martes, 23 de enero de 2018

Un abuelo muy niño



En la medida que me se voy sintiendo abrazado por el peso de  los años, mientras paseo y recreo la mirada sobre todo aquello que me rodea, buscando un banco en el que sentar mis ya cansados huesos, y no precisamente por la edad; pero quizá por la cantidad de fármacos ingeridos, con lo que a pesar de ser recetados a juicio médico, me van “Curando” por un lado, y ayudando a envejecer por otro; es desde ese banco ubicado en cualquier parque de la Tacita de Plata, cuando aprovecho en alguna que otra ocasión, para embarcarme en mi “jet privado”  imaginario, que me ayuda a trasladarme en el tiempo, a aquellos maravillosos años de juventud. Apenas la pícara imaginación comienza a cumplir mis deseos, me invade un sentimiento de relajación tal, que la mencionada vejez, comienza a desmoronarse un poquitín, permitiéndome ser un poco más positivo de lo que suelo ser por ventura, y porque según me consta, el pesimismo no nos permite vivir con ciertos dones de alegría, algo de lo que siempre me ha gustado alimentarme; tal vez por aquello, de que la riso terapia, es una de nuestras mejores medicinas. 

Cierto es, que todos los potingues farmacológicos, puedan ser capaces de restar la agilidad y fortaleza de mi casi septuagenario cuerpo, pero no del espíritu de juventud, o de niñez que a veces me invade. Y es ese espíritu, el que me permite en alguna que otra ocasión disfrutar con mis nietos, pensando que yo soy uno más, aunque mis abuelos, hayan pasado ya a mejor vida, y no puedan jugar conmigo.

Andrés Rubido García

lunes, 1 de enero de 2018

A tu lado... Siempre



Buenas tardes-noches mi vida. Desde aquel 2 de enero 1973 y con mis 69 años cumplidos, he aprendido a rectificar en mis errores, que como ser humano, no han sido pocos, de hecho, aún me suelo equivocar, pero lo importante es haber aprendido a rectificar. No obstante, y después de todo este tiempo transcurrido, me parece estar en las proximidades de aquel altar esperándote, deseando verte entrar vestida de novia. Era tal la emoción que me invadía, que cuando apareciste del brazo de tu padre, tuve que reprimirme para no ir corriendo a tu encuentro. A pesar de nuestros dos años de noviazgo, a pesar de sentirme el hombre más feliz del mundo. El 2 de enero de 1973… Comenzaba a sentirme el hombre más feliz de la tierra, a vivir toda una gran parte de mi vida, de nuestra vida. Nos embarcábamos en una apuesta por lo que siempre creímos que sería nuestra Felicidad compartida. Una Felicidad que se fue fraguando a cada paso, con el paso de los años, y con la llegada de nuestros hijos, y cómo no,  de nuestros primeros nietos. 
 
No pienso relatar aquí los días de platos rotos, porque nuestras discrepancias, tan solo servían y sirven para querernos y amarnos mucho más. Nosotros desde que comenzamos a conocernos, puedo decir, que también comenzamos a hacer nuestro, aquel dicho popular de “Hoy más que ayer y menos que mañana”

Mi vida, quiero que sepas que si tuviera la oportunidad de volver a reiniciar contigo estos 45 años, no cambiaría de nuestra vida y de nuestra suerte, ni un ápice… tan solo, nuestras equivocaciones. Quizá porque todo ello, es un conjunto de piezas que al igual que un puzle, han hecho posible estos 540 meses, muchos de ellos abrazado a ti en mi imaginación. Es verdad que por el camino se nos han quedado muchos días meses y años sin poder vernos; mi profesión de marino así lo requería. No obstante, tengo que agradecerte, que has  sabido ejercer con paciencia, entereza y firmeza, las veces de padre, sin olvidar tu responsabilidad de madre. 

Lola mi vida, quizá no necesite escribirte, lo que ya tu sobradamente sabes; pero si no te digo que hoy te quiero con la misma fuerza y deseo, si no te digo que me gusta besarte en cada despertar, en cada momento que me asalta el impulso de decirte ¡¡Hay!! Que te quiero… en cada beso… no sería yo. 

Andrés Rubido García