todo, es la plenitud que me invade al sentirme felizmente entregado como hijo, realizado como esposo, padre y abuelo. Todo es el orgullo de sentirme andaluz sin dejar de ser gallego; porque a pesar de la distancia y de las circunstancias del destino, soy gaditano de adopción, pero ante todo, gallego e hijo del pueblo que me vio nacer, llamado…Cariño.

Andrés Rubido García

martes, 3 de enero de 2012

Nuestra Razón de Ser


Cuando las mieles del triunfo comienzan a adentrarse en la antesala del olvido, empujadas por el día a día, entre los que florece algún que otro episodio, invitándonos a espontaneas celebraciones cargadas de humildad y sencillez. Es cuando se hace patente la amplia trayectoria de nuestra vida. Quizá no puedan catalogarse como grandes hazañas, pero sí existen triunfos en nuestro devenir, marcados a lo largo de la misma. Triunfos de amor, de acercamiento, de amistad, de aprendizaje; de mantener siempre viva la llama de la fragua, en la que hemos de continuar forjando nuestra autoestima, nuestra propia historia. Siempre dispuestos en esa lucha por la supervivencia. Siempre tratando de mantener el equilibrio emocional, en ese titánico y desconocido futuro que nos llega cargado de sorpresas, y a las que nuestra razón de ser, nos invita a afrontar todas y cada una de las pruebas a las que nos somete la vida.

Creo necesario mirar atrás, aunque solo sea por un instante. Me atrevería a decir, que necesitamos contemplar ciertas huellas dejadas; no sólo aquellas, cuyos pasos fueron dados con firmeza y acierto; sino también, por los que hemos dado bajo la timidez, bajo la duda y cómo no, bajo la indiferencia; aquellos que terminaron con tropiezos y caídas. De ellos hemos tenido que aprender, para evitar en lo posible tropezar nuevamente.


Como marino, son infinitas las veces en las que apoyado en la barandilla de popa, observaba como se perdía en la lejanía, hasta hundirse en el horizonte: la ciudad, el puerto, la civilización…todo, hasta quedar únicamente la estela que el barco dejaba en su navegar, la cual, poco a poco también terminaba por diluirse en sí misma, en su propia masa, por desaparecer. Algo muy distinto a lo que ocurre con la estela de la vida. Una marca, una huella o referencia de nuestro paso, a la que siempre recurrimos como únicos archivos, testigos referentes de nuestra historia. En ellos, se conserva una de las enciclopedias más valiosas del ser humano. La enciclopedia de los recuerdos, aquella que solemos abrir para revivir nuestra niñez, nuestros momentos más añorados, reencuentros, etc. Un diario de incalculable valor y forjado en el día a día, con las herramientas de la constancia, en la incesante búsqueda del mantenimiento de nuestros deseos más perseguidos, entre los que el cariño y el amor hacia nuestros semejantes, hacia nuestros amigos, y cómo no, hacia nuestros seres más queridos, son por así decirlo, el vínculo de nuestra razón de ser.

Andrés Rubido García