domingo, 28 de diciembre de 2014

La Navidad



La Navidad, una celebración que encumbra multitud de sentimientos, desde los más entusiastas y alegres, a los más tristes y sosegados. En cada hogar, en el seno de cada familia, surgen a menudo los sentimientos encontrados. Aquellos que nos hablan de seres que por estar lejos y por circunstancias de trabajo o de una débil economía, no pueden celebrar dichas fiestas con nosotros. O aquellos que por desgracia se han ido físicamente de nuestras vidas. Sentimientos al fin y al cabo, que sin poder evitarlo, nos entristecen y humedecen los ojos. 


Pero no todo es tristeza, congoja y zozobra. En las reuniones familiares, habitan personas capaces de despertar en nosotros, esa pizca escondida en nuestro inconsciente,  hasta el punto de transformar nuestro rostro sombrío y melancólico, en el que poco a poco terminará resplandeciendo, y dibujando en la comisura de nuestros labios, una mágica sonrisa.


La Navidad…ese paréntesis en el que cada año, gran parte de la humanidad se esfuerza hasta el punto de desgañitarse, por conseguir que el vecino se entere de que le brindamos nuestros mejores deseos de: salud, paz y felicidad. Un paréntesis, quizá demasiado efímero; tanto, que apenas dura unos días…una costumbre que trasciende año tras año, pero que sin embargo, en los días restantes, nos olvidamos de aquellos buenos deseos para con nuestros semejantes…de aquel brindis que hicimos la familia, nada más concluir las doce campanadas, con las que dimos la bienvenida al nuevo año. Un brindis en el que participamos desde el abuelo, hasta el pequeñín de la casa, con un poquito de zumo o cualquier otro refresco. Sin embargo, lo más triste de toda aquella alegría, fue la de un brindis más, en el que nos abrazamos y besamos deseándonos lo mejor…Un brindis en el que en un gran número de casos, no le damos más importancia que la del momento, permitiendo que ese chin-chin o tintineo que hemos hecho entre copas de champan y algún que otro zumo o refresco, se desvanezca en el tiempo, junto a un gran cúmulo de promesas. 

Andrés Rubido García

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