A pesar de mis años, hoy he dado
rienda suelta al niño que vive en mí, y sin apenas darme cuenta…jugando y
correteando por aquellos estrechos caminos, de veredas recubiertas de verde
hierba, y por los que teníamos que circular en fila india, para no pisar los
terrenos plantados, hasta llegar a desembocar en otro camino más ancho, o como
vulgarmente llamábamos en el pueblo, “camino de carro”; he llegado como siempre
ocurre, a poder verlo, a divisar una vez más, la grandiosidad de mi pequeño
pueblo. Subir a Cariño de Arriba, a
Vilar, o cualquier otro lugar, desde donde pudiera contemplarlo en todo su
esplendor; era algo que me invitaba a recrearme
en aquella imagen, hoy solo visible en alguna foto en blanco y negro.
Era el Cariño de aquella época, recortándose entre caminos de tierra, fincas de
labranza sembradas, y a su vez, luciendo alguna que otra casa, que poco a poco,
y con la llegada de la emigración, nos recordaba la lenta expansión de nuestro
pequeño pueblo.
Hoy, utilizando mis recuerdos
como atalaya, vuelven a mi mente aquellas imágenes inolvidables, y que
permanecen ligadas y ancladas en mí, por voluntad propia. Toda una época, de la
que solo quiero rescatar de entre mis memorias, lo más sencillo y positivo de
los bellos momentos vividos, entre la sencillez y la alegría compartida de todo
un pueblo. No necesito rebuscar. A veces con imaginar, se enciende el proyector
de mis vivencias, y los más sencillos y añoradas momentos, comienzan a desfilar
ante mí. Ver a mi abuela fregoteando aquellas zuecas de madera con un trozo de
piel de melgacho; unas zuecas que por así decirlo, formaban parte
imprescindible de su atuendo de trabajo. Como aquel mandil que le cubría la
delantera de aquellos vestidos negros, que solía “Lucir” a juego con zapatillas
del mismo color…tiempos de nuestros antepasados, y de muchos de nosotros.
Es como retroceder en el tiempo a
partir de la contemplación de una antigua imagen; aquella que en su día, para
poder inmortalizarla, necesitábamos de llamar al retratista para hacernos una
foto…perdón, un retrato. Aquel que a pesar de ser en blanco y negro, nos hacia
disfrutar al contemplarlo.
Retratos que nos hacíamos: en la
gira, paseando, bailando, o trabajando; en pocas palabras, dejando inmortalizados
nuestros mejores momentos. Momentos que hoy nos sirven para despertar en
nuestra imaginación aquella época entrañable, y en muchos hogares, guardada en
álbumes, o simplemente en aquellas antiguas cajas de Cola Cao. Son recortes de
nuestras vivencias, o lo que es igual, parte de nuestras huellas dejadas en
nuestro caminar por aquella época, y en
cierta forma añorada. Me atrevería a decir, que hablo del nutriente con el que
se alimentan “Mis sueños”
Andrés Rubido García.

Maravillosos recuerdos, como siempre un placer leerte. Un abrazo Andrés.
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