miércoles, 3 de febrero de 2010

Mi nieto Pablo

Cada mañana y de forma obligada, necesito contemplarme en el espejo. Ese artilugio tan visitado por la mujer y que de manera distinta pero necesaria, el hombre también utiliza. Quizá con menor frecuencia, pero como único recurso para poder ejecutar ciertas etapas de las que se compone nuestro aseo cotidiano.

Hasta aquí todo perfecto, si no fuese porque de hace un tiempo a esta parte, ya no lo veo como un simple instrumento más, entre el mobiliario de cualquier cuarto de aseo. Ahora se ha convertido para mí, en un detestable invento, empeñado en mostrarme la imagen personificada de la vejez, que por cada día que pasa, me abraza con más fuerza.

Por si no bastase, mi mente se empeña en observarla de forma compulsiva e inevitable. Nada extraño a los ojos de un sexagenario, que de siempre he sabido, que cada nuevo noviembre que nos llega, es un año más sobre esta vapuleada espalda.

Cuando terminado mí aseo abandono dicho cuarto, acude a mi mente una de las motivaciones que más me ayuda a aceptar de buen grado, esta vejez en la que irremediablemente me sumerjo. Es por así decirlo, la única razón que le da sentido a todo lo que me está pasando.

Un inesperado y profundo respiro me invade y en ese mismo rostro viejo, termina por diluirse la tristeza, para dar paso a la más placida y deseada sonrisa, que un sesentón como yo pueda esbozar. Una sonrisa incitada con el maravilloso recuerdo de un chiquitín de dos años, que a veces me llama Andrés y en alguna que otra ocasión abuelo. Y es a partir de ese momento, en el que ya no me importa mi viejo rostro, ni siquiera mi blanco pelo. Me conformo con verle reír y escucharle cuando me dice abuelo.

Andrés Rubido García



No hay comentarios:

Publicar un comentario