Haciendo balance de los años vividos, de aquellos días, en los que mi estancia en casa parecía volatizarse, como empujada por las manecillas del reloj. Aquellos en los que la despedida se fue convirtiendo con el paso del tiempo, en una prueba cada vez más difícil de superar. Recuerdo, que a medida que ese día se acercaba, comenzaban a reinar en mi interior los síntomas inequívocos de la morriña. Siempre procuré evitar transmitirles a mi esposa e hijos, esta congoja que se apoderaba de mi estado de ánimo, impidiéndome ser yo mismo.
- Papá ¿Ya te vas?
- No hijo, aún no.
- Pues…para que es ese bolso.
- Para ir guardando lo que voy a necesitar durante mi estancia en el barco.
- Papá, yo no quiero que te vayas.
- Hijo, tengo que ir a trabajar para ganar dinero.
- Y… ¿por qué los papás de mis amigos, no se tienen que ir?
Era esta una conversación, nacida de unas mentes infantiles y como no, de hijos de un marino. Eran preguntas, fomentadas por mis cortos periodos de tiempo en el hogar. Apenas comenzábamos a disfrutar mutuamente de los abrazos, de los besos, de los juegos; cuando recibía el telegrama en el que se me indicaba el puerto, día y buque en el que tenía que integrarme a mi puesto de trabajo. Tanto mi familia como yo, sabíamos de las notorias y marcadas diferencias entre las relaciones familiares en la casa de un marino, y las de cualquier otra, en la que se desconociese ese mundo. Sabíamos de un largo etc. de razones más que suficientes, como para despertar en ellos y en mí, una nostalgia que por cada día que pasaba, se hacía más insoportable.
Recuerdo que hubo un tiempo, en el que pasé de tachar uno a uno los días en el almanaque; a tacharlos por semana transcurrida. Todo se traducía en no querer entender, que los periodos de embarque, superaban con creces al de vacaciones. Es por ello, por lo que las mismas 24 horas de un día navegado, se hacían interminables, comparadas con las que transcurrían en compañía de la familia. Sumar a estos largos periodos, las circunstancias climatológicas por las que atravesábamos, y el hecho de haber sido naufrago en tres ocasiones, hacia alimentar en mi la negatividad de supervivencia. Pensaba en que no siempre iba a disponer de esa suerte, que hoy me permite recordarlo.
Han sido muchas las horas, en las que apoyado sobre uno de los costados del barco, contemplaba el horizonte, mientras en mi mente hacía un recuento de las navidades, de los reyes, de los fines de semana, de los días festivos pasados y nunca mejor dicho “por agua”. De tantos y tantos días “vividos” entre mar y cielo, y entre los que lo único que se hacía patente, era la ausencia de ellos, de mi esposa, de mis hijos, de pisar tierra firme. Al final, terminaba haciendo un recuento del tiempo que tardaría en poder volver a estar con ellos…en poder volver a abrazarlos. Nada comparado, con las noticias de la proximidad de un ciclón o huracán en pleno océano, del que siempre se procuraba huir; y en otras ocasiones, sólo conseguíamos a duras penas. Siempre supe advertir entre mis compañeros, cuando la sonrisa era forzada y fingida, en un intento de querer transmitirnos el buen rollo y ausencia de cualquier tipo de preocupación. Era la religión o doctrina en la que el mar nos “sumergía”, entre sus grandes montañas de espuma obligadas a bailar bajo el son que les marcaba la furia del viento. Una doctrina con la que teníamos que aprender a esconder nuestros miedos, dando más sensación de lobos de mar; para mí, solo existentes en las historietas. Los verdaderos lobos de mar por mi conocidos y de cuyas manadas he formado parte a lo largo de más de 35 años, también tenían y tienen familia, esposas e hijos que los esperaban con los brazos abiertos. Muchos de esos familiares, preguntándose en que parte de esa gran masa de agua reposan sus restos. Esos lobos de mar, también han llorado y lloran por los suyos, de la misma forma que yo lo he hecho por los míos. La razón de todo ello, es la posible ruda y dura mentalidad del marino, pero en cuyo cuerpo habita un corazón inmenso.
Andrés Rubido García
