martes, 6 de octubre de 2015

Aferrado a la Esperanza



Mi primera experiencia, a bordo de un barco de escasos treinta metros de eslora, sirvió además de escuela de “prácticas”; para aprender a separar los sueños del niño, que intentaba dejar de ser, de los de una realidad que duró treinta y dos meses de idas y venidas, a bordo de aquel cascarón, y que terminó, con una encrucijada por así decirlo. La agonía y muerte de aquel barco, con la desazón de mi primer naufragio.

Después de aquel primer mal trago, reanude mi vida de marino, en otro barco de parecidas características, aunque por poco tiempo; pues aquel mismo año hice mi ingreso en la escuela, para mecánico naval. 

Tras los correspondientes años de estudio, entre los que se intercalaron algunos embarques, me llegó el comienzo de formar una familia. El día de mi boda, lo recuerdo como el día más feliz de mi vida…sin olvidar el nacimiento de mi primer, segundo, tercer y cuarto hijo. La vida corre…vuela, y nos da sorpresas, que si bien algunas son compartidas con elogios y alegrías, otras forman parte de lo negativo de la vida, y que nos esforzamos en olvidar.

Tras diecisiete años inmerso en los barcos de pesca, y con un naufragio a mis espaldas, además de ver sucumbir mi puesto de trabajo por primera vez, ante la plaga del paro, por culpa de uno de tantos armadores sin escrúpulos; decido probar suerte trabajando en algún que otro taller en tierra firme. La experiencia como mecánico  en aquel taller, dedicado al mantenimiento de buques de marina mercante, duró dieciocho meses. Si bien es cierto, que gracias a los contactos que hice en aquellos barcos, pude embarcar como mecánico en una naviera; comenzando así mi vida de marino mercante.

A medida que transcurrían los años, se me hacía más difícil el vivir tanto tiempo  separado de la familia. La vuelta a casa me rejuvenecía. Mientras en mi cabeza golpeaba la idea de tener que volver al charco. Verme en el avión, o en el tren, de vuelta al hogar, era algo inexplicable; tanto, que entiendo que resulte difícil concebir, que en alguna que otra ocasión, cuando llegaba de madrugada, el temblor de mi mano al introducir la llave en la cerradura de la puerta de casa, era inevitable, así como la emoción que me embargaba con...el primer abrazo, el primer beso, el olvidarnos de dormir, tanto mi mujer como mis hijos…Siempre lo interpreté, como el premio del marino que regresa al hogar.

Los años y las crudas experiencias en alta mar, que no siempre son placenteras, han ido mermando el potencial de mi filosofía de marino, hasta el punto de llegar a sentir cierto temor, de lo que durante tantos años había sido mi centro de trabajo. Quizá, el haber tenido la suerte, de haberme librado de siniestros anteriores, me llevaba a pensar, que aquel tren de la suerte podía llegar a perderlo en un futuro. 

Ha día de hoy, aún me cuesta entender la idiosincrasia de los que como yo, hemos tenido que sucumbir entre mares de incertidumbre, con las sorpresas que nos deparaba nuestro destino marinero, en silencio, y con la sonrisa forzada en los labios.

Andrés Rubido García

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