Un año más, el invierno
estaba dejando su huella entre las familias de los hombres del mar, y la fuerza
de su bravura en el fuerte del espigón. Un duro invierno, del que recuerdo la
arribada de dos barcos, que terminaron atracando al muelle.
Aquel día había acudido con
mi abuelo a la lonja, a pesar de que ya llevábamos varios días, sin que los
barcos pudiesen salir a faenar. El rumor de que uno de los dos barcos recién
atracados, había perdido algún hombre, y de que el otro había rescatado un
cuerpo sin vida; era más que un motivo de preocupación entre nosotros, y sobre
todo, entre aquellas personas del pueblo, que tenían familiares trabajando en
barcos con base en otros puertos. El recelo despertaba los sentimientos, hasta
convertirlos en aquella preocupación que se extendía entre los
habitantes, como si de una peste negra se tratase. Habitantes de un pueblo
marinero, abocado a tener que pasar por aquellos malos momentos, inverno tras
invierno.
Como niño que era, y picado
por una curiosidad impregnada de cierto temor, acudí al muelle acompañado por
otros compañeros de mi edad. Por aquel entonces, el muelle de atraque sobre el
que hoy se asienta la lonja, se hallaba en construcción y próximo a su
terminación. A penas habíamos llegado, cuando divisamos una monumental piedra,
que supuestamente algún golpe de mar había empujado hacia dentro del espigón,
el cual había quedado dañado en esa zona.
Aquella imagen, me hizo
sopesar la monstruosa fuerza del mar, frente a la fragilidad de los barcos, y
el riesgo al que se encontraban sometidos sus tripulantes. Un razonamiento, en
el que a pesar de ser un niño, me llevó a comprender la dureza de los
temporales y el temor reinante entre las familias de los marineros. Familias,
que sufrían denodadamente ante aquel temor psicológico que les infundían los
temporales.
Marinero, según la RAE,
“persona que presta servicio en una embarcación”. Yo me atrevería a decir que
dicha definición, es demasiado lacónica y seca. El hombre de la mar, es algo
más que eso; y no lo digo por mí, que
soy el que suscribe. Lo digo por respeto a todas aquellas personas que
sucumbieron entre las embravecidas olas, y que hoy tristemente yacen en una
tumba, o en el peor de los casos, desaparecidas. Personas que en su día, se
comprometieron a aceptar las consecuencias de los temporales. Acostumbradas a
desenmarañar embarazosas situaciones, como si de un enredado aparejo se
tratase. Instruidos en hacer y deshacer nudos de toda índole, para trincar y
zafar los aparejos en cubierta y otros pertrechos, cuando el temporal se
avecina. Aunque hablando de nudos, quizá el que con tanta facilidad se nos
forma en la garganta, sea el más difícil de desenmarañar.
Ante acontecimientos tan
duros, nos “acostumbramos” a hacernos fuertes, ante las adversidades de los temporales;
estando siempre dispuestos para capear y salir de en medio de ese amenazador y
montañoso mar. Me atrevería a decir: “hemos sido modelados entre golpes de mar,
con piel curtida por su salitre y los rayos del sol”. Sin embargo, nuestro
mayor desvelo como marineros, no estriba solo en los temporales que nos han
hecho danzar al son de la intranquilidad y la inseguridad. Es nuestra mente la
que manda ante la preocupación y el temor. La única que en una fracción de
segundo, se evade de entre las inclemencias del tiempo, con el único fin de
verse con los suyos, aunque imaginariamente sea. Quizá, porque somos sabedores
de aquella madre, de aquella esposa e hijos, de aquellos que en tierra, sufren
y lloran en el silencio del hogar ante las adversidades, aferrados a una pizca
de esperanza.
Andrés Rubido García

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