jueves, 17 de noviembre de 2011

¡Mamaita!


Como pasan los años…contemplando mis arrugas he recordado las tuyas, las de esas manos que acariciaban mi cara en los días de frio invierno. Esos días, en los que hallándote sentada en aquel banco de tres patas, y al generoso calor del fogón desde el que se oía el crujir de los leños envueltos en llamas; acariciabas mi cara, y quejumbrosa, me recordabas lo fría que la tenía, tras haber estado tanto tiempo jugando en la calle.

No te alcanzaban tus cariñosas y ancianas manos, en ese desaforado deseo tuyo por transmitirme con tus mimos, todo ese cariñoso amor que brotaba de lo más profundo de tu ser. No necesitabas de razones para abrazarme, ni te importaba el momento ni las circunstancias para hacerlo. La verdad, es que me gustaba sentir tus caricias, las de tus manos oliendo a limpio, las de tus abrazos, y cómo no, aquellas en las que juntando tu cálido y arrugado rostro con el mío, me hablabas de cuanto me querías, y como siempre, terminabas besándome una y otra vez en las mejillas.

Hoy mi mente me gratifica con tus vivencias, y entre ellas vislumbro los retornos de las ferias: de San Claudio, de Moeche, de La Barqueira; me parece estar viendo bajar el autobús de Miranda por la cuesta de los Pedrouzos. En la orilla de la carretera, frente a la casa del mecánico espero sentado sobre la carretilla, con la que recoger las vacías cajas, y cómo no, algún que otro producto fruto de la buena venta del pescado, y que se podía traducir, lo mismo en un queso de tetilla con sabor a gloria, como en cualquier otro artículo, que con tanto cariño y afán comprabas para casa.
 
Cuan mayor es este afán por escribir los pasajes y recuerdos de mi infancia, más me invade la sensación de haber vivido este momento. Quizá por ello, puedo llegar describir con una gran luminosidad y nitidez, tu recuerdo…y como no recordarte, cuando volvía del cine o de la fiesta a altas horas de la noche. Siempre rodeada por ese mar de la preocupación, en el que inexorablemente te sumergías. Siempre tocada con pañuelo negro y abrigada con negra toca. Recuerdo tu frente pegada en el cristal de la ventana, escudriñando entre la oscuridad de la noche y las sombras de los juncos bañados por el tímido resplandor de las farolas que colgaban sobre la carretera, y cuya luz se dispersaba por el Arieiro. Era tu talón de Aquiles, siempre en guardia por mi ausencia, era ese creciente deseo tuyo de verme aparecer. “¡Ay!, meu neniño, gracias a Dios” Esa exclamación, era siempre el recibimiento con el que me agasajabas y que colmabas con un abrazo y un montón de besos; después…la deliciosa tortilla que con tanto amor habías cocinado para mí, y que con tanto celo guardabas lo más cercana al calor que todavía conservaba la cocina.

Te recuerdo como la cariñosa abuela que siempre fuiste, y como la madre que no tuve. Te recuerdo, porque no hubo un solo momento en el que tus suspiros y lamentos; siempre acompañados de un inmenso beso, no penetrasen como la más dulce de las caricias hasta lo más profundo de mi alma, invitándome a abrazar y anhelar todo tu cariño, con el mismo deseo, de la herida que sueña...con el balsamo.

Andrés Rubido García

2 comentarios:

  1. Tocayo.. Me siento identificado con tu escrito, hay las abuelas ¡¡ dos veces madres.... Un beso para todas las ¡¡ MAMAITAS !!

    Andrés Ezequiel..

    ResponderEliminar
  2. Andres yó tambien me identifico con tu escrito,son muchas las cosas que me pasan por la mente, la abuela siempre disponible,infatigable, por veces te daban mas de lo que podian y dispuesta siempre a colmar nuestros gustos y deseos.Un beso a todas las madres y abuelas.
    Leopoldo Docal

    ResponderEliminar