viernes, 23 de septiembre de 2016

A vista de pájaro



Todo comenzó con aquellos primeros sueños de marinero, enardecidos desde la orilla de la playa de la concha, en el maravilloso pueblo de Cariño… mi pueblo.  Desde su orilla, y al tiempo que contemplaba las embarcaciones fondeadas, imaginaba el mar en su más amplia extensión.  Era tan grande mi deseo por vivir alguna experiencia sobre aquel inmenso piélago, que con 10 años, y aprovechando la soledad del momento, me hice a la mar con una gamela. Una experiencia que duró hasta rebasar el espigón unos cuantos metros, y regresar. Me quedé con una cierta sensación de libertad, así como la del balanceo producido por aquel oleaje huérfano de rompiente, y que en el argot marinero se conoce como “mar tendida o de leva” Toda una travesura nacida del impulso de la niñez, que me inspiraba aquel desconocido juego, ambientado en el temor de que el dueño de la gamela me estuviese esperando... Tan solo y tal como he titulado este episodio, pretendo ver desde la atalaya de la experiencia, mi andadura por ese mundo, que si bien en un principio vaticinaba como algo misterioso; a día de hoy, continúo farfullando e insistiendo en los misterios del mar.

Dada mi corta edad, comencé a navegar en los barcos de pesca como marinero. Pues aunque la vida del marino me enredaba y entusiasmaba; la mecánica y la electricidad, formaban parte de mi otra gran meta. A los 18 años, comencé a trabajar en las maquinas, como engrasador. Con aquella experiencia, di por sentado, que aquel  era el camino para mi profesión en la mar. Dos años más tarde sufrí mi primer naufragio, y ese mismo año comencé mis estudios en la Escuela de Formación Profesional Náutico Pesquera de Cádiz.
Entremezclado con el transcurrir del tiempo, surgieron los amoríos, el matrimonio, y los hijos. Después de unos 15 años entre los barcos de pesca y el tiempo en la escuela, y habiendo dedicado los últimos, a los buques congeladores, decidí dar el salto a la marina mercante. Toda una nueva experiencia, que por cada día que pasaba, me fortalecía. Los años fueron cayendo, y con ellos dos naufragios más. Siempre recordaré, que después de aquel primer naufragio, en el segundo y en el tercero,  repetí la misma frase “Virgen del Carmen sería mucha la suerte, para salir bien de este” Lo cierto es, que la Virgen ayudó y salvamos el pellejo; aunque a decir verdad, cuanto más tiempo transcurría, mayor era el temor que tenía a navegar. Las canas fueron testigo de mis experiencias desde la temprana edad de 25 años, en que mi esposa me advirtió de aquellos primeros pelillos blancos, que en un tiempo récor poblaron toda mi cabellera. 

Con el abaratamiento de la mano de obra por parte de las empresas, marina mercante también comenzó a aplicarse el cuento. Cambio de bandera y más tarde, cambio de españoles por personal de otros países, a los que les pagaba menos de la mitad. Marina mercante, comenzó a convertirse en un recurso de trabajo poco enriquecedor y nada interesante. Teníamos que permitir la reducción de salarios y de derechos conseguidos, o abandonar. El desempleo fue mi siguiente empresa después de marina mercante, para después de un año de paro, volver a los buques congeladores. En ellos después de unos años, me ofrecieron el cargo de inspector, un cargo que tan solo me duro dos años. El tiempo en el que se tardo en descubrir que mi próstata se encontraba dañada.

Hoy después de todos estos años transcurridos, y contemplando esa larga y variada andadura, me sorprendo de mi mismo, de mis primeros años de juventud, encharcados de entrega y voluntariedad; con la mirada clavada en un futuro, como siempre invisible y difícil de adivinar, en el día de mañana, como solían decir nuestros antepasados. Toda una vida como suelo decir, quemada entre infinidad de países, de puertos y millas recorridas, entre vendavales y otros temporales, entre los que nunca me acostumbre a poder dormir, a pesar de aquellos que presumían de lobos de mar, mientras que al igual que yo, se quemaban la vista pretendiendo vislumbrar en el horizonte una isla llamada Esperanza.

Andrés Rubido García

jueves, 15 de septiembre de 2016

Nuestro Pueblo



Introducirme en el plácido discurrir de los días, durante aquella, mi estancia en el pueblo, es tan sencillo como maravilloso. Después de todo, quizá sea el hecho del tiempo transcurrido, superado por el deseo de rememorarlo  el que me lleve a terminar disfrutando como un verdadero niño, de todos y cada uno de ellos. Entre otras cosas, por haber transcurrido todos aquellos pasajes entre mi infancia y el pleno apogeo de mi juventud.

No sabría decir, a partir de qué edad comenzó esta carrera, vertiginosa de mi mente, traducida en morriña y empeñada en querer rememorar los numerosos ayeres, tan lejanos en el tiempo, pero que conservo con cierta lucidez. Si bien es cierto, que en la misma medida que los aniversarios se van apilando, entre nuevas y blancas canas, mayor es el deseo de querer recordar, de rememorar aquellos pasajes, en ese pueblo que tanto amo, y por quien tanto suspiro.

Cruzar los pasos de piedra de algún que otro río y perdernos por los caminos entre juegos, y dependiendo de la época, entre rejos de trigo a la búsqueda de grillos; o de aquellos manjares que sin pretenderlo, se encontraban a nuestro paso; manjares cómo anixaros y moras… Son tantos los iconos que despiertan mi deseo de batallar por conseguir tu cercanía, por disfrutar de ti, de todos y cada uno de esas ilustraciones, motivos, detalles; que en cierta manera forman parte de una pequeña historia, que a todas luces deseo conservar viva en mi mente.

Era otra época, en la que el libre albedrío de nuestros juegos, nos permitían elegir las reglas. Entonces, no necesitábamos cobertura para comunicarnos, ni tampoco buscábamos al pokémon fugado. Simplemente, disfrutábamos del entorno con el que la naturaleza había premiado aquel pueblo de Cariño… Nuestro pueblo. 

Andrés Rubido García