La
Navidad, una celebración que encumbra multitud de sentimientos, desde los más
entusiastas y alegres, a los más tristes y sosegados. En cada hogar, en el seno
de cada familia, surgen a menudo los sentimientos encontrados. Aquellos que nos
hablan de seres que por estar lejos y por circunstancias de trabajo o de una
débil economía, no pueden celebrar dichas fiestas con nosotros. O aquellos que
por desgracia se han ido físicamente de nuestras vidas. Sentimientos al fin y
al cabo, que sin poder evitarlo, nos entristecen y humedecen los ojos.
Pero
no todo es tristeza, congoja y zozobra. En las reuniones familiares, habitan
personas capaces de despertar en nosotros, esa pizca escondida en nuestro
inconsciente, hasta el punto de
transformar nuestro rostro sombrío y melancólico, en el que poco a poco
terminará resplandeciendo, y dibujando en la comisura de nuestros labios, una
mágica sonrisa.
La
Navidad…ese paréntesis en el que cada año, gran parte de la humanidad se
esfuerza hasta el punto de desgañitarse, por conseguir que el vecino se entere
de que le brindamos nuestros mejores deseos de: salud, paz y felicidad. Un
paréntesis, quizá demasiado efímero; tanto, que apenas dura unos días…una
costumbre que trasciende año tras año, pero que sin embargo, en los días
restantes, nos olvidamos de aquellos buenos deseos para con nuestros
semejantes…de aquel brindis que hicimos la familia, nada más concluir las doce campanadas,
con las que dimos la bienvenida al nuevo año. Un brindis en el que participamos
desde el abuelo, hasta el pequeñín de la casa, con un poquito de zumo o
cualquier otro refresco. Sin embargo, lo más triste de toda aquella alegría, fue
la de un brindis más, en el que nos abrazamos y besamos deseándonos lo mejor…Un
brindis en el que en un gran número de casos, no le damos más importancia que
la del momento, permitiendo que ese chin-chin o tintineo que hemos hecho entre
copas de champan y algún que otro zumo o refresco, se desvanezca en el tiempo,
junto a un gran cúmulo de promesas.
Andrés Rubido García

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