En la medida que me se voy sintiendo
abrazado por el peso de los años,
mientras paseo y recreo la mirada sobre todo aquello que me rodea, buscando un
banco en el que sentar mis ya cansados huesos, y no precisamente por la edad;
pero quizá por la cantidad de fármacos ingeridos, con lo que a pesar de ser
recetados a juicio médico, me van “Curando” por un lado, y ayudando a envejecer
por otro; es desde ese banco ubicado en cualquier parque de la Tacita de Plata,
cuando aprovecho en alguna que otra ocasión, para embarcarme en mi “jet privado” imaginario, que me ayuda a trasladarme en el
tiempo, a aquellos maravillosos años de juventud. Apenas la pícara imaginación comienza
a cumplir mis deseos, me invade un sentimiento de relajación tal, que la
mencionada vejez, comienza a desmoronarse un poquitín, permitiéndome ser un
poco más positivo de lo que suelo ser por ventura, y porque según me consta, el
pesimismo no nos permite vivir con ciertos dones de alegría, algo de lo que
siempre me ha gustado alimentarme; tal vez por aquello, de que la riso terapia,
es una de nuestras mejores medicinas.
Cierto es, que todos los potingues
farmacológicos, puedan ser capaces de restar la agilidad y fortaleza de mi casi
septuagenario cuerpo, pero no del espíritu de juventud, o de niñez que a veces
me invade. Y es ese espíritu, el que me permite en alguna que otra ocasión
disfrutar con mis nietos, pensando que yo soy uno más, aunque mis abuelos,
hayan pasado ya a mejor vida, y no puedan jugar conmigo.
Andrés Rubido García

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