De
aquella época de luto, odios y sinsabores de la posguerra, de cartillas de
racionamiento, y de estrecheces… solo conservo entre vagos recuerdos, pequeños
comentarios recogidos de diálogos, entre
mis mayores. También, ¿cómo no? Mis propias vivencias, de las cuales tan solo
quiero subrayar, aquellas que más marcaron mi relación, con ese bendito pueblo
que me vio nacer, y en el que a pesar de las referidas estrecheces, resurgían también
días de añoranza. Un mundo real, en un rincón de ensueño, cuya belleza y
armonía brindada por la propia naturaleza; contrastaba con aquella forma
particular, de dar sentido a lo que a todas luces, me parecía, un mundo de
blanco y negro… sin dejar de ser de color.
A
pesar de mi amor hacia el terruño, y después de haber orquestado mi futuro
lejos del mismo; en cada regreso, en cada nueva visita, comenzaba a sentirme un
tanto extranjero en mi propia tierra… Sin embrago, en la misma medida que transcurría
el tiempo, mayor era mi pasión por él. Quizás aquellas añoradas vivencias, por aquellos
senderos y caminos de tierra, quizá aquellos juegos compartidos en días de
colegio, entre billardas, caños y canicas… Quizá… son muchos los gratos
recuerdos que me aten a él.
En
cierto modo, y a pesar de la evolución de la vida, del modernismo; de este
mundo de mega pixel, de tecnología digital, de teléfonos que han ido cambiando
su apelativo de móvil, a blackberry, Smartphone… Un mundo dominado
digitalmente, y caminando por el filo de la navaja… Un mundo que en cierta
medida, ha resquebrajado la comunicación social, convirtiéndola en un abusivo
uso del whatsapp; de dedos encallecidos, y de personas cabizbajas caminando abstraídas,
y con la mirada clavada en la pantalla de su inseparable tecnología. Un mundo,
en el que su modernismo, es aprovechado por mentes depravadas, y tendencias
capaces de romper con un sistema de vida, y en el que, a algún que otro ciudadano, tengamos que recordarle su respeto hacia los demás, y hacia sí mismo… es un mundo,
al que no le envidio nada, al que por así decirlo, agradezco a la vida, aquella
niñez correteada por aquel rincón de ensueño, y libre de antojos, a la sazón
inimaginables, a pesar de las estrecheces.
A día de hoy y a pesar de los años y de las canas,
recuerdo uno de los mejores comunicadores de aquella niñez, utilizado como
juguete, sin necesidad de pilas ni cargadores, tan solo dos latas unidas por
una piola.
Andrés Rubido García
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