En
ocasiones, aprovecho el momento de ocio para pasear, por ese gran balcón al mar
que posee la Tacita. Vagar plácidamente mientras contemplo el entorno, con el que
la naturaleza ha dotado a esta Ciudad, es algo que me gusta y suelo hacer, con
el mismo interés de la primera vez. En el extenso mar, próximo al horizonte,
distingo un barco navegando mar adentro; me detengo y me apoyo en la balaustrada
a contemplarlo, hasta perderse en el infinito. Percibo el rumor de las olas
rompiendo en la orilla, y la quietud del momento, me llevan a descorrer la
cortina, tras la que contemplo la rapidez con la que me acerco al estuario del
río de la vida. La rapidez con la que han pasado los años… Tiempos de idas y
venidas, del deseo de llegar a puerto, de besos y abrazos, de la desazón de
volver a navegar, de las despedidas sin adiós, tan solo… “hasta luego”, aunque
ese “hasta luego” se dilatase en el tiempo.
Abultados
períodos, entretejidos de buenos y malos tiempos. Un cumulo de años, que han
ido modelando las huellas que dejan… las alegrías y el sufrimiento. Un viaje
que separa al adolescente del adulto; del ir creciendo con el paso del tiempo, enfrentándome
a la realidad de una vida, que en ocasiones deshojo en un momento. Remembranzas
tatuadas en mi mente, que me invita a sonreír, mientras las voy desojando lenta
y quedamente.
Más
por mucho que corra el tiempo, y por más que la distancia aumente, sigo
manteniendo vivas, todas y cada una de mis vivencias, entremezcladas con aromas
de pan recién hecho, del olor del pan duro hecho torrijas, de los rescoldos en
el fogón de la cocina… del domingo de ramos, en el que portando cada uno de los
amigos el suyo, acudíamos para la bendición… más que ramos, verdaderos arboles.
Días antes del domingo de ramos, nos preocupábamos de buscar uno que fuese
vistoso, pero sobre todo… que fuese grande. Subíamos por los caminos… Qué lejos
quedan aquellas idas y venidas por los caminos donde corríamos y jugábamos. Son tantos los sentimientos, que ya no es la
playa de la victoria la que veo, ni el barco perdiéndose en el horizonte… veo
los barcos en la concha, y el minúsculo oleaje de una mar placida que se funde en
la orilla de la playa… miro hacia el lado de la Basteira, y curiosamente cerca
de las casas baratas, distingo aquel trozo de proa enclavado en la arena, y que
tengo entendido, era el resto de un barco llamado “Oliver”… restos, restos de
pequeñas historias, vivencias, recuerdos
que continúan abrigados en mi mente, como un trozo de aquello que más
quiero.

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