Con la agonía de cada
madrugada, desde el mismo regazo de cada amanecer; comenzaba a sentir el rumor que se desprendía, de los buenos días que las lecheras
mercadeaban, con las personas madrugadoras del pueblo. Aquellas que esperaban poder
preparar el desayuno de ese día, con aquella leche fresca y recién ordeñada. Era
un rumor, a veces y de forma fugaz, ahogado con el ruido del primer correo, del
madrugador viaje del Farruco camino de Mera.
Con los primeros rayos de
luz del nuevo día, salían de sus casas aquellas mujeres que iban a colocar el
cajón, o tabla de lavar en el río, donde más tarde frotarían la ropa. Las personas que portando al hombro los
aperos (Raños, sachos, fouciños, etc), se dirigían a los terrenos conversando
entre ellas, o susurrando alguna canción; o aquellas que repiqueteaban con sus
zuecas las calles, camino de las fábricas. Las que iban a por agua a la fuente
del campo, a la de la ribera, a la de la plaza. Aquella fuente, de la que tan
solo nos queda alguna que otra imagen, y la lembranza del susurro del agua que
brotaba de sus cuatro caños. Era el rumor del acontecer de un pueblo
madrugador, convertido en la música que se acentuaba, en la medida que avanzaba
el día, y cuya letra, podía traducirse textualmente en un sinfín de frases como…”
¿E logo vas para o río? Vou…” Era por así decirlo, la melodía que enaltecía mi
autoestima en cada mañana, camino del colegio, del muelle, o de aquella
ferretería en la que trabajé. Era la voz que me recordaba mi tierra, mi gente…la
voz de mi abuela que me anunciaba aquel sabroso desayuno de cascarilla con
leche y migado de pan; así como recordarme, al tiempo que soplaba la primera
cucharada del humeante desayuno, el no olvidar preparar la maleta del colegio. En
aquella maleta, a la cual comenzaba a asomarle el cartón, debido al desgaste
del revestimiento; guardaba la enciclopedia Álvarez, una pizarra, un cuaderno, el
catecismo y un trozo de trapo para borrar la pizarra. El lapicero, en el que
guardaba el lápiz, la pluma, el pizarrín, la goma de borrar y algunos lápices de
colores, era en un estuche de madera, con tapa de corredera, al que solíamos
llamar cofre. Eran otros tiempos, en los que los pocos coches que había,
mayormente eran camiones o autobuses. Los camiones de las fábricas, los de la Renfe,
los que transportaban la piedra para la construcción del puerto, los de los
llamados fresqueros, el de Somorrostro, que traía la fruta, los autobuses del Farruco y Miranda, y poco
más…bueno el Velero de Perille, y la genuina y famosa matraca de Valentín, que
era uno de los iconos que circulaban por
nuestros alrededores. Después…el 600 de Fanego, los taxis de Cafú, Landoi y el
del Torero; todo lo demás eran bicicletas y alguna que otra moto, como la de
Sueiras.
Hoy, aquel sinfín de
armoniosos ruidos, desde la medida de la lechera dentro de la cántara vacía,
pasando por un sinfín de míticos recuerdos que yo califico de melodía, continúa siendo la música que anima mis más
bellos recuerdos. Aromas y ecos de un pasado, que me hablan del pueblo que me
vio nacer, y que invaden mi mente. Ecos, como los del tambor que animaba el ensayo de
la danza de arcos en el relleno. Unos arcos desnudos, que al son de aquel
tambor, bailaban al rimo que aquel entusiasmado grupo les inducia. Arcos, que
al igual que sus danzantes lucirían su
más impoluto e inmaculado blanco, aderezado con banda y pañuelos de colores;
También ellos resplandecerían empapelados, entre un inmenso y colorido juego de
cintas multicolor…algo así, como los bellos recuerdos del niño que vive en mi.
Andrés Rubido García

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