sábado, 22 de noviembre de 2014

¡Ay...!



Acumulada entre surcos de tierra, de cuyos senos brotarían los tallos con las primeras hojas de las patatas nuevas. Deslizándose entre las roderas marcadas por las ruedas de los carros, a lo largo de los caminos; al igual que por las canaletas…se sentía el paso del agua, fruto de la preñez de nuestro clima, que a lo largo de aquellos crudos y duraderos inviernos, llenaba las cunetas formando los charcos, en los que jugueteábamos con nuestras botas, camino de la escuela. Era el agua de  la lluvia, propia de la tierra que me vio nacer.

Hoy, con el acontecer de los años, trato de imaginar cómo sería aquel pueblo, en el que en la madrugada de aquel día de difuntos; en aquella calle del Castro de abajo, mi madre, presa de los dolores de parto era atendida por una matrona, que viendo como se le complicaba aquel parto, necesitó de las manos y de la experiencia del médico Don Alejandro, para que yo pudiese, después de unos primeros azotes, hacer asomar unas lagrimas acompañadas de mis primeros gritos de dolor. Había nacido a la vida en esa tierra nuestra, que comenzaba a compartir. Una tierra, en la que los recuerdos de mi primera infancia, continúan perdidos y confundidos…quizá, porque tras la muerte de mi madre, a la que tampoco recuerdo; me trajeron para la ciudad de Cádiz, cuando apenas contaba tres años.

Fue después de haber hecho mi primera comunión, cuando volví con mis abuelos al pueblo. Una experiencia que me llena de gozo cada vez que la recuerdo y que contrasta amargamente, con aquella otra en la que tuve que abandonarlo por segunda vez, por circunstancias ajenas a mi voluntad; algo que mis mayores no tuvieron muy en cuenta, dada mi corta edad.

Sin embargo, mientras viví allí, tuve la ocasión y la libertad de aprender a hablar el gallego, la lengua de mi tierra; que si bien mis mayores me lo reprochaban, y a decir verdad, no se parece en nada al que se habla hoy; a mí me hacía sentir más hijo de mi pueblo, más gallego. Aquellos son tiempos inolvidables para mí; tiempos de muchas y alegres experiencias. Las tristes…mejor dejarlas reposar en los brazos del letargo. 

A pesar de las circunstancias y del sistema de vida, añoro aquellos días de orvallo, aquellos berberechos fritos con patatas, las veces que mi abuela me decía sacabeira, aquella inocente picaresca, aquellos discos de La Solana, aquellos tan grandes e inolvidables momentos, que hacían presa en aquel acontecer de sonrisas y encanto entre una gente, que posiblemente no pudiésemos presumir de dinero, pero rebozábamos alegría a barrer. 

Esta pequeña reflexión, la dedico a todas aquellas personas que al igual que yo, han envejecido con el transcurrir de los años en una tierra ajena a la de sus orígenes. Si bien es verdad, que siempre al recordarlo y como si de un tic se tratase, les ha brotado el ¡Ay…! Propio de esa morriña que como gallego y pixin nos acompañara siempre.

Andrés Rubido García

domingo, 2 de noviembre de 2014

A golpes de mar



Un año más, el invierno estaba dejando su huella entre las familias de los hombres del mar, y la fuerza de su bravura en el fuerte del espigón. Un duro invierno, del que recuerdo la arribada de dos barcos, que terminaron atracando al muelle. 

Aquel día había acudido con mi abuelo a la lonja, a pesar de que ya llevábamos varios días, sin que los barcos pudiesen salir a faenar. El rumor de que uno de los dos barcos recién atracados, había perdido algún hombre, y de que el otro había rescatado un cuerpo sin vida; era más que un motivo de preocupación entre nosotros, y sobre todo, entre aquellas personas del pueblo, que tenían familiares trabajando en barcos con base en otros puertos. El recelo despertaba los sentimientos, hasta convertirlos  en aquella  preocupación que se extendía entre los habitantes, como si de una peste negra se tratase. Habitantes de un pueblo marinero, abocado a tener que pasar por aquellos malos momentos, inverno tras invierno.

Como niño que era, y picado por una curiosidad impregnada de cierto temor, acudí al muelle acompañado por otros compañeros de mi edad. Por aquel entonces, el muelle de atraque sobre el que hoy se asienta la lonja, se hallaba en construcción y próximo a su terminación. A penas habíamos llegado, cuando divisamos una monumental piedra, que supuestamente algún golpe de mar había empujado hacia dentro del espigón, el cual había quedado dañado en esa zona. 

Aquella imagen, me hizo sopesar la monstruosa fuerza del mar, frente a la fragilidad de los barcos, y el riesgo al que se encontraban sometidos sus tripulantes. Un razonamiento, en el que a pesar de ser un niño, me llevó a comprender la dureza de los temporales y el temor reinante entre las familias de los marineros. Familias, que sufrían denodadamente ante aquel temor psicológico que les infundían los temporales.

Marinero, según la RAE, “persona que presta servicio en una embarcación”. Yo me atrevería a decir que dicha definición, es demasiado lacónica y seca. El hombre de la mar, es algo más que eso; y no lo digo por mí, que  soy el que suscribe. Lo digo por respeto a todas aquellas personas que sucumbieron entre las embravecidas olas, y que hoy tristemente yacen en una tumba, o en el peor de los casos, desaparecidas. Personas que en su día, se comprometieron a aceptar las consecuencias de los temporales. Acostumbradas a desenmarañar embarazosas situaciones, como si de un enredado aparejo se tratase. Instruidos en hacer y deshacer nudos de toda índole, para trincar y zafar los aparejos en cubierta y otros pertrechos, cuando el temporal se avecina. Aunque hablando de nudos, quizá el que con tanta facilidad se nos forma en la garganta, sea el más difícil de desenmarañar. 

Ante acontecimientos tan duros, nos “acostumbramos” a hacernos fuertes, ante las adversidades de los temporales; estando siempre dispuestos para capear y salir de en medio de ese amenazador y montañoso mar. Me atrevería a decir: “hemos sido modelados entre golpes de mar, con piel curtida por su salitre y los rayos del sol”. Sin embargo, nuestro mayor desvelo como marineros, no estriba solo en los temporales que nos han hecho danzar al son de la intranquilidad y la inseguridad. Es nuestra mente la que manda ante la preocupación y el temor. La única que en una fracción de segundo, se evade de entre las inclemencias del tiempo, con el único fin de verse con los suyos, aunque imaginariamente sea. Quizá, porque somos sabedores de aquella madre, de aquella esposa e hijos, de aquellos que en tierra, sufren y lloran en el silencio del hogar ante las adversidades, aferrados a una pizca de esperanza.

Andrés Rubido García