Hablar
de mi pueblo, es hablar de mi niñez, de una época en la que a pesar de las
estrecheces, pude saborear el día a día con ilusión. Suelo decir, que nací, me
crié y eduqué en la filosofía de un pueblo, del que conservo todas sus
enseñanzas, costumbres, y sobre todo, el afecto de sus gentes, de mis paisanos,
siempre con la sonrisa en los labios.
Cuando
escribo sobre él, sobre sus gentes,
sobre mis vivencias; me duele pensar, en que siempre he de hacerlo en tiempo
pasado. Quizá, por la cruda realidad que en ese sentido me acompaña, quizá
porque todas mis vivencias, se quedaron ancladas en él, y en mi mente. Una mente
que me acompaña y gracias a la cual, puedo recordarlo. Es tan grande mi pasión
por él, que incluso de la anécdota más sencilla, me aborda la emoción.
Recuerdo
un día de principio de verano, en el que había acudido al muelle que estaban
haciendo, con la ilusión de pescar algo
que no fueran panchos. Por carnada, llevaba unos trozos de brazos de calamar y
las aletas, además de algunas lapas, que había cogido en la bajamar de la
mañana en la playa chica.
El
mar se introducía entre los bloques que comenzaban a dar forma al futuro
muelle, y que cerraban aquella especie de cala entre los dos espigones. Todos
mis pertrechos en aquella bolsa de red,
en la que había una navaja con mango de madera, un trapo -recomendación de mi
abuela, para limpiarme las manos- el aparejo liado en el corcho, y la carnada
anteriormente mencionada. En aquella especie de dársena que ya habían comenzado
a rellenar; la serenidad que mostraba el mar, solo se veía un tanto alterada,
por el contraste del oleaje que actuaba por entre las grietas de los bloques.
Después
de haber buscado un lugar, en el que comenzar a dar sentido a mi ambicionada
ilusión; saqué de la bolsa de red los enseres
que llevaba, y me dispuse a encarnar el anzuelo. Lo lance buscando la
zona más retirada del cantil. Tras aquel primer lance, me disponía a sentarme a
la espera de alguna picada, cuando sucedió. Nunca había notado en mi corta
experiencia de “pescador de panchos” y algún que otro patelo, semejante fuerza
con la que aquel pez tiraba del aparejo. Rezando para no perderlo, comencé a
tirar de él muy despacio, hasta que pude divisar entre aguas los colores que se
desplegaban de sus aletas. Era un rubio, bueno…mejor dicho, entre rubio y
escacho, pues si mal no recuerdo, a los rubios de menor tamaño se les daba ese
nombre, aunque para mí, aquella pieza, que apenas superaba el kilo, fue toda una hazaña en la que la falta de
experiencia, y aquella fina tanza, se encargaron de dejarme unas cuantas marcas
en los dedos; que en aquel momento no me importaron, y a pesar de ello, me
esforzaba en ponerlo encima del muelle. Me podía la ilusión de recoger,
guardarlo todo en la chona, e ir corriendo a enseñárselo a mis abuelos. Mi
pequeña ilusión, había sido recompensada, y me sentía feliz.
Andrés Rubido García

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