Acumulada entre surcos de tierra, de cuyos senos brotarían los tallos con las primeras hojas de las patatas nuevas. Deslizándose
entre las roderas marcadas por las ruedas de los carros, a lo largo de los
caminos; al igual que por las canaletas…se sentía el
paso del agua, fruto de la preñez de nuestro clima,
que a lo largo de aquellos crudos y duraderos inviernos, llenaba las cunetas
formando los charcos, en los que jugueteábamos con nuestras botas, camino de la
escuela. Era el agua de la lluvia, propia
de la tierra que me vio nacer.
Hoy, con el acontecer de los años, trato de imaginar cómo sería aquel
pueblo, en el que en la madrugada de aquel día de difuntos; en aquella calle
del Castro de abajo, mi madre, presa de los dolores de parto era atendida por
una matrona, que viendo como se le complicaba aquel parto, necesitó de las
manos y de la experiencia del médico Don Alejandro, para que yo pudiese,
después de unos primeros azotes, hacer asomar unas lagrimas acompañadas de mis
primeros gritos de dolor. Había nacido a la vida en esa tierra nuestra, que
comenzaba a compartir. Una tierra, en la que los recuerdos de mi primera
infancia, continúan perdidos y confundidos…quizá, porque tras la muerte de mi
madre, a la que tampoco recuerdo; me trajeron para la ciudad de Cádiz, cuando
apenas contaba tres años.
Fue después de haber hecho mi primera comunión, cuando volví con mis
abuelos al pueblo. Una experiencia que me llena de gozo cada vez que la
recuerdo y que contrasta amargamente, con aquella otra en la que tuve que
abandonarlo por segunda vez, por circunstancias ajenas a mi voluntad; algo que
mis mayores no tuvieron muy en cuenta, dada mi corta edad.
Sin embargo, mientras viví allí, tuve la ocasión y la libertad de
aprender a hablar el gallego, la lengua de mi tierra; que si bien mis mayores
me lo reprochaban, y a decir verdad, no se parece en nada al que se habla hoy;
a mí me hacía sentir más hijo de mi pueblo, más gallego. Aquellos son tiempos
inolvidables para mí; tiempos de muchas y alegres experiencias. Las
tristes…mejor dejarlas reposar en los brazos del letargo.
A pesar de las circunstancias y del sistema de vida, añoro aquellos días
de orvallo, aquellos berberechos fritos con patatas, las veces que mi abuela me
decía sacabeira, aquella inocente picaresca, aquellos discos de La Solana,
aquellos tan grandes e inolvidables momentos, que hacían presa en aquel
acontecer de sonrisas y encanto entre una gente, que posiblemente no pudiésemos
presumir de dinero, pero rebozábamos alegría a barrer.
Esta pequeña reflexión, la dedico a todas aquellas personas que al igual
que yo, han envejecido con el transcurrir de los años en una tierra ajena a la
de sus orígenes. Si bien es verdad, que siempre al recordarlo y como si de un
tic se tratase, les ha brotado el ¡Ay…! Propio de esa morriña que como gallego y
pixin nos acompañara siempre.
Andrés Rubido García

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