martes, 23 de junio de 2015

Recuerdos de una ilusión


Hablar de mi pueblo, es hablar de mi niñez, de una época en la que a pesar de las estrecheces, pude saborear el día a día con ilusión. Suelo decir, que nací, me crié y eduqué en la filosofía de un pueblo, del que conservo todas sus enseñanzas, costumbres, y sobre todo, el afecto de sus gentes, de mis paisanos, siempre con la sonrisa en los labios.

Cuando escribo  sobre él, sobre sus gentes, sobre mis vivencias; me duele pensar, en que siempre he de hacerlo en tiempo pasado. Quizá, por la cruda realidad que en ese sentido me acompaña, quizá porque todas mis vivencias, se quedaron ancladas en él, y en mi mente. Una mente que me acompaña y gracias a la cual, puedo recordarlo. Es tan grande mi pasión por él, que incluso de la anécdota más sencilla, me aborda la emoción.

Recuerdo un día de principio de verano, en el que había acudido al muelle que estaban haciendo,  con la ilusión de pescar algo que no fueran panchos. Por carnada, llevaba unos trozos de brazos de calamar y las aletas, además de algunas lapas, que había cogido en la bajamar de la mañana en la playa chica. 

El mar se introducía entre los bloques que comenzaban a dar forma al futuro muelle, y que cerraban aquella especie de cala entre los dos espigones. Todos mis pertrechos  en aquella bolsa de red, en la que había una navaja con mango de madera, un trapo -recomendación de mi abuela, para limpiarme las manos- el aparejo liado en el corcho, y la carnada anteriormente mencionada. En aquella especie de dársena que ya habían comenzado a rellenar; la serenidad que mostraba el mar, solo se veía un tanto alterada, por el contraste del oleaje que actuaba por entre las grietas de los bloques. 

Después de haber buscado un lugar, en el que comenzar a dar sentido a mi ambicionada ilusión; saqué de la bolsa de red los enseres  que llevaba, y me dispuse a encarnar el anzuelo. Lo lance buscando la zona más retirada del cantil. Tras aquel primer lance, me disponía a sentarme a la espera de alguna picada, cuando sucedió. Nunca había notado en mi corta experiencia de “pescador de panchos” y algún que otro patelo­, semejante fuerza con la que aquel pez tiraba del aparejo. Rezando para no perderlo, comencé a tirar de él muy despacio, hasta que pude divisar entre aguas los colores que se desplegaban de sus aletas. Era un rubio, bueno…mejor dicho, entre rubio y escacho, pues si mal no recuerdo, a los rubios de menor tamaño se les daba ese nombre, aunque para mí, aquella pieza, que apenas superaba el kilo,  fue toda una hazaña en la que la falta de experiencia, y aquella fina tanza, se encargaron de dejarme unas cuantas marcas en los dedos; que en aquel momento no me importaron, y a pesar de ello, me esforzaba en ponerlo encima del muelle. Me podía la ilusión de recoger, guardarlo todo en la chona, e ir corriendo a enseñárselo a mis abuelos. Mi pequeña ilusión, había sido recompensada, y me sentía feliz.

Andrés Rubido García

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