Al entrar en la plaza, el olor a hierba cortada se confundía con el agradable aroma de la bajamar. Los niños jugaban y correteaban, mientras los mayores hacían comentarios sobre los temas de actualidad. Unos de pie y otros sentados en los bancos de madera, y entre los cuales pude distinguir algunas parejas de enamorados, o simplemente, personas mayores conversando, o enfrascados en la prensa de la mañana.
Curiosamente, a pesar de hallarse todos los bancos ocupados; había uno, en el que solo se hallaba aquel hombre. Luchaba visiblemente por mantener el equilibrio, que su acusada embriaguez le impedía. Sostenía medio cigarro apagado entre los dedos de una de sus temblorosas manos, esperando a ser encendido. Mientras, en su azorada mente, me lo imaginé, pretendiendo ordenar una lista imaginable de obligaciones incumplidas. Una mente, que además de saturada, se hallaba vagando por lares muy distantes, de las arrugadas punteras de sus zapatos. Un par viejo y descuidado, entre cuyas punteras, se hallaba la imagen de una botella vacía, rodeada de colillas.
Acercó a sus labios el resto del cigarro apagado que sostenía entre los dedos; toda una proeza, dado los inútiles intentos, por tratar de vencer el temblor de sus manos, para conseguir encenderlo. Tras expulsar la primera bocanada de humo entre fuertes golpes de tos, y haberse limpiado con el dorso de su mano la comisura de sus labios; extiende su brazo y con el dedo índice señalando, Dios sabe a quién, exclama con dificultad: "Quiero un trago, joder, ponme un trago..."
Un trago, un simple trago, que para muchos será una simpleza, incluso, le reprocharían su actitud tachándolo de todo menos de bonito. Un trago que para él, en ese momento, se traduce en una carencia, que le implica una urgente necesidad, y que únicamente él conoce.
Mientras, el tiempo transcurre implacable sin poder calmar su deseo. Su ansiedad, sus temores, sus temblores, le envuelven en una situación angustiosa. Una situación desesperada que desgraciadamente conoce. Una situación más, a lo largo de una historia, cuyo comienzo se remonta a su añorada adolescencia, en la que por primera vez, tiene su primera experiencia con el alcohol.
Por el largo y tortuoso camino recorrido desde entonces, ha perdido familia, trabajo, amigos y un largo etc., cuya lista solo perdura en su desordenado cerebro. Sea como fuere, en aquel banco, en su banco, sentado sobre un cartón, continúa tembloroso contemplando la botella vacía, mientras en su interior, se continúa librando una batalla, de la que solo él es conocedor, y...culpable, a los ojos de la ignorancia que le contempla.
Andrés Rubido García
Curiosamente, a pesar de hallarse todos los bancos ocupados; había uno, en el que solo se hallaba aquel hombre. Luchaba visiblemente por mantener el equilibrio, que su acusada embriaguez le impedía. Sostenía medio cigarro apagado entre los dedos de una de sus temblorosas manos, esperando a ser encendido. Mientras, en su azorada mente, me lo imaginé, pretendiendo ordenar una lista imaginable de obligaciones incumplidas. Una mente, que además de saturada, se hallaba vagando por lares muy distantes, de las arrugadas punteras de sus zapatos. Un par viejo y descuidado, entre cuyas punteras, se hallaba la imagen de una botella vacía, rodeada de colillas.
Acercó a sus labios el resto del cigarro apagado que sostenía entre los dedos; toda una proeza, dado los inútiles intentos, por tratar de vencer el temblor de sus manos, para conseguir encenderlo. Tras expulsar la primera bocanada de humo entre fuertes golpes de tos, y haberse limpiado con el dorso de su mano la comisura de sus labios; extiende su brazo y con el dedo índice señalando, Dios sabe a quién, exclama con dificultad: "Quiero un trago, joder, ponme un trago..."
Un trago, un simple trago, que para muchos será una simpleza, incluso, le reprocharían su actitud tachándolo de todo menos de bonito. Un trago que para él, en ese momento, se traduce en una carencia, que le implica una urgente necesidad, y que únicamente él conoce.
Mientras, el tiempo transcurre implacable sin poder calmar su deseo. Su ansiedad, sus temores, sus temblores, le envuelven en una situación angustiosa. Una situación desesperada que desgraciadamente conoce. Una situación más, a lo largo de una historia, cuyo comienzo se remonta a su añorada adolescencia, en la que por primera vez, tiene su primera experiencia con el alcohol.
Por el largo y tortuoso camino recorrido desde entonces, ha perdido familia, trabajo, amigos y un largo etc., cuya lista solo perdura en su desordenado cerebro. Sea como fuere, en aquel banco, en su banco, sentado sobre un cartón, continúa tembloroso contemplando la botella vacía, mientras en su interior, se continúa librando una batalla, de la que solo él es conocedor, y...culpable, a los ojos de la ignorancia que le contempla.
Andrés Rubido García

No hay comentarios:
Publicar un comentario