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Después de
tan dramática y al parecer interminable escalada de sucesos, y la consabida
respuesta por parte de algunos sectores sociales; grupos de personas en
definitiva, que mostrándose tremendamente doloridas por tan horrendos crímenes;
llegan a sentir de manera compulsiva, el deseo de querer restablecer la pena de
muerte. Ante estos aislados acontecimientos, y sintiéndome también afectado por
los recientes hechos, he sentido la necesidad como persona que también me
considero, de pronunciarme, sobre tan grave proliferación; y sobre todo, en
estos tiempos que corren, de inseguridad ciudadana, de intolerancia, de
desamor, etc.
Les
hablo de ingredientes que combinados, dan como resultado un fatídico caldo de
cultivo, y del cual a su vez, pueden surgir derivados nada prometedores, como
el deseo de tomarnos la venganza por nuestra propia mano, hasta llegar al
peligroso y alentado deseo de linchamiento. Todo ello, sin detenernos a
pensar en la equivocación cometida, a la hora de prejuzgar a la ligera, sin más
base ni fundamento que un pequeño rumor escuchado de boca de no sé quién. Es
como si estuviésemos esperando que saltase la chispa, para ayudar a avivar el
fuego.
Llenos están
últimamente nuestros oídos, de frases, que solo el hecho de pronunciarlas, hace
sentirse culpable a cualquier ser humano que se digne de considerarse persona.
Por otra
parte ¿Quien es, aquel bien o mal nacido, con autoridad o sin ella, para segar
la vida de un semejante, culpable o no de delito? Hora es ya de hacer
desaparecer de nuestro vocabulario, frases tan arcaicas como aterradoras,
resultantes de acalorados momentos y únicamente contempladas por las no menos
arcaicas leyes, como recoge la denominada Ley del Talión “ojo por ojo”. Leyes
incompatibles con cualquier tipo de democracia.
¿Tan ciegos
estamos? ¿Tan grande es la intolerancia y el odio que nos corroe, que no nos
permite ver nuestra equivocada actitud, cuando exigimos la restauración de
algo, que tanto nos ha costado abolir, como es el caso de la pena de muerte?
Creo
entender y de hecho así lo entiendo, que es prudentemente admisible, que de
forma aislada aparezcan en un momento de dolor, deseos que en nuestro sano
juicio y con la “mente fría”, nos resultaría difícil de contemplar. Sin
embargo, desde nuestra más juiciosa conciencia, debemos hacer prevalecer,
razonamientos que a pesar de nuestro dolor, nos permitan encontrar salidas, lo
más humanamente democráticas posibles y correctas. Salidas y razonamientos que
nos impidan llegar a adoptar soluciones tremendamente equivocadas y que solo
pueden ser propias de las mentes enfermas y retorcidas de los delincuentes.
Lo
humanamente valioso, sería que las voces de esta escarmentada sociedad, se
fundiesen en una sola, y a partir de ese instante, le exigiese a los
responsables y encargados de velar por el buen funcionamiento de nuestras
leyes. A los únicos que tienen el poder y privilegio de la importante misión de
modificarlas; una posible y necesaria reforma en aquellos artículos que a día
de hoy, tan solo sirven para favorecer y fomentar, la delincuencia, cuyo inicio
se prolonga en un gran número de casos con la consabida reincidencia.
Que
endurezcan si fuesen necesarias, sanciones, castigos o penas a cumplir, por
aquellos que hacen oídos sordos de dichas leyes, prefiriendo vivir al margen de
las mismas, y pasándose por el forro, los deberes y derechos que son en
definitiva las normas a cumplir por todo ciudadano.
Que dichos
doctores de leyes, se preocupen y estudien en colaboración con técnicos
profesionales en el campo de la psicología o de la psiquiatría, y compartan sus
estudios hasta conseguir unas nuevas normas o leyes, capaces de hacerles
entender a nuestros jóvenes menores, que les ha llegado la hora de tomarse un
poco más en serio, esa nueva ley. Una ley, que además de ampararles y
protegerles, les exija de forma clara y contundente sus obligaciones y deberes
para con sus semejantes, haciéndoles sentirse un tanto más responsables y
conscientes para con sus mayores. Pues de seguir así…solo Dios sabe el alcance
de tan tremendo problema.
En
definitiva, que le den un gran repaso a ese libro de petete, en el que se
recogen dichas leyes, hasta conseguir poner en orden, lo que ha día de hoy no
deja de ser más que la razón, de un gran cumulo de quejas, de contrariedades,
de desacuerdos, de falta de autoridad. Detalles que solo sirven para
desembocar, en un país en el que la falta de civismo y educación está
contagiando a los que ya hemos dejado de ser menores hace muchos años. Aún así,
y llegados a este extremo, nunca perdamos la entereza que como personas adultas
debemos mantener, incluso a pesar del dolor; ni tampoco los estribos
poniéndonos a la altura de dichos delincuentes. Algo, que tan solo nos serviría
en más de una ocasión, para mancharnos, aunque solo sea desde nuestros
ofuscados y erróneos deseos, las manos de sangre. Y quien sabe, si al final nos
desvelan que aquel, para el que tanto exigimos se cumpliese la pena, resultase
ser inocente. Un inocente hallado culpable, por el mero hecho de encontrarse en
el sitio equivocado, a la hora equivocada y en el justo y trágico momento de
ese fatídico día.
Andrés
Rubido García

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