domingo, 15 de junio de 2014

De otra pasta...


Posiblemente el hecho de ser un niño, fuese razón más que suficiente, para alimentar aquella fuerte pasión, por la que inconscientemente me sentía atraído por el mar y sus misterios. Por  todas y cada una de las vivas razones que de él se desprendían, hasta llegar a embriagarme de su inmensidad, de su fuerza. Todo ello, a pesar del respeto…a veces temor, que su sorprendente violencia me infundía.

El día 5 de septiembre de 1965, embarcado en el pesquero Pondal, salía para la mar. Aquel primer embarque fue también el comienzo de todo un aprendizaje. Convivir día tras día con los mismos compañeros, en medio de otra forma de vida totalmente desconocida para mi, en la que además,  tuve que ejercitar forzosamente el quedarme dormido con el acompasado ruido de los motores; dado que el camarote en el que se ubicaba mi catre, y el de los otros tres compañeros, coincidía prácticamente encima de la sala de máquinas. Un ruidoso compás, que terminó por convertirse, además de somnífero; en el inseparable compañero a lo largo de mi vida profesional. 

Aquella nueva vida a bordo, me reportó en sus comienzos, días, en los que en cada uno de ellos, se registraba una nueva anécdota. Tener que comer sentado sobre el aparejo, o sobre el banco de trabajo de la sala de máquinas, con el plato apoyado sobre mi regazo y cuidando que con el balanceo no terminase derramando el almuerzo o la cena de aquel día. Aprender a mantenerme de pie, a caminar; a una serie de cosas que para mí, resultaban totalmente desconocidas, entre ellas, el aceptar que esa forma de vida, dejaba de lado los fines de semana, los días festivos, la familia, los amigos… 

El hecho de ir enrolado de engrasador, no me eximía de tener que ayudar en cubierta, donde pude comprobar, de qué manera aquellos hombres, de cuyo gremio comenzaba a formar parte, terminaban con las manos encallecidas, curtidas. En mi caso, había comenzado el  “tratamiento” para conseguir unas manos parecidas. En cada despertar, el sufrimiento de tener que soportar el dolor de aquella piel reseca y el escozor de las heridas, me lleva hoy a recordar, a dos de los marineros, que a pesar de tener una edad sexagenaria, trabajaban y se defendían como pez en el agua. De ellos recuerdo que me decían: Neno, cando te ergas para traballar, e vaias  mexar, mexa nas mans, xa verás cómo se che pasa. Los días transcurrían y con ese transcurrir, también llegaron los primeros temporales. Esa fue otra experiencia, que los compañeros me transmitieron solo con la mirada. No era fácil buscar las palabras positivas, que ayudasen a ensalzar el ánimo entre los compañeros, cuando interiormente, más atemorizado me sentía. 

Este mí primer embarque, me tenía guardado para un próximo futuro, mi primer naufragio. Ocurriría el 18 de junio de 1968. Una experiencia más para ese cuaderno de navegación, que todo marino guarda en su recuerdo, entre otras razones, porque aquel naufragio no daba por finalizada mi relación con el mar; todo lo contrario, esa era una vida que acababa de comenzar. Un diario por así decirlo, que yo comenzaba a escribir. Un cúmulo de páginas en blanco, dispuestas para ser escritas entre el cielo y el mar, y con el pensamiento puesto en los seres queridos, y un montón de anécdotas, como las vividas por cualquier marino, y que en mi caso, se alargarían en el tiempo 37 años más, con tres fechas muy señaladas y que me hablan de miedos, de tristeza y porque no, de felicidad; de la felicidad de poder contarlo… de otra pastano lo sé.

Andrés Rubido García 

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