sábado, 7 de febrero de 2015

Calor materno

Cuantas veces la he buscado a través  del silencio, de ese entorno perfecto, en el que pacientemente espero la respuesta de mi mente. Todo ello, alimentando el deseo de mirar atrás, de sentir todos y cada uno de aquellos momentos vividos. Desnudar los recuerdos, deshojándolos   en silencio… apenas balbuceando palabras, con las que dar un poco de sentido a cada uno de aquellos momentos; como queriendo abrigar la necesidad, de dar vida a una realidad pasada. Un fragmento de mi vida, que madurado en el tiempo, se ha convertido en recuerdo.

Recuerdos que me llenan de gozo, y entre los que puedo elegir y revivir, la caricia de sus manos sobre mi piel; de su beso en mi mejilla, el olor de aquel antiguo jabón de lavar la ropa, impregnado en sus manos. Unas manos rugosas, pero llenas de calor humano y de cariño maternal. Eran las mismas manos que me arropaban, en las noches de frio y crudo invierno. 

Recordarla planchando y balbuceando “Negra sombra”…una canción cuya letra siempre me ha cautivado, y mucho más, cuando ella la cantaba.  Siempre que la escuchaba, relacionaba aquel cantar, con al sentido luto con el que siempre se vestía, y en el que creo, refugiaba su pena. Sin embargo, era fuerte de espíritu y capaz de sonreír, cada vez que las circunstancias lo exigían. Cada vez que  le preguntaba si estaba triste…me decía ¡No! Y lo hacía con sus labios más sonrientes y sus ojos humedecidos; al tiempo que me recordaba, que era su más preciado tesoro y…que decir yo, de lo que ella era y fue para mí. 

A menudo me hablaba de mi madre, de la pena con que se despidió de ella en su lecho de muerte, de lo guapa que era y de lo mucho que me quería. Eran relatos de mi abuela, de aquella mujer a la que siempre llamé mamá. Ella se murió sin saber, que cada vez que la escuchaba, intentaba dar forma al rostro de quien ella me hablaba, al rostro de mi madre, un rostro que nunca recordé. Aquella imposibilidad que en cierto modo me llenaba de dolor, no era suficiente, como para revelarle mi sentido dolor y lastimar sus sentimientos de madre, y mucho menos, decirle que no la recordaba, que la madre que veía ante mí, era ella con su frente surcada; la que siempre me mimó sin llegar a consentirme, la que sacaba el pañuelo del bolsillo de su mandil, para enjugar las lagrimas que resbalaban por su rostro,  cada vez que me hablaba de ella, de su Carmiña, de mi madre; de aquella mujer de la que nunca logre recordar su rostro, de la que necesito ver aquella foto que guardo con cierto celo, por ser en la única que aparezco a su lado; tal vez, para poder imaginar las caricias y besos con las que me mimaba y arrullaba. Congratularme de que a pesar de no recordarla, fue mi madre; la que me estrechaba entre sus brazos cuando inconscientemente le preocupaba mi actitud, afanándose en aplacar mi tristeza…tal vez por ello, asemejo las caricias y besos de mi abuela, con aquellos que no recuerdo de ella. Quizá por ello, y aunque sea a través de una foto, una madre nunca se olvida. Para mí ha sido el más grande regalo, y nunca mejor dicho, que me ha dado la vida. Creo que desde donde quiera que estén, me siguen arropando desde el recuerdo.

Andrés Rubido García

No hay comentarios:

Publicar un comentario