jueves, 16 de mayo de 2019

Un pis pas... de 70 años


Nunca me había sentido obligado a ir al colegio, nunca, al tener que ayudar a mi familia en sus tareas, Siempre me sentía dispuesto a obedecer; sin que por ello, me viese liberado de alguna que otra regañina o castigo, por alguna falta cometida, como consecuencia del olvido por los juegos, o la falta de puntualidad. Sin embargo, en las puertas de aquella juventud, me resultaba incomprensible,  intercalar una distancia entre lo que más quería. El separarme de mi familia, de mis amigos… de mi pueblo. A falta de una frágil esperanza, que me ayudase a cambiar aquellos forzados desapegos, me empecé a sentir vencido por un único destino, colmado de sinsabores. Poco a poco, había empezado a aceptar la realidad de un triste y  pueril presente; que empezaba a absorberme, sin apenas permitirme vislumbrar, la más difuminada idea de aquel futuro incierto, al que por momentos me estaba viendo abocado.

Los esfuerzos por entender los entresijos de mi incierta y desenfrenada vida; de aquella desconocida sinrazón que se abría a mis pies, como si de un abismo se tratase; fomentaban el caldo de cultivo que se cocinaba en mí ofuscada mente, con infinidad de ideas atropellándose entre sí. Me atrevería a decir, que el haber sido moldeado con métodos como: Una educación un tanto férrea, engalanada desde el más puro respeto, con el aprendizaje, conocimientos, habilidades, valores, creencias y hábitos. Todo ello aprendido de mis mayores, de las enseñanzas escolares, y porque no decirlo, de esa otra escuela que nos brinda la vida, y a la que nos vemos abocados a asistir por naturaleza; es decir, la educación de la calle, como escuela de todo lo anteriormente  mencionado, pero desde el libre albedrio.

Sin darme cuenta, en mi ansiado deseo de entender lo que me estaba ocurriendo, pretendía en un pispas, desentrañar, lo que ha día de hoy es el resultado de toda una vida, a lo largo de mis setenta años.

Andrés Rubido García

lunes, 18 de febrero de 2019

Desde mi atalaya


Desde mi atalaya de los setenta, intento vislumbrar la estela dejada en mi caminar, a través de los años. Un caminar, cada vez, con pasos más pausados y cargados… pero sin pausa en mi recorrido. Todo un deseo de contemplar las huellas, convertidas en hojas de un diario, en las que se han ido plasmando los distintos episodios de mi vida… Que si muchos de los cuales, se han ido difuminando con el transcurrir del tiempo; otros sin embargo, perduran y tan solo sucumbirán conmigo. Hablo de surcos, que como las arrugas faciales de la vejez, se han ido formando, hasta convertirse en recuerdos, que por gratos, perduran en mi mente.
A veces me pregunto, el porqué de este deseo, que me invita a retroceder en el tiempo, a rebuscar entre esos recuerdos; huellas imborrables y del pasado más añejo. ¿Quizá el placer que me invade al perpetuarlos? ¿Quizá, porque entre ellos, siempre hallo la sensación más sublime de esos tiempos vividos? Sea como fuere, lo interpreto como la visita a un pasado salpicado de bellos recuerdos, que siempre y a pesar de los años, considero como uno de mis tesoros más preciados.
No pretendo con ello, huir del presente, de los bellos momentos que me rodean junto a los míos… junto a mi esposa, junto a mis hijos, junto a mis adorables nueras… junto a mis nietos del alma; junto a mis amigos y amistades. Nada más lejos de la realidad; tampoco trato de esconderme de mis problemas de salud; todo lo contrario, procuro entenderlos y afrontarlos como parte importante de mi vida.
Pensándolo  detenidamente, y sin olvidarme de abrigar la salud que me acompaña, la cual mimo con mucho tesón; y alimentando el amor y cariño para con mi familia, disfrutando de todos mis seres queridos… un retorno al pasado me infunde esa juventud, propia del niño que vive en mi, el cual, a pesar de mi septuagenaria edad, continua siendo aquel Poldo de La Laguna. El poldo que disfrutaba jugando con sus amigos, el ayudante de Escourido, de Pancho, de mis propios abuelos cuando compraban pescado, el dependiente de la Ferretería Trinquete. El Poldo que vio truncadas sus ilusiones de continuar viviendo como un Pixin,  por las de un emigrante tempranero, producto de las circunstancias de una época, cuyas expectativas eran limitadas.

Andrés Rubido García

miércoles, 2 de enero de 2019

Por un amor sin fisuras


Desde aquel día en el que nos prometíamos ante el altar, "Aquel consentimiento recíproco que marido y mujer se dan en Cristo, y que nos constituyó en comunidad de vida y amor; tiene también una dimensión eucarística, así también como en el tiempo” Son 46 años de entendimiento, de procurar evitar, no tener que decir nunca “Lo siento” Desde aquel 2 de enero de 1973, nos hemos demostrado mutuamente, la capacidad de que aún no existiendo el entendimiento perfecto entre la pareja; nosotros creo que hemos llegado a una altitud, donde se nos brinda la confianza suficiente, de vislumbrar con más claridad, la capacidad de continuar navegando por ese mar de amor, en busca de ese horizonte de los 50. Te quiero mi vida. Nunca mejor dicho, “hoy te quiero más que ayer y menos que mañana”; aunque el crecimiento de ese cariño, no se pueda medir ni pesar, me queda demostrado, que al igual que en otras ocasiones te he dicho, “Despertar en cada amanecer, con un nuevo beso, con un nuevo ¡Te quiero! Es para mí, la plenitud de un amor que expresamos en cada caricia, en cada mirada, en cada sonrisa, en cada instante que pasa, sumando con el tiempo, esos días, que uno a uno, completan nuestra viva historia de cariño y amor, plagada de “Tic Tac” de reloj, que marca los instantes de nuestro amor. ¡Te quiero mi vida!
 
Andrés Rubido García