Introducirme
en el plácido discurrir de los días, durante aquella, mi estancia en el pueblo,
es tan sencillo como maravilloso. Después de todo, quizá sea el hecho del
tiempo transcurrido, superado por el deseo de rememorarlo el que me lleve a terminar disfrutando como
un verdadero niño, de todos y cada uno de ellos. Entre otras cosas, por haber
transcurrido todos aquellos pasajes entre mi infancia y el pleno apogeo de mi juventud.
No
sabría decir, a partir de qué edad comenzó esta carrera, vertiginosa de mi
mente, traducida en morriña y empeñada en querer rememorar los numerosos ayeres,
tan lejanos en el tiempo, pero que conservo con cierta lucidez. Si bien es
cierto, que en la misma medida que los aniversarios se van apilando, entre
nuevas y blancas canas, mayor es el deseo de querer recordar, de rememorar
aquellos pasajes, en ese pueblo que tanto amo, y por quien tanto suspiro.
Cruzar
los pasos de piedra de algún que otro río y perdernos por los caminos entre
juegos, y dependiendo de la época, entre rejos de trigo a la búsqueda de
grillos; o de aquellos manjares que sin pretenderlo, se encontraban a nuestro
paso; manjares cómo anixaros y moras… Son tantos los iconos que despiertan mi
deseo de batallar por conseguir tu cercanía, por disfrutar de ti, de todos y
cada uno de esas ilustraciones, motivos, detalles; que en cierta manera forman
parte de una pequeña historia, que a todas luces deseo conservar viva en mi
mente.
Era
otra época, en la que el libre albedrío de nuestros juegos, nos permitían elegir
las reglas. Entonces, no necesitábamos cobertura para comunicarnos, ni tampoco buscábamos
al pokémon fugado. Simplemente, disfrutábamos del entorno con el que la
naturaleza había premiado aquel pueblo de Cariño… Nuestro pueblo.
Andrés Rubido García

No hay comentarios:
Publicar un comentario