jueves, 24 de marzo de 2016

Devaneos



En ocasiones, aprovecho el momento de ocio para pasear, por ese gran balcón al mar que posee la Tacita. Vagar plácidamente mientras contemplo el entorno, con el que la naturaleza ha dotado a esta Ciudad, es algo que me gusta y suelo hacer, con el mismo interés de la primera vez. En el extenso mar, próximo al horizonte, distingo un barco navegando mar adentro; me detengo y me apoyo en la balaustrada a contemplarlo, hasta perderse en el infinito. Percibo el rumor de las olas rompiendo en la orilla, y la quietud del momento, me llevan a descorrer la cortina, tras la que contemplo la rapidez con la que me acerco al estuario del río de la vida. La rapidez con la que han pasado los años… Tiempos de idas y venidas, del deseo de llegar a puerto, de besos y abrazos, de la desazón de volver a navegar, de las despedidas sin adiós, tan solo… “hasta luego”, aunque ese “hasta luego” se dilatase en el tiempo. 

Abultados períodos, entretejidos de buenos y malos tiempos. Un cumulo de años, que han ido modelando las huellas que dejan… las alegrías y el sufrimiento. Un viaje que separa al adolescente del adulto; del ir creciendo con el paso del tiempo, enfrentándome a la realidad de una vida, que en ocasiones deshojo en un momento. Remembranzas tatuadas en mi mente, que me invita a sonreír, mientras las voy desojando lenta y quedamente. 

Más por mucho que corra el tiempo, y por más que la distancia aumente, sigo manteniendo vivas, todas y cada una de mis vivencias, entremezcladas con aromas de pan recién hecho, del olor del pan duro hecho torrijas, de los rescoldos en el fogón de la cocina… del domingo de ramos, en el que portando cada uno de los amigos el suyo, acudíamos para la bendición… más que ramos, verdaderos arboles. Días antes del domingo de ramos, nos preocupábamos de buscar uno que fuese vistoso, pero sobre todo… que fuese grande. Subíamos por los caminos… Qué lejos quedan aquellas idas y venidas por los caminos donde corríamos y jugábamos.  Son tantos los sentimientos, que ya no es la playa de la victoria la que veo, ni el barco perdiéndose en el horizonte… veo los barcos en la concha, y el minúsculo oleaje de una mar placida que se funde en la orilla de la playa… miro hacia el lado de la Basteira, y curiosamente cerca de las casas baratas, distingo aquel trozo de proa enclavado en la arena, y que tengo entendido, era el resto de un barco llamado “Oliver”… restos, restos de pequeñas historias, vivencias, recuerdos  que continúan abrigados en mi mente, como un trozo de aquello que más quiero.

Andrés Rubido García

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