martes, 9 de noviembre de 2010

La libertad en su justa medida

Desde el mismo instante en el que se comenzó a pensar, en el derecho que todo ser humano sin distinción, debe tener, a poder disfrutar de la libertad; nace la necesidad de acotar dicha libertad, para que esta no llegue a convertirse en arma de doble filo; o lo que ha día de hoy, conocemos como libertinaje.

La libertad, un derecho de la humanidad, violado infinidad de veces por la fuerza de la violencia. Quizá, el único recurso nacido y entendido desde la cobardía y desde la sin razón, para acallar las voces de los que murieron luchando por defenderla, utilizando la palabra y dando sentido al dialogo como única herramienta civilizada.

Es por ello, por lo que sería una gran hipocresía, pensar que solo aquellos que conocemos como vándalos, incívicos, delincuentes, violadores, etc., etc.; son los únicos que practican el libertinaje desmedido y desbocado. Apenas había comenzado a gestarse la criatura, la "Señorita Libertad"; cuando en más de una mente retorcida, se estaba fraguando desde la premeditación, la alevosía y porqué no, la nocturnidad; la violación de la "decente y respetable señorita".

Por desgracia, no creo deba de sorprendernos, la realidad de una creciente y desmedida ola de preocupantes noticias, nacidas del seno de la delincuencia, copando la programación de las cadenas televisivas; tanto de los noticieros, como en otros tipos de programación; desde los que se denuncia públicamente las injusticias llevadas a cabo, y que de igual manera, llenan las páginas de nuestra prensa diaria.

Sinceramente, creo como ciudadano de esta intranquila sociedad, que alguien debería hacer algo y comenzar a mover ficha; pues queramos o no, la sociedad comienza a sentirse desprotegida y psicológicamente amenazada; en dos palabras: tiene miedo.

Es para echarse a temblar, ante tanta delincuencia: corrupción, violación y toda una larga lista de delitos cometidos y en una gran mayoría de casos, pasados por los forros de más de una toga. Sin embargo, lo que más me apena, es tener que seguir soportando tanta injusticia, ante una justicia que se me antoja inerte y confundida, entre los derechos y obligaciones, que amparan a los que religiosamente cumplimos cívicamente como personas, pagando nuestros impuestos; para que de forma incomprensible, permitan a los delincuentes pasearse libre y alegremente ante nuestras narices, mientras premeditan el próximo delito. ¿Hasta cuándo?

Andrés Rubido García

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