domingo, 7 de febrero de 2010

Apología del sentimiento humano


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Después de tan dramática y al parecer interminable escalada de sucesos, y la consabida respuesta por parte de algunos sectores sociales; grupos de personas en definitiva, que mostrándose tremendamente doloridas por tan horrendos crímenes; llegan a sentir de manera compulsiva, el deseo de querer restablecer la pena de muerte. Ante estos aislados acontecimientos, y sintiéndome también afectado por los recientes hechos, he sentido la necesidad como persona que también me considero, de pronunciarme, sobre tan grave proliferación; y sobre todo, en estos tiempos que corren, de inseguridad ciudadana, de intolerancia, de desamor, etc.

 Les hablo de ingredientes que combinados, dan como resultado un fatídico caldo de cultivo, y del cual a su vez, pueden surgir derivados nada prometedores, como el deseo de tomarnos la venganza por nuestra propia mano, hasta llegar al peligroso y alentado deseo de linchamiento. Todo ello, sin detenernos a pensar en la equivocación cometida, a la hora de prejuzgar a la ligera, sin más base ni fundamento que un pequeño rumor escuchado de boca de no sé quién. Es como si estuviésemos esperando que saltase la chispa, para ayudar a avivar el fuego.

Llenos están últimamente nuestros oídos, de frases, que solo el hecho de pronunciarlas, hace sentirse culpable a cualquier ser humano que se digne de considerarse persona.

Por otra parte ¿Quien es, aquel bien o mal nacido, con autoridad o sin ella, para segar la vida de un semejante, culpable o no de delito? Hora es ya de hacer desaparecer de nuestro vocabulario, frases tan arcaicas como aterradoras, resultantes de acalorados momentos y únicamente contempladas por las no menos arcaicas leyes, como recoge la denominada Ley del Talión “ojo por ojo”. Leyes incompatibles con cualquier tipo de democracia. 

¿Tan ciegos estamos? ¿Tan grande es la intolerancia y el odio que nos corroe, que no nos permite ver nuestra equivocada actitud, cuando exigimos la restauración de algo, que tanto nos ha costado abolir, como es el caso de la pena de muerte?

Creo entender y de hecho así lo entiendo, que es prudentemente admisible, que de forma aislada aparezcan en un momento de dolor, deseos que en nuestro sano juicio y con la “mente fría”, nos resultaría difícil de contemplar. Sin embargo, desde nuestra más juiciosa conciencia, debemos hacer prevalecer, razonamientos que a pesar de nuestro dolor, nos permitan encontrar salidas, lo más humanamente democráticas posibles y correctas. Salidas y razonamientos que nos impidan llegar a adoptar soluciones tremendamente equivocadas y que solo pueden ser propias de las mentes enfermas y retorcidas de los delincuentes.

Lo humanamente valioso, sería que las voces de esta escarmentada sociedad, se fundiesen en una sola, y a partir de ese instante, le exigiese a los responsables y encargados de velar por el buen funcionamiento de nuestras leyes. A los únicos que tienen el poder y privilegio de la importante misión de modificarlas; una posible y necesaria reforma en aquellos artículos que a día de hoy, tan solo sirven para favorecer y fomentar, la delincuencia, cuyo inicio se prolonga en un gran número de casos con la consabida reincidencia. 

Que endurezcan si fuesen necesarias, sanciones, castigos o penas a cumplir, por aquellos que hacen oídos sordos de dichas leyes, prefiriendo vivir al margen de las mismas, y pasándose por el forro, los deberes y derechos que son en definitiva las normas a cumplir por todo ciudadano. 

Que dichos doctores de leyes, se preocupen y estudien en colaboración con técnicos profesionales en el campo de la psicología o de la psiquiatría, y compartan sus estudios hasta conseguir unas nuevas normas o leyes, capaces de hacerles entender a nuestros jóvenes menores, que les ha llegado la hora de tomarse un poco más en serio, esa nueva ley. Una ley, que además de ampararles y protegerles, les exija de forma clara y contundente sus obligaciones y deberes para con sus semejantes, haciéndoles sentirse un tanto más responsables y conscientes para con sus mayores. Pues de seguir así…solo Dios sabe el alcance de tan tremendo problema.

En definitiva, que le den un gran repaso a ese libro de petete, en el que se recogen dichas leyes, hasta conseguir poner en orden, lo que ha día de hoy no deja de ser más que la razón, de un gran cumulo de quejas, de contrariedades, de desacuerdos, de falta de autoridad. Detalles que solo sirven para desembocar, en un país en el que la falta de civismo y educación está contagiando a los que ya hemos dejado de ser menores hace muchos años. Aún así, y llegados a este extremo, nunca perdamos la entereza que como personas adultas debemos mantener, incluso a pesar del dolor; ni tampoco los estribos poniéndonos a la altura de dichos delincuentes. Algo, que tan solo nos serviría en más de una ocasión, para mancharnos, aunque solo sea desde nuestros ofuscados y erróneos deseos, las manos de sangre. Y quien sabe, si al final nos desvelan que aquel, para el que tanto exigimos se cumpliese la pena, resultase ser inocente. Un inocente hallado culpable, por el mero hecho de encontrarse en el sitio equivocado, a la hora equivocada y en el justo y trágico momento de ese fatídico día.

Andrés Rubido García


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