En la quietud
de la soledad buscada, y soslayando la distancia, escucho la melodía del rio,
desbordando las suaves y relajantes notas
que va desprendiendo en su recorrido, y que definen el paso del purificado y
transparente líquido, entre las
diferentes formas de piedras con las que se va acariciando mimosamente; al
tiempo que sobre él, flotan pequeñas hojas y ramas que discurren entre un
maravilloso y pintoresco paisaje, entre pequeños saltos y meandros.
Todo mientras
juego con mi mente, procurando ver el paisaje, y sin girarme, contemplar con el
mismo cariño que me invade, el encanto que convertido en un inmenso manto, te
cubre a lo largo y ancho de tu extensa beldad, como si de una piel se tratase.
Son numerosos
y distintos verdes, los que entremezclados con los pardos de tu tierra, sirven de lecho al pequeño
caudal del río, que después de discurrir entre veredas salpicadas de eucaliptos
y pinos, busca el remanso de la tierra llana, cercana al final de su recorrido.
Sobre algún que otro remanso, entremezclado con la melodía de su discurrir,
también se perciben melodías llenas de cariñosas palabras, que nos hablan de
mujeres que arrodilladas en sus orillas, frotan y enjuagan la ropa, al tiempo
que hablan de sus quehaceres, o conjugan con sus voces, los melosos y delicados
cantos de la tierra, ignorando con la ayuda de sus cantos la
frialdad de su agua. En su tramo final, el río discurre por la arena de la playa,
hasta fundirse con el inmenso mar que le abrazará entre sus blanca y salada
espuma.
Atrás quedan
los eucaliptos, los pinos, el chasquido de la hoz al segar la verde hierba, el del
raño o la azada al clavarse en la tierra, así como el desgranar de aquellas
personas que cavando la tierra, procuran dejar en su justa medida, la simiente
y el estiércol necesario, con el que esperan ver florecer sus esfuerzos. Así y
de la misma manera que el río, he vagado por tus tierras, he crecido, he jugado
y corrido por tus caminos, y también me he topado con todo aquello que tú has
encontrado. He disfrutado de tu hermosa belleza, y me he recreado contemplándote, aunque hoy, lo haga de
distinta forma a la que en un tiempo disfrute de ti, hasta fundirme en ese mar
de tu concha, que hoy añoro y me hace sentirme orgulloso de haber nacido de ti.
Quizá sea el
tiempo transcurrido… ¿Cómo no? Las incontables y blancas canas las que me
hablan de tantos y tantos hermanos de
tierra, que aún estando lejos de ti, y a pesar de la distancia, te recuerdan
con el mismo deseo y amor, con el que te recuerdo
Andrés
Rubido García

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