En
días como estos, bañados de aroma de roscón y panqué, y cómo no, de tantas
comidas tradicionales; me llevan a
recordar la época de mi niñez, y a nuestros antepasados, que procuraban
ensalzar con su esfuerzo y alegría, aquellas fiestas. Era un alto en el duro
caminar de la vida, en aquellos momentos que infundían e invitaban a olvidar
temporalmente, los problemas cotidianos, para dar paso a la algarabía que se
respiraba entre la gente.
Ver
a mi abuela amasar aquellos manjares, mientras cavilaba de viva voz, como iba a
marinar aquella carne asada, que con tanto celo cocinaba año tras año. Era como
abrir las puertas de la víspera del San
Bartolo.
Los
pasacalles animaban el amanecer, con
sones de pasodobles, así como las bandas de gaiteros, que nos anunciaban la
inminente participación de la colorida y bella danza de arcos.
Después
de la misa y de la procesión, así como de haber disfrutado de aquella consumada
y alegre danza de arcos; el baile en la plaza de la Pulida, congregaba a una
gran parte del pueblo, a compartir las alegres melodías de la banda. Por la
tarde, la animación corría a cargo de las orquestas, y de los altavoces de las tómbolas,
animando a la gente a acercarse, y poner a prueba su suerte mediante la compra
de papeletas, en las que más que premio, aparecía: “El que la suerte persigue
premio consigue”. A todo ello, había que sumar el resto de atracciones, como la
noria, el tiro pichón, etc. No puedo olvidarme, como niño que me siento
mientras escribo estas evocaciones, de las atracciones. Algunas, solían
ponerlas, entre el frente del taller que lindaba con la ferretería de Trinquete,
y el lateral de la fábrica de Fanego. Me refiero como no podía ser de otra
manera, al tío vivo, a veces el de los caballitos de sube y baja, y el de las
lanchitas. Nos esforzábamos tanto en esta ultima atracción, que casi montábamos
por arriba la barra a la que se sujetaba dicha lanchita.
El
último día, se caracterizaba por el desfile de grandes cestas, que las mujeres
portaban en la cabeza. Los hombres, para no ser menos, aportaban su ayuda
llevando las garrafas de vino, así como las botas que colgaban de sus hombros,
y que terminarían pasándose de mano en mano, regando sus gargantas, y las de
muchos de los asistentes a aquellas inolvidables jiras campestres. Desde bastante
antes de la media mañana, y desde mi casa, las veía subir por la carretera. Me
atrevería a decir, que el ambiente se llenaba del olor a empanada, para más tarde confundirse con el exquisito aroma de las sardinas asadas.
El broche final de aquellas añoradas jiras, lo ponía el partido de futbol, y
algunas voces que coreaban los acostumbrados cantos de regreso.
Eran
días grandes, en los que nosotros los niños, además de los juegos
acostumbrados, podíamos elegir entre otras distracciones. Lógicamente,
dependiendo de las posibilidades de la economía de nuestras familias, de aquellos
nuestros antepasados, que eran los que a pesar de las limitadas posibilidades
de la época, aportaban unas monedas a nuestros bolsillos.
Andrés Rubido García

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