Buenas tardes-noches mi vida. Desde
aquel 2 de enero 1973 y con mis 69 años cumplidos, he aprendido a rectificar en
mis errores, que como ser humano, no han sido pocos, de hecho, aún me suelo
equivocar, pero lo importante es haber aprendido a rectificar. No obstante, y
después de todo este tiempo transcurrido, me parece estar en las proximidades
de aquel altar esperándote, deseando verte entrar vestida de novia. Era tal la
emoción que me invadía, que cuando apareciste del brazo de tu padre, tuve que
reprimirme para no ir corriendo a tu encuentro. A pesar de nuestros dos años de
noviazgo, a pesar de sentirme el hombre más feliz del mundo. El 2 de enero de
1973… Comenzaba a sentirme el hombre más feliz de la tierra, a vivir toda una
gran parte de mi vida, de nuestra vida. Nos embarcábamos en una apuesta por lo
que siempre creímos que sería nuestra Felicidad compartida. Una Felicidad que
se fue fraguando a cada paso, con el paso de los años, y con la llegada de
nuestros hijos, y cómo no, de nuestros
primeros nietos.
No pienso relatar aquí los días de
platos rotos, porque nuestras discrepancias, tan solo servían y sirven para
querernos y amarnos mucho más. Nosotros desde que comenzamos a conocernos,
puedo decir, que también comenzamos a hacer nuestro, aquel dicho popular de
“Hoy más que ayer y menos que mañana”
Mi vida, quiero que sepas que si
tuviera la oportunidad de volver a reiniciar contigo estos 45 años, no
cambiaría de nuestra vida y de nuestra suerte, ni un ápice… tan solo, nuestras
equivocaciones. Quizá porque todo ello, es un conjunto de piezas que al igual
que un puzle, han hecho posible estos 540 meses, muchos de ellos abrazado a ti
en mi imaginación. Es verdad que por el camino se nos han quedado muchos días
meses y años sin poder vernos; mi profesión de marino así lo requería. No
obstante, tengo que agradecerte, que has
sabido ejercer con paciencia, entereza y firmeza, las veces de padre,
sin olvidar tu responsabilidad de madre.
Lola mi vida, quizá no necesite
escribirte, lo que ya tu sobradamente sabes; pero si no te digo que hoy te
quiero con la misma fuerza y deseo, si no te digo que me gusta besarte en cada
despertar, en cada momento que me asalta el impulso de decirte ¡¡Hay!! Que te
quiero… en cada beso… no sería yo.
Andrés Rubido García

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