domingo, 23 de agosto de 2015

Dias de fiesta



En días como estos, bañados de aroma de roscón y panqué, y cómo no, de tantas comidas tradicionales;  me llevan a recordar la época de mi niñez, y a nuestros antepasados, que procuraban ensalzar con su esfuerzo y alegría, aquellas fiestas. Era un alto en el duro caminar de la vida, en aquellos momentos que infundían e invitaban a olvidar temporalmente, los problemas cotidianos, para dar paso a la algarabía que se respiraba entre la gente. 

Ver a mi abuela amasar aquellos manjares, mientras cavilaba de viva voz, como iba a marinar aquella carne asada, que con tanto celo cocinaba año tras año. Era como abrir las puertas  de la víspera del San Bartolo.

Los pasacalles animaban el amanecer,  con sones de pasodobles, así como las bandas de gaiteros, que nos anunciaban la inminente participación de la colorida y bella danza de arcos.

Después de la misa y de la procesión, así como de haber disfrutado de aquella consumada y alegre danza de arcos; el baile en la plaza de la Pulida, congregaba a una gran parte del pueblo, a compartir las alegres melodías de la banda. Por la tarde, la animación corría a cargo de las orquestas, y de los altavoces de las tómbolas, animando a la gente a acercarse, y poner a prueba su suerte mediante la compra de papeletas, en las que más que premio, aparecía: “El que la suerte persigue premio consigue”. A todo ello, había que sumar el resto de atracciones, como la noria, el tiro pichón, etc. No puedo olvidarme, como niño que me siento mientras escribo estas evocaciones, de las atracciones. Algunas, solían ponerlas, entre el frente del taller que lindaba con la ferretería de Trinquete, y el lateral de la fábrica de Fanego. Me refiero como no podía ser de otra manera, al tío vivo, a veces el de los caballitos de sube y baja, y el de las lanchitas. Nos esforzábamos tanto en esta ultima atracción, que casi montábamos por arriba la barra a la que se sujetaba dicha lanchita.

El último día, se caracterizaba por el desfile de grandes cestas, que las mujeres portaban en la cabeza. Los hombres, para no ser menos, aportaban su ayuda llevando las garrafas de vino, así como las botas que colgaban de sus hombros, y que terminarían pasándose de mano en mano, regando sus gargantas, y las de muchos de los asistentes a aquellas inolvidables jiras campestres. Desde bastante antes de la media mañana, y desde mi casa, las veía subir por la carretera. Me atrevería a decir, que el ambiente se llenaba del olor a empanada,  para más tarde confundirse  con el exquisito aroma de las sardinas asadas. El broche final de aquellas añoradas jiras, lo ponía el partido de futbol, y algunas voces que coreaban los acostumbrados cantos de regreso.

Eran días grandes, en los que nosotros los niños, además de los juegos acostumbrados, podíamos elegir entre otras distracciones. Lógicamente, dependiendo de las posibilidades de la economía de nuestras familias, de aquellos nuestros antepasados, que eran los que a pesar de las limitadas posibilidades de la época, aportaban unas monedas a nuestros bolsillos.

Andrés Rubido García 

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