Llegada esta época, recuerdo las embarcaciones varadas en la playa que había entre el espigón y la rambla; el olor de la pintura fresca entremezclado con el de la pintura vieja del casco, la cual quemaban para su eliminación, ayudándose de la lámpara de gasolina. Aromas que al igual que el de las algas o el del pescado fresco, me transportan a mí niñez. Recuerdos que me hablan del ruido acompasado de algún que otro martilleo en la operación del calafateado, de los marineros que se encargaban de limpiar y sanear dichas embarcaciones y de la ilusión con la que llevaban a cabo aquellas labores de mantenimiento, en la que una ejemplar razón, les invitaba a esmerarse al máximo en unos trabajos que formaban parte de un ritual, cuya finalidad ya navegaba en sus mentes.
Aunque parezca increíble, el fervor de aquellos curtidos marineros, se despertaba con aquellos trabajos previos a la ornamentación de sus embarcaciones, al gran día. El afán de todos y cada uno de ellos, era estar a la altura de la grandiosidad del momento; de poder mostrarse con sus mejores galas, sonrientes y expectantes de poder un año más, culminar el festivo sueño de todo marinero.
Así, con una ilusión que crece por momentos ligada al más puro fervor; aquellos rudos pero sencillos y nobles hombres, se esforzaban en que llegada la mañana del tan deseado 16 de julio, sus embarcaciones se encontrasen dispuestas para lucir sus mejores galas, sobre las olas de aquel mar que a lo largo de todo el año, había sido la doctrina de sus labores. Un mar sobre el que orgullosamente y como cada año, acompañaran a su Patrona, y en la que las bocinas y sirenas de dichas embarcaciones, nos recordaran la presencia de nuestra Señora, de nuestra Patrona, de esa Bendita e Inmaculada madre, siempre acompañada de su Hijo, que de forma incansable y celestial, vela por todos y cada uno de sus hijos marineros, ayudándoles entre las inclemencias del tiempo, a superar sus temores, a tener la fe necesaria para con ello, poder encontrar el regreso a ese puerto del que un día salieron, y en el que esperan angustiadas sus madres, esposas e hijos. Es por todo ello, por lo que ese día 16, no son solo los marineros los que sienten la necesidad de acompañar a La Patrona, sino también sus familiares, que de igual forma sienten el fervor y la necesidad de agradecerle el haberlos traído sanos y salvo un año más.
¡¡¡Salve!!!, Estrella de los mares.
Andrés Rubido García

No hay comentarios:
Publicar un comentario