Que importan los años cumplidos, cuando la felicidad ha sido y continua siendo el aroma que estos dejan al pasar. Que importan las arrugas, cuando estas son fiel testigo de nuestro infinito amor. Un amor, que a pesar de esas marcadas huellas que delatan el transcurrir del tiempo en nuestro rostro, se resiste a envejecer.
Recuerdo nuestro primer encuentro, nuestro primer cruce de miradas. Estoy tecleando y mis dedos saltan de felicidad sobre las teclas, ante la suerte de poder continuar acariciando tu piel. Es todo mí ser el que cobra fuerza y se estremece con cada uno de los recuerdos. Recuerdos más o menos recientes, pero que son el estimulo y el deseo de poder decirte tantas y tantas cosas...
Decirte, que no es tan solo el recuerdo, del fulgurante brillo de tus tímidos, jóvenes y bellos ojos, los que acuden a mí mente. Apenas hace un momento que nos miramos y besamos, y sentí la necesidad de plasmarlo en este mi blog, para virtualmente gritar a los cuatro vientos nuestra felicidad.
Siento miedo, miedo de esta felicidad que nos rodea, y que al mismo tiempo me embriaga de amor. Siento miedo del tiempo que corre implacable, como queriendo romper este infinito amor que calma mi sed.
Siento miedo y celos de la almohada en la que apoyas tu rostro. Ese rostro que encuentro cada mañana al despertarme y que me invita a besar tus labios con la misma pasión de nuestro primer beso.
En verdad, nada me importa si te tengo a mi lado, si con la mirada permitimos que sean nuestros ojos, los que en silencio nos recuerden que nuestro amor perdura a pesar de las marcadas huellas de nuestro rostro, a pesar del paso de los años. Entre otras cosas, porque el bello ejercicio de besarte a cada momento, en cada noche y antes de dormirme, me permite soñar contigo hasta llegado ese bello instante, en el que mi felicidad se multiplica, con un nuevo beso al amanecer.
Andrés Rubido García
