No me
resulta nada fácil, admitir haber llegado al límite de mis cosechados
recuerdos, después de un corto, pero alegre viaje por la senda de los sentidos. A decir verdad,
me produce cierta consternación, descubrir que por más que lo deseo, no
encuentro el más mínimo resquicio, por el que poder vislumbrar alguna que otra
vivencia con el sello de mi pueblo y de sus gentes; que también fueron y son parte
importante de mis relatos. Recuerdos que de existir, me resultan imposibles de
rescatar. Recuerdos que quizá hayan sucumbido irremediablemente en el
letargo del olvido.
A veces
pienso, que quizá la intimidad de los mismos, sea la llave que impide a mi
consciente traerlos a mi mente. La realidad es que de mis vivencias impregnadas
de fina lluvia, del silbido del viento, del
olor a hierba, a leña quemada, a la voz recta y a su vez cariñosa de mi
abuelo, a las caricias de las manos de mi abuela, a esas correrías con los
amigos de mi infancia y comienzos de mi adolescencia; nada me queda por
contaros…que merezca la pena. Tan solo, puedo daros fe del entusiasmo con el
que he compartido con vosotros, cada una de esas vivencias o relatos, que son,
han sido y serán, la fuente de mi regocijo. Una satisfacción que me impulsaba a
seguir escribiendo y recordando aquellos cortos, pero inolvidables años,
convirtiendo en puro deleite, cada una de las palabras o referencias
utilizadas, para mencionar aquello que con tanto cariño y celo guardo en mi
corazón. No creáis que me estoy despidiendo, es algo que no contempla mi forma
de ser; tan solo pretendo deciros, que quizá exista un mañana, en el que acuda
a refrescar mi mente como si de una brisa norteña se tratase, un pequeño soplo
de esos recuerdos, con los que tanto he disfrutado, hasta el punto de hacerme
sentir más cerca de mi pueblo y de vosotros.

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