Todo
comenzó con aquellos primeros sueños de marinero, enardecidos desde la orilla
de la playa de la concha, en el maravilloso pueblo de Cariño… mi pueblo. Desde su orilla, y al tiempo que contemplaba
las embarcaciones fondeadas, imaginaba el mar en su más amplia extensión. Era tan grande mi deseo por vivir alguna experiencia
sobre aquel inmenso piélago, que con 10 años, y aprovechando la soledad del
momento, me hice a la mar con una gamela. Una experiencia que duró hasta
rebasar el espigón unos cuantos metros, y regresar. Me quedé con una cierta
sensación de libertad, así como la del balanceo producido por aquel oleaje huérfano
de rompiente, y que en el argot marinero se conoce como “mar tendida o de leva”
Toda una travesura nacida del impulso de la niñez, que me inspiraba aquel
desconocido juego, ambientado en el temor de que el dueño de la gamela me
estuviese esperando... Tan solo y tal como he titulado este episodio, pretendo
ver desde la atalaya de la experiencia, mi andadura por ese mundo, que si bien
en un principio vaticinaba como algo misterioso; a día de hoy, continúo farfullando
e insistiendo en los misterios del mar.
Dada
mi corta edad, comencé a navegar en los barcos de pesca como marinero. Pues
aunque la vida del marino me enredaba y entusiasmaba; la mecánica y la
electricidad, formaban parte de mi otra gran meta. A los 18 años, comencé a
trabajar en las maquinas, como engrasador. Con aquella experiencia, di por
sentado, que aquel era el camino para mi
profesión en la mar. Dos años más tarde sufrí mi primer naufragio, y ese mismo
año comencé mis estudios en la Escuela de Formación Profesional Náutico
Pesquera de Cádiz.
Entremezclado
con el transcurrir del tiempo, surgieron los amoríos, el matrimonio, y los
hijos. Después de unos 15 años entre los barcos de pesca y el tiempo en la escuela,
y habiendo dedicado los últimos, a los buques congeladores, decidí dar el salto
a la marina mercante. Toda una nueva experiencia, que por cada día que pasaba,
me fortalecía. Los años fueron cayendo, y con ellos dos naufragios más. Siempre
recordaré, que después de aquel primer naufragio, en el segundo y en el tercero,
repetí la misma frase “Virgen del Carmen sería mucha la suerte,
para salir bien de este” Lo cierto es,
que la Virgen ayudó y salvamos el pellejo; aunque a decir verdad, cuanto
más tiempo transcurría, mayor era el temor que tenía a navegar. Las canas
fueron testigo de mis experiencias desde la temprana edad de 25 años, en que mi
esposa me advirtió de aquellos primeros pelillos blancos, que en un tiempo récor
poblaron toda mi cabellera.
Con
el abaratamiento de la mano de obra por parte de las empresas, marina mercante
también comenzó a aplicarse el cuento. Cambio de bandera y más tarde, cambio de
españoles por personal de otros países, a los que les pagaba menos de la mitad.
Marina mercante, comenzó a convertirse en un recurso de trabajo poco
enriquecedor y nada interesante. Teníamos que permitir la reducción de salarios
y de derechos conseguidos, o abandonar. El desempleo fue mi siguiente empresa
después de marina mercante, para después de un año de paro, volver a los buques
congeladores. En ellos después de unos años, me ofrecieron el cargo de
inspector, un cargo que tan solo me duro dos años. El tiempo en el que se tardo
en descubrir que mi próstata se encontraba dañada.
Hoy
después de todos estos años transcurridos, y contemplando esa larga y variada
andadura, me sorprendo de mi mismo, de mis primeros años de juventud, encharcados
de entrega y voluntariedad; con la mirada clavada en un futuro, como siempre
invisible y difícil de adivinar, en el día de mañana, como solían decir
nuestros antepasados. Toda una vida como suelo decir, quemada entre infinidad
de países, de puertos y millas recorridas, entre vendavales y otros temporales,
entre los que nunca me acostumbre a poder dormir, a pesar de aquellos que presumían
de lobos de mar, mientras que al igual que yo, se quemaban la vista
pretendiendo vislumbrar en el horizonte una isla llamada Esperanza.
Andrés Rubido García

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