Saber consciente de que todo pasa, de que todo tiene un principio y un final, de que las historias surgidas en un día cualquiera y de cualquier lugar, terminan en muchísimos casos sin pena ni gloria; lejos del interés del propio entorno que les vio nacer; es la razón que me ha impulsado a escribir este momento de meditación, surgido por así decirlo, de mis cotidianos e insignificantes capítulos, a través de los cuales se va fraguando mi historia; algo, sobre lo que no tengo intención de escribir, y mucho menos relatar; y no precisamente por lo extensa que pueda parecer. Solo pretendo dejar constancia de la sensación posterior a la perdida de aquellas personas o cosas, y cuya demostración de cariño y aprecio hacia las mismas, creo ha sido insuficiente.
Es por ello, que sintiéndome parte de una de esas historias; lejos de aquellas en las que se ambiciona ser el principal protagonista, a la búsqueda del camino corto al estrellato, a la fama, a la riqueza; me gusta repasar cada una de esas hojas en las que día a día van quedando plasmados todos y cada uno de los acontecimientos, en los que he tenido y sentido la necesidad de ser parte de ese cúmulo de capítulos, que por así decirlo, son los peldaños que me han ido conduciendo a ese destino del que tanto me han hablado, y que han sido y son las huellas de mis pasos por cada una de esas metas volantes del camino a seguir. Un destino por el que tanto me he esforzado y esfuerzo, sin importarme para nada, la corta o larga serie de capítulos que puedan llegar a “completar” mi historia.
Hoy, con el paso de los años, utilizando toda la experiencia aprendida, cuando la gran diferencia entre el antes y el después se muestra por cada día que pasa con mayor evidencia, cuando lo imaginado y soñado en el antes resulta totalmente distinto de la realidad del después; comienzo a sentirme responsable de no haber puesto el suficiente interés, esfuerzo y dedicación, sobre todo aquello que pudo ser y no fue. Es por todo ello, que solo cuando pierdo algo que daba por hecho, me duraría toda una vida, es cuando me doy cuenta de su valía, pero…ya lo he perdido; y es precisamente a partir de esa cruel realidad, cuando la carencia del inmenso e insustituible valor perdido se hace patente, cuando al final, como si buscase la autocomplacencia, termino por refugiarme en todo aquello que aún conservo y que ha formado y forma parte de mi razón de ser. Es por así decirlo, la necesidad de un poco de egoísmo, convertido en una poción mágica con la que poder debilitar mi pesimismo, para de esa forma mantener viva mi autoestima, entre otras razones, porque la vida sigue.
Andrés Rubido García

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