lunes, 22 de abril de 2013

Con la venia



A pesar de considerarme, un neófito en temas judiciales, me consta que la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 19°, así como nuestra Constitución Democrática en su artículo 20°, ambos referidos al derecho a expresar y difundir libremente nuestros pensamientos, ideas y opiniones; me avalan para al menos dejar constancia de ciertos puntos en los que discrepo, tanto en el contenido como en la forma y aplicación de los mismos.

Como quiera que sea, no está en mi ánimo ahondar en dicha materia, pues tal como apuntaba anteriormente, soy un gran inexperto en medio de tan complicado y espinoso mundo. Sin embargo, creo que mi condición de persona con cierto toque de sentimiento humano, me empuja a dejar constancia de lo que para mi forma de ver, necesita de la revisión responsable de estudiados y rodados Doctores  en  este espinoso mundo jurídico. 

Apuntaré como primera discordancia, lo que a primera vista debería de tener el máximo requisito y responsabilidad, en la función del delito que se juzga, llegado el momento de otorgar la gracia de inocencia o pena de culpabilidad; y que como ha ocurrido en más de una ocasión, deja entrever la posibilidad de las diferentes varas de medir utilizadas por aquel juez o jueza, sobre cuya responsabilidad haya caído, la del deber de otorgar dicho fallo. Puede parecer un tanto agresivo o indecoroso lo  dicho. Sin embargo, solo tenemos que comenzar a tirar de las hemerotecas de los distintos medios de comunicación, para darnos cuenta de que son muchas y variadas las ocasiones en las que ciertas sentencias, han sido y nunca mejor dicho, el móvil de ciertas discrepancias.

Por otra parte no puedo dejar de lado, la lentitud de la que se ven aquejados todos y cada uno de los procesos administrativos en dicha materia. Ni que decir tiene la reincidencia a la hora de otorgar una pena carcelaria, a una persona acusada de un delito de atraco, tal es el ejemplo que expongo. Hasta aquí, todo es normal y legal si no fuese porque dicha sentencia condenatoria de dos años y un día, se le comunica y obliga a cumplir al presunto, diez años después de cometido el delito. En este caso hablo de una persona actualmente rehabilitada o lo que es igual, reinsertada. 

Hasta donde yo sé, una de las principales razones en las que se fundamenta  la ley Orgánica y General de las Instituciones penitenciarias, contempla en su artículo 1, como fin primordial, la reeducación y reinserción social de los sentenciados. 

Me pregunto, ¿No sería conveniente y necesario, revisar ese “manual” bajo la dirección del cual se amparan nuestros letrados a la hora de administrar y ejecutar los fallos judiciales? ¿Por cuánto tiempo más se puede arrinconar la necesidad de encontrar la solución a las administraciones de justicia, en ese continúo crecimiento de papel ahogando los despachos? Hablo de verdaderas montañas de expedientes que a veces por falta de espacio, y no menos por la falta de agilidad en el curso de cada uno de los sumarios, ya sea por desidia, o por el exceso de reducción en  su plantilla, hacen peligrar el orden y la buena administración de los mismos. 

Andrés Rubido García


lunes, 15 de abril de 2013

Un lacazán de onte



Un día gris como tantos otros, en aquellos largos inviernos de mí Galicia natal, de aquel  mí pueblo en el que el orvallo engañoso y sereno, no impedía que los niños correteásemos y jugásemos; desafiando aquella fina y pertinaz lluvia, que no lograba persuadirnos de  nuestros desaforados deseos de jugar.


Ataviados con prendas y calzado de invierno; unos, con zapatos de marca gorila, como aquellos que en cierta ocasión, recibimos todos los alumnos como regalo del centro, y que recuerdo fuimos a la zapatería de piñón a probarnos y recoger dichos zapatos, junto a los cuales, completaba la equipación,  un pantalón gris y un jersey, que si mal no recuerdo, era de color azul marino. Otros, calzados con aquellas botas de agua, que en más de una ocasión, tan solo nos servían para terminar encharcando botas y pies, al intentar descubrir la profundidad de algún que otro charco. Al final, aquellas botas de agua de color negro, terminaban colgadas cerca de la chimenea de la cocina de leña, buscando el calor que ayudase a secar el húmedo resultado de nuestra ignorante osadía. Todo ello, después de soportar como un sacabeira,  unha xota con el palo de la escoba, o con una de las zapatillas  que en ese momento calzase; eso sí, nunca me tiro unha zoca. Alguna que otra vez, me escapaba corriendo mientras escuchaba tras de mí, aquella frase con la que pretendía asustarme y asegurarme la paliza, y que dependiendo de su momento, podía sustituir o simplemente conjugar las palabras: “Co mar me coma sin elas te vas”, o “la mar me nunca coma sin elas te vas”.


Desde temprana edad, se nos educaba siguiendo unas reglas basadas en los principios del régimen. La puntualidad procurábamos cumplirla ante el temor a ser castigados; educados para saber esperar, es por ello, que en aquellos días de lluvia, esperábamos la llegada del profesor subidos y repartidos por los alfeizares de las ventanas. Principalmente, aquellas dos que siempre estaban más solicitadas, desde las cuales dada su orientación, divisábamos el camino por el que llegábamos al escolar, y por el que también solíamos ver la llegada de Don Filiberto.  Era en cada una de esas dos ventanas, donde mayormente nos arremolinábamos y apretujábamos, entre empellones que nos repartíamos mutuamente los compañeros allí subidos, a veces hasta cuatro en una sola ventana. 


Una conducta normal y hasta cierto punto lógica, fruto de esa inquietud desmedida de la que aquellos niños que hoy peinan canas, solíamos ser presa fácil, y que a esas cortas edades nos convertía en unos “lacazans”, una frase que aunque el significado de la misma nos habla de holgazan, la intención de nuestros mayores, era la de tacharnos de niños traviesos, o como dicen en mi pueblo, unhos sacabeiras. Precisamente, a aquellos cativos que pecábamos de sacabeiras, no nos gustaba se nos tachase de paparda, y mucho menos de dar la impresión de estar nas verzas. Siempre dispuestos a compartir los juegos de la época, sin limitaciones ni prejuicios; a veces compartiéndolos con el sexo opuesto, como podía ser el juego de la chapa o el escondite, y otras veces, ignorando los verdaderos riesgos a los que nos exponíamos, y que podía dar como resultado, regresar a casa escaramouchado  con alguna fendecha, firma inequívoca de algún seixo o croio salido de la mano o tirafondas de un sacabeira del bando contrario, nada que no pudiese solucionarse con unas gotas de “mercuro cromo”.


Andrés Rubido García

jueves, 4 de abril de 2013

Un joven pensionista



Después de un buen almuerzo y hallándome recostado en el sofá, con la mirada entorpecida por la pesadez de los parpados y la disconformidad mental y silenciosa, ante el programa que sirve a Lola de distracción; “Siento”  desde mi ya perdido control de los impulsos, la tendencia de dichos parpados a cerrarse ante el poderío de un apetecible sueño, que termina por empujarme hacia el abismo de una nada despreciable siesta. 
Tras una recortada hora en el limbo de los sueños, y de regreso al mundo real, vislumbro la tacita  del café  que ha dejado de humear. Me incorporo para alcanzarla, y después de paladear el pequeño sorbo; veo que a mi derecha, Lola también duerme plácidamente, cuando está a punto de comenzar el capitulo de “Amar es para siempre”   
─ Lola va a comenzar el capítulo. 
─ Ya lo se
─ ¿Cómo? Pero si estabas durmiendo.
─ Tú sí que estabas durmiendo, que tienes el café congelado.
Abandono el principio de una adormilada  e incongruente discusión, y me decido a dar otro sorbito a la taza del fresco café. Mientras, pienso que tanto ella como yo teníamos nuestro puntito de razón, aunque a decir verdad, lo que más abstraído me tiene, es el reconocer que con la edad termino por compartir los gustos televisivos de Lola. Bueno…ya no sé si es con la edad, o simplemente que algunos de mis gustos televisivos han sucumbido ante los de ella. A pesar de estos insólitos cambios, continúo conservando mis primitivas aficiones por los partidos de futbol, la lectura, escribir, así como una gran tendencia al modelismo naval y otros trabajos manuales. Toda una gran variedad de pasatiempos, y que como decía antes, ha día de hoy, alterno con el Sálvame diario, Sálvame de Lux y otros no menos atractivos programas, bajo la batuta de Lola.
Es esta la vida de un pensionista, que tras haberme llevado en el charco unos cuantos años; ahora me paso el día entre mis obligaciones con el “VM”, las visitas al médico de familia, ─el cual se ha empeñado en curarme y nunca mejor dicho, como si de un bacalao se tratase─ y los momentos de ocio que anteriormente mencionaba. Aunque también es cierto, y no es vanidad ni pedantería, ni tampoco existe alguna razón tosca o poderosa que me empuje a confesar, lo joven que me siento a pesar de la edad, de las arrugas y de las canas. Por lo demás, mejor pasar por alto ciertas inclemencias, que en alguna que otra circunstancia, irritan el mar de la salud. Más quien no se ha sentido en algún que otro momento, tocado por algún dolorcillo, catarro, u otro malestar, producto de los años, que según dicen los más mayores, y creo no se equivocan, “No perdonan”. Pero volviendo al tema de antes, y obedeciendo al niño que llevo dentro, al que me ayuda a sonreír,  al que me anima a compartir reuniones, juegos, y un sinfín de motivaciones, que son en definitiva la receta, con la que me puedo permitir el lujo de reírme de mi sombra en más de una ocasión…¡estoy hecho un chaval!

Andrés Rubido García