Nunca me había sentido obligado a ir
al colegio, nunca, al tener que ayudar a mi familia en sus tareas, Siempre me
sentía dispuesto a obedecer; sin que por ello, me viese liberado de alguna que
otra regañina o castigo, por alguna falta cometida, como consecuencia del
olvido por los juegos, o la falta de puntualidad. Sin embargo, en las puertas
de aquella juventud, me resultaba incomprensible, intercalar una distancia entre lo que más
quería. El separarme de mi familia, de mis amigos… de mi pueblo. A falta de una
frágil esperanza, que me ayudase a cambiar aquellos forzados desapegos, me
empecé a sentir vencido por un único destino, colmado de sinsabores. Poco a
poco, había empezado a aceptar la realidad de un triste y pueril presente; que empezaba a absorberme,
sin apenas permitirme vislumbrar, la más difuminada idea de aquel futuro
incierto, al que por momentos me estaba viendo abocado.
Los esfuerzos por entender los
entresijos de mi incierta y desenfrenada vida; de aquella desconocida sinrazón
que se abría a mis pies, como si de un abismo se tratase; fomentaban el caldo
de cultivo que se cocinaba en mí ofuscada mente, con infinidad de ideas
atropellándose entre sí. Me atrevería a decir, que el haber sido moldeado con
métodos como: Una educación un tanto férrea, engalanada desde el más puro
respeto, con el aprendizaje, conocimientos, habilidades, valores, creencias y
hábitos. Todo ello aprendido de mis mayores, de las enseñanzas escolares, y
porque no decirlo, de esa otra escuela que nos brinda la vida, y a la que nos
vemos abocados a asistir por naturaleza; es decir, la educación de la calle,
como escuela de todo lo anteriormente
mencionado, pero desde el libre albedrio.
Sin darme cuenta, en mi ansiado deseo
de entender lo que me estaba ocurriendo, pretendía en un pispas, desentrañar,
lo que ha día de hoy es el resultado de toda una vida, a lo largo de mis
setenta años.
Andrés Rubido García

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