Decir que en aquel
taller de Xueiras, dormitaba una de mis ilusiones, no es ningún despropósito.
Se trataba de algo más que un simple capricho, un deseo convertido en una
ilusión por aquella bicicleta, que para mi ciego y adolescente gusto, tropezaba
con las 1200 pesetas que costaba. Era por así decirlo, un coste, que para el
bolsillo de mis abuelos se presumía sino imposible, difícil, dado los tiempos
que corrían. Un sueño, que se diluía una y otra vez, en el reflejo del manillar
niquelado de aquella bicicleta, y que Xueiras, solía invitarme a contemplar en
cada una de las visitas que acostumbraba a hacerle.
Aprender a montar en bicicleta fue toda una osadía y temeridad por mi parte. Aquella tranquila tarde, me dirigí con una vieja bicicleta, a la acera que bordeaba el lateral de la fábrica de tallón, y cuyo acceso conducía a la playa. Aprovechaba como apoyo, la pared de la fábrica a mi derecha, y a mi izquierda unos bidones que aunque pegados al borde de la acera, no terminaban por invadirla. Fue por ese pasillo por el que aprendí a mantenerme, no sin antes haberme caído unas cuantas veces; unas contra la pared, y otras contra los bidones; en definitiva, unos simples rasguños que después de asegurar mi aprendizaje, no me impidieron enfilar la carretera en dirección al puerto, donde pensaba dar la vuelta para regresar y devolver la bicicleta. Por cada metro que avanzaba, me encontraba más contento y seguro de mi mismo. Sin embargo, el manejo del manillar se me antojaba imposible de mover, como si estuviese bloqueado. Pensando en ello me encontraba, cuando a la altura de la fábrica de Fanego, apareció delante de mí una señora que me privaré de mencionar por respeto, y a la que no me cansaba de gritarle ¡¡Apártese por favor!! La Señora, lejos de apartarse me respondió ¡Apártate ti carallo! Al final, sucedió lo que me temía, los nervios y respuesta de novato hicieron de las suyas, el manillar no giraba y por si fuera poco, mis manos aferradas al manillar, tardaron en encontrar los frenos, razón por la que termine atropellándola, con la rueda delantera enmarañada en su vestido y entre las piernas de la Señora, a la que no sabía cómo pedirle perdón.
Después de tan
tremenda peripecia, mi afición por montar en bicicleta fue en aumento, aunque a
decir verdad, tan solo dos fueron las bicicletas a las que más acceso tuve. La
primera de ellas, era la que me facilitaban en la Ferretería Trinquete durante
el tiempo que estuve trabajando como dependiente de la misma. Dicha bicicleta se
utilizaba para realizar ciertos servicios de desplazamiento, como era el hecho
de ir cada mañana, a recoger cierta cantidad de pan en la tahona de Paco, para
luego repartirlo entre la tienda de Bardancas que había en el alto de los
Pedrouzos y la casa que la familia Trinquete tenía en Sismundi. Los otros servicios surgían como consecuencia
de tener que acudir al almacén que la ferretería tenía ubicado en el callejón
que hoy es conocido como Rúa Soneira. La
otra bicicleta, también fue consecuencia de un nuevo puesto de trabajo. Una
empresa para la que también estuve trabajando, aunque por poco tiempo. Se
trataba de un sobrino de mi abuelo, Pancho de Bares, que era por aquella época,
vendedor de la lonja y que junto con otros socios, montaron una empresa cuyo
almacén, era contiguo al de Jesús Escourido.
Por último, aquella que pudo ser y no fue, por tratarse
de algo inalcanzable, solo puedo disfrutarla entre mis sueños y recuerdos de adolescente. Aquella fue una ilusión perdida,
por el camino de los imposibles. Sea como fuere, en aquella Orbea de color
azul, de finas líneas dibujadas en rojo y blanco, a lo largo del cuadro y de
cada uno de los laterales de los guardabarros…aun me subo en mis sueños.
Sueños, en los que sentado sobre aquel sillín de cuero, pedaleo y recorro
largos paseos con ella imaginados. Aquella fue mi única bicicleta, la única que
aun existe en mi recuerdo, aunque la última imagen real que de ella atesoro, se
quedase entre las paredes de aquel taller de Xueiras.
Andrés Rubido García
