Con
tantos “manjares” que aglutinan las cartas o menús de los restaurantes, sin
olvidarnos de los platos de última generación. Todos ellos tratados con material quirúrgico y dorados con
soplete… restaurantes haciendo acopio de las algas; primas hermanas muchas de
ellas, que sirvieron de estiércol en las tierras de sembrado de nuestros
antepasados, que se afanaban en carrear desde la playa.
Nada
que ver, con los menús de cuando ayudaba a mis abuelos en la rambla del muelle.
Recuerdo, que me desvivía en apartar de entre las sardinas, aquellos calamares,
más pequeños que los auténticos chipirones, y que de regreso a casa, mi abuela,
me los ponía fritos y me sabían a gloria bendita.
Sin
ánimo de criticar, por más que lo intento, no acierto a comprender el
significado de esos menús, que una vez emplatados, como se suele decir a día de
hoy, se me asemeja, a una minúscula isla en medio de ese inmenso plato blanco, que en su día se fabricó,
pensando en un menú normalillo.
Sea
como fuere, es el calor de este veranillo, que se acerca a pasos agigantados,
el que me recuerda, el olor a sardinas asadas, lañadas, o un grandioso plato de
marisco (berberechos) frito con patatas, cebollas y pimientos. Son tantos los
manjares de la tierra, que no siento envidia alguna, con todo mi respeto a esos
reconocidísimos profesionales de la cocina moderna, por esos platos masterChef.
Andrés Rubido García

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