Desde
mi atalaya de los setenta, intento vislumbrar la estela dejada en mi caminar, a
través de los años. Un caminar, cada vez, con pasos más pausados y cargados…
pero sin pausa en mi recorrido. Todo un deseo de contemplar las huellas,
convertidas en hojas de un diario, en las que se han ido plasmando los
distintos episodios de mi vida… Que si muchos de los cuales, se han ido difuminando
con el transcurrir del tiempo; otros sin embargo, perduran y tan solo
sucumbirán conmigo. Hablo de surcos, que como las arrugas faciales de la vejez,
se han ido formando, hasta convertirse en recuerdos, que por gratos, perduran
en mi mente.
A
veces me pregunto, el porqué de este deseo, que me invita a retroceder en el
tiempo, a rebuscar entre esos recuerdos; huellas imborrables y del pasado más
añejo. ¿Quizá el placer que me invade al perpetuarlos? ¿Quizá, porque entre
ellos, siempre hallo la sensación más sublime de esos tiempos vividos? Sea como
fuere, lo interpreto como la visita a un pasado salpicado de bellos recuerdos,
que siempre y a pesar de los años, considero como uno de mis tesoros más preciados.
No
pretendo con ello, huir del presente, de los bellos momentos que me rodean
junto a los míos… junto a mi esposa, junto a mis hijos, junto a mis adorables
nueras… junto a mis nietos del alma; junto a mis amigos y amistades. Nada más
lejos de la realidad; tampoco trato de esconderme de mis problemas de salud;
todo lo contrario, procuro entenderlos y afrontarlos como parte importante de
mi vida.
Pensándolo detenidamente, y sin olvidarme de abrigar la
salud que me acompaña, la cual mimo con mucho tesón; y alimentando el amor y
cariño para con mi familia, disfrutando de todos mis seres queridos… un retorno
al pasado me infunde esa juventud, propia del niño que vive en mi, el cual, a
pesar de mi septuagenaria edad, continua siendo aquel Poldo de La Laguna. El
poldo que disfrutaba jugando con sus amigos, el ayudante de Escourido, de
Pancho, de mis propios abuelos cuando compraban pescado, el dependiente de la
Ferretería Trinquete. El Poldo que vio truncadas sus ilusiones de continuar
viviendo como un Pixin, por las de un
emigrante tempranero, producto de las circunstancias de una época, cuyas expectativas
eran limitadas.
Andrés Rubido García

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