De
nuestros antepasados, de aquellos que trabajaban sin tregua. De mujeres que
trabajaban en las fábricas de conservas; las que aprovechaban hasta la más
minúscula porción de tiempo para
cultivar la tierra. Eran las mismas que fregaban aquellos bancos de madera, con
la piel del melgacho; las que cortaban la leña para encender aquellas lareiras
o cocinas en las que poder cocinar unos cachelos. Mujeres que a las claras del
día, cargaban con aquellas tinas de zinc llenas de ropa y sobre sus cabezas,
camino del rio para lavarla… las que iban a buscar el agua a la fuente para las
necesidades de sus hogares. Las mismas que arañaban las horas al sueño, para
poder terminar las interminables labores de sus hogares.
Como
olvidar aquellos hombres cuya piel se hallaba curtida por el sol y el salitre;
aquellos marineros que se entregaban a
las faenas de la mar, y que las necesidades les obligaba a enfrentar los
malos tiempos… Aquellos que regresaban, dejando fatalmente atrás, familiares o
compañeros que nunca regresarían de las profundidades del mar. Aquellos que
también vivían el día a día, ayudando en las labores de la tierra, exhaustos
por el trabajo en la mar, pero ávidos de poder sumar su esfuerzo al sustento
del hogar. Aquellos hombres y mujeres, aquellas inolvidables personas, aquellos
nuestros antepasados…también asumieron la búsqueda del camino de una esperanza
soñada…una anhelo que anidaba en sus frágiles mentes, aún contaminadas entre los avatares de una reciente y cruenta
guerra. Una guerra que les envolvió entre necesidades, penurias, luto, y como “Estímulo”
unas cartillas de racionamiento. Me atrevería a decir, que “vivieron” entre la
hambruna y el llanto enmudecido por la disciplina de una dictadura.
Aquellas
personas fueron, las que cansadas de sufrir en silencio, de vivir solo de
esperanzas; cansadas del trabajo míseramente remunerado, por el abuso incondicional
de los empresarios; decidieron comenzar a forjar el camino hacia las “libertades”.
Muchos de nuestros antepasados, sintieron la necesidad de embarcarse en el tren
de la emigración; buscando países en los que a través de los duros trabajos, fomentar
un ahorro que les ayudase a construir una nueva vida, lejos de sus hogares. Suiza,
Alemania, Inglaterra, etc. Fueron los destinos de muchos de ellos, en los que
no precisamente se regalaban los salarios.
No
pretendo relatar con pelos y señales, todo lo habido y por haber, en una época
que tan solo nos habla de miseria y necesidades en muchos hogares. Tan solo pretendo
valorar el sufrimiento con el que tuvieron que convivir nuestros antepasados.
Razón de más, para mostrar mi respeto y gratitud, por todas aquellas personas,
que cargadas con el negativo recuerdo de una guerra, tuvieron que hacer de
tripas corazón, para continuar por el camino de la posguerra, llorando y
recordando a nuestros difuntos, en medio de un azote de hambre y necesidad.
De
aquellos nuestros antepasados… tan solo me queda el más profundo amor hacia
ellos, impregnado del más imperecedero respeto, y el hueco en mi corazón donde habitaran
por siempre entre mis recuerdos.
Andrés Rubido García

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