Cada
mañana y de forma obligada, necesito contemplarme en el espejo. Ese artilugio
tan visitado por la mujer y que de manera distinta pero necesaria, el hombre
también utiliza. Quizá con menor frecuencia, pero como único recurso para poder
ejecutar ciertas etapas de las que se compone nuestro aseo cotidiano.
Hasta
aquí todo perfecto, si no fuese porque de hace un tiempo a esta parte, ya no lo
veo como un simple instrumento más, entre el mobiliario de cualquier cuarto de
aseo. Ahora se ha convertido para mí, en un detestable invento, empeñado en
mostrarme la imagen personificada de la vejez, que por cada día que pasa, me
abraza con más fuerza.
Por
si no bastase, mi mente se empeña en observarla de forma compulsiva e
inevitable. Nada extraño a los ojos de un sexagenario, que de siempre he
sabido, que cada nuevo noviembre que nos llega, es un año más sobre esta
vapuleada espalda.
Cuando
terminado mí aseo abandono dicho cuarto, acude a mi mente una de las
motivaciones que más me ayuda a aceptar de buen grado, esta vejez en la que
irremediablemente me sumerjo. Es por así decirlo, la única razón que le da
sentido a todo lo que me está pasando.
Un
inesperado y profundo respiro me invade y en ese mismo rostro viejo, termina
por diluirse la tristeza, para dar paso a la más placida y deseada sonrisa, que
un sesentón como yo pueda esbozar. Una sonrisa incitada con el maravilloso
recuerdo de un chiquitín de dos años, que a veces me llama Andrés y en alguna
que otra ocasión abuelo. Y es a partir de ese momento, en el que ya no me
importa mi viejo rostro, ni siquiera mi blanco pelo. Me conformo con verle reír
y escucharle cuando me dice abuelo.
Andrés
Rubido García

No hay comentarios:
Publicar un comentario