domingo, 7 de febrero de 2016

Sin cobertura




De aquella época de luto, odios y sinsabores de la posguerra, de cartillas de racionamiento, y de estrecheces… solo conservo entre vagos recuerdos, pequeños comentarios recogidos de diálogos,  entre mis mayores. También, ¿cómo no? Mis propias vivencias, de las cuales tan solo quiero subrayar, aquellas que más marcaron mi relación, con ese bendito pueblo que me vio nacer, y en el que a pesar de las referidas estrecheces, resurgían también días de añoranza. Un mundo real, en un rincón de ensueño, cuya belleza y armonía brindada por la propia naturaleza; contrastaba con aquella forma particular, de dar sentido a lo que a todas luces, me parecía, un mundo de blanco y negro… sin dejar de ser de color.


A pesar de mi amor hacia el terruño, y después de haber orquestado mi futuro lejos del mismo; en cada regreso, en cada nueva visita, comenzaba a sentirme un tanto extranjero en mi propia tierra… Sin embrago, en la misma medida que transcurría el tiempo, mayor era mi pasión por él. Quizás aquellas añoradas vivencias, por aquellos senderos y caminos de tierra, quizá aquellos juegos compartidos en días de colegio, entre billardas, caños y canicas… Quizá… son muchos los gratos recuerdos que me aten a él. 



En cierto modo, y a pesar de la evolución de la vida, del modernismo; de este mundo de mega pixel, de tecnología digital, de teléfonos que han ido cambiando su apelativo de móvil, a blackberry, Smartphone… Un mundo dominado digitalmente, y caminando por el filo de la navaja… Un mundo que en cierta medida, ha resquebrajado la comunicación social, convirtiéndola en un abusivo uso del whatsapp; de dedos encallecidos, y de personas cabizbajas caminando abstraídas, y con la mirada clavada en la pantalla de su inseparable tecnología. Un mundo, en el que su modernismo, es aprovechado por mentes depravadas, y tendencias capaces de romper con un sistema de vida, y en el que, a algún que otro ciudadano, tengamos que recordarle su respeto hacia los demás, y hacia sí mismo… es un mundo, al que no le envidio nada, al que por así decirlo, agradezco a la vida, aquella niñez correteada por aquel rincón de ensueño, y libre de antojos, a la sazón inimaginables, a pesar de las estrecheces. 
A día de hoy y a pesar de los años y de las canas, recuerdo uno de los mejores comunicadores de aquella niñez, utilizado como juguete, sin necesidad de pilas ni cargadores, tan solo dos latas unidas por una piola.

Andrés Rubido García

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