Mi
primera experiencia, a bordo de un barco de escasos treinta metros de eslora,
sirvió además de escuela de “prácticas”; para aprender a separar los sueños del
niño, que intentaba dejar de ser, de los de una realidad que duró treinta y dos
meses de idas y venidas, a bordo de aquel cascarón, y que terminó, con una
encrucijada por así decirlo. La agonía y muerte de aquel barco, con la desazón
de mi primer naufragio.
Después
de aquel primer mal trago, reanude mi vida de marino, en otro barco de parecidas
características, aunque por poco tiempo; pues aquel mismo año hice mi ingreso
en la escuela, para mecánico naval.
Tras
los correspondientes años de estudio, entre los que se intercalaron algunos
embarques, me llegó el comienzo de formar una familia. El día de mi boda, lo
recuerdo como el día más feliz de mi vida…sin olvidar el nacimiento de mi
primer, segundo, tercer y cuarto hijo. La vida corre…vuela, y nos da sorpresas,
que si bien algunas son compartidas con elogios y alegrías, otras forman parte
de lo negativo de la vida, y que nos esforzamos en olvidar.
Tras
diecisiete años inmerso en los barcos de pesca, y con un naufragio a mis
espaldas, además de ver sucumbir mi puesto de trabajo por primera vez, ante la
plaga del paro, por culpa de uno de tantos armadores sin escrúpulos; decido probar suerte trabajando en algún que
otro taller en tierra firme. La experiencia como mecánico en aquel taller, dedicado al mantenimiento de
buques de marina mercante, duró dieciocho meses. Si bien es cierto, que gracias
a los contactos que hice en aquellos barcos, pude embarcar como mecánico en una
naviera; comenzando así mi vida de marino mercante.
A
medida que transcurrían los años, se me hacía más difícil el vivir tanto tiempo
separado de la familia. La vuelta a casa
me rejuvenecía. Mientras en mi cabeza golpeaba la idea de tener que volver al
charco. Verme en el avión, o en el tren, de vuelta al hogar, era algo inexplicable;
tanto, que entiendo que resulte difícil concebir, que en alguna que otra
ocasión, cuando llegaba de madrugada, el temblor de mi mano al introducir la
llave en la cerradura de la puerta de casa, era inevitable, así como la emoción
que me embargaba con...el primer abrazo, el primer beso, el olvidarnos de
dormir, tanto mi mujer como mis hijos…Siempre lo interpreté, como el premio del
marino que regresa al hogar.
Los
años y las crudas experiencias en alta mar, que no siempre son placenteras, han
ido mermando el potencial de mi filosofía de marino, hasta el punto de llegar a
sentir cierto temor, de lo que durante tantos años había sido mi centro de
trabajo. Quizá, el haber tenido la suerte, de haberme librado de siniestros
anteriores, me llevaba a pensar, que aquel tren de la suerte podía llegar a
perderlo en un futuro.
Ha
día de hoy, aún me cuesta entender la idiosincrasia de los que como yo, hemos
tenido que sucumbir entre mares de incertidumbre, con las sorpresas que nos
deparaba nuestro destino marinero, en silencio, y con la sonrisa forzada en los
labios.

No hay comentarios:
Publicar un comentario