Cada día estoy más convencido, que vivimos rodeados de una excelente juventud. De una juventud culta y preparada, que al igual que otras jóvenes generaciones, sufre las consecuencias de la época que les ha tocado vivir. En este caso, los daños colaterales de una crisis, a la que se afanan en combatir, buscando la mejor manera de subsistir, y con la esperanza puesta en una pronta recuperación.
No podemos hablar, a pesar de los actuales y difíciles tiempos que corren; de una juventud derrotada. Yo me atrevería a decir, que nunca en esta España torera, hemos tenido una juventud tan emprendedora y luchadora por su futuro.
Créanme si les digo, que me consta que muchos de ustedes, estarán pensando en ese puñado de jóvenes incontrolados. Siempre entre las manzanas del cesto, hallaremos alguna podrida. Quizá por eso, y partiendo de nuestra obligación y responsabilidad de padres, está en nuestro deber, impedir que dicho mal continúe proliferando.
Hora es ya, de que aquellos que siendo y sintiéndose padres, dejen de mirarse el ombligo y echen mano de las riendas de la responsabilidad, que como padres les pertenece desempeñar. Es muy fácil acusar a educadores académicos, de nuestras incompetencias y fallos, que como padres cometemos a diario con nuestros hijos. De la permisividad y falta de dedicación y preocupación, en cuanto a la educación y elección de valores a inculcar.
A veces pienso en la cantidad de padres, que dedican más tiempo a sus menesteres, que al dialogo que día a día, debemos mantener vivo con nuestros hijos. De ahí, de esa falta de comunicación, de dialogo, de interés y preocupación por sus pequeños o grandes problemas, de la desbordada permisividad, etc., nacen, los que vulgarmente conocemos, por los garbanzos negros de la familia.
Nos molestan sus tendencias, sus juegos, sus hábitos o costumbres. Pero desconocemos el ¿por qué?, como si fuese algo que no tuviese que ver con nuestras obligaciones de padres. Nos limitamos a exigir como adultos, nuestros jodidos derechos, sin importarnos, lo que las administraciones puedan hacer con los suyos. Hasta el punto de acorralarlos en un puto gueto, dentro de cuyos límites, ya no nos importa lo que ocurra. Ahora sabemos que podemos dormir, que vamos a encontrarnos la plaza limpia por la mañana. Eso sí, con algún que otro vómito, fruto del malestar adquirido en el recinto destinado y autorizado, para que nuestros hijos puedan beber hasta la saciedad.
Pena me dan aquellos jóvenes, cuya única información sobre la buena educación y los buenos hábitos, les resulten extraños, y cuyos educados comportamientos, tachen de demasiado cursi o pijos. Pues a excepción de la educación de la calle, tan solo mantienen vivo, el aprendizaje vagamente aportado por unos padres despreocupados, y en algún que otro caso, la del padre maltratador, que también aprovecha el consumo abusivo del alcohol, para descargar su ira contra sus seres más queridos.
Resumiendo, tan solo pretendo de los adultos, y sobre todo de aquellos que siendo padres y sin vacilar, dirigimos nuestras críticas día tras día, sobre nuestros jóvenes; tengamos a bien analizar nuestra, a veces deliberada conducta, a la hora de enjuiciarlos.
Andrés Rubido García
No podemos hablar, a pesar de los actuales y difíciles tiempos que corren; de una juventud derrotada. Yo me atrevería a decir, que nunca en esta España torera, hemos tenido una juventud tan emprendedora y luchadora por su futuro.
Créanme si les digo, que me consta que muchos de ustedes, estarán pensando en ese puñado de jóvenes incontrolados. Siempre entre las manzanas del cesto, hallaremos alguna podrida. Quizá por eso, y partiendo de nuestra obligación y responsabilidad de padres, está en nuestro deber, impedir que dicho mal continúe proliferando.
Hora es ya, de que aquellos que siendo y sintiéndose padres, dejen de mirarse el ombligo y echen mano de las riendas de la responsabilidad, que como padres les pertenece desempeñar. Es muy fácil acusar a educadores académicos, de nuestras incompetencias y fallos, que como padres cometemos a diario con nuestros hijos. De la permisividad y falta de dedicación y preocupación, en cuanto a la educación y elección de valores a inculcar.
A veces pienso en la cantidad de padres, que dedican más tiempo a sus menesteres, que al dialogo que día a día, debemos mantener vivo con nuestros hijos. De ahí, de esa falta de comunicación, de dialogo, de interés y preocupación por sus pequeños o grandes problemas, de la desbordada permisividad, etc., nacen, los que vulgarmente conocemos, por los garbanzos negros de la familia.
Nos molestan sus tendencias, sus juegos, sus hábitos o costumbres. Pero desconocemos el ¿por qué?, como si fuese algo que no tuviese que ver con nuestras obligaciones de padres. Nos limitamos a exigir como adultos, nuestros jodidos derechos, sin importarnos, lo que las administraciones puedan hacer con los suyos. Hasta el punto de acorralarlos en un puto gueto, dentro de cuyos límites, ya no nos importa lo que ocurra. Ahora sabemos que podemos dormir, que vamos a encontrarnos la plaza limpia por la mañana. Eso sí, con algún que otro vómito, fruto del malestar adquirido en el recinto destinado y autorizado, para que nuestros hijos puedan beber hasta la saciedad.
Pena me dan aquellos jóvenes, cuya única información sobre la buena educación y los buenos hábitos, les resulten extraños, y cuyos educados comportamientos, tachen de demasiado cursi o pijos. Pues a excepción de la educación de la calle, tan solo mantienen vivo, el aprendizaje vagamente aportado por unos padres despreocupados, y en algún que otro caso, la del padre maltratador, que también aprovecha el consumo abusivo del alcohol, para descargar su ira contra sus seres más queridos.
Resumiendo, tan solo pretendo de los adultos, y sobre todo de aquellos que siendo padres y sin vacilar, dirigimos nuestras críticas día tras día, sobre nuestros jóvenes; tengamos a bien analizar nuestra, a veces deliberada conducta, a la hora de enjuiciarlos.
Andrés Rubido García

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