lunes, 11 de marzo de 2013

En aquella enciclopedia de 40 pesetas



Recuerdo  en mi edad de “escolar”, en la que era alumno de Don Filiberto en el Escolar; aquel mi primer libro utilizado para estudiar. Se trataba de una enciclopedia que me compró mi abuela en la casa de Etelvina, por precepto de dicho profesor, y por la que hubo de pagar 40 pesetas. Un libro, utilizado por la gran mayoría de alumnos, como norma y modelo elegido por dicho centro. Seguro que muchos coincidirán conmigo, al referirme a dicha enciclopedia, era de la casa ALVAREZ, y en su portada, figuraban los siguientes dibujos: Las Tablas de la Ley, unos pulmones del cuerpo humano, un triangulo, un mapa de España representando los ríos más importantes, un libro, un pincel con su paleta de pintura, un cañón, y a la vera del mismo, aparecía un cartel con la célebre fecha de 1808. Todo esto, rodeando el rostro inocente de un niño. 

Sinceramente creo, que si tuviese que hacer una “definición” de las representaciones que aparecen en la caratula de dicha enciclopedia, emplazándonos a día de hoy; diría y para empezar, que se han pasado las Tablas de la Ley por los mismos cataplines, echándole un par de pulmones, en esta España políticamente bicéfala, que bajo la mirada de una monarquía cada día más protocolariamente tocada y salpicada por la peste de la corrupción; tiende a desmoronarse. Mientras y aprovechando los ríos revueltos, surgen como pequeños rescoldos del fuego en su día extinguido, aquellos que se esfuerzan por conservar como oro en paño, algo que la gran mayoría de españoles hemos borrado de nuestra mente. Aquella España de la que se decía que era: Una, Grande y Libre; la misma España en la que nos toco nacer y de la que se cantaban grandes y “Heroicos” himnos, que en algún que en otro colegio, nos obligaban a aprender. Llegados a este punto, también acude a mi memoria aquel romance de Julio Cejador, titulado, “A España”, y que dicho sea de paso, también figuraba entre las últimas páginas del apartado de Formación Político-Social (Niños), de dicha enciclopedia. Recordar todo esto me agota y máxime, cuando la España representada con los ríos que la cubren, me habla de una España que adolece cubierta por unos ríos secos, ficticios y distintos, de corrientes más caudalosas y no precisamente por la oscura enjundia que por ellos circula. Son ríos de corrupción, por la que se ven arrastradas todas y cada una de las ilusiones de la gran familia que compone nuestra masa obrera. Solo nos queda el pincel y la paleta, para que cada cual pinte la suerte de esta España como mejor le plazca, en un desesperado intento de insuflarse de optimismo, aunque la realidad sea clara y abrumadoramente pésima. 

Del cañón y la fecha prefiero no hablar; tan solo quedarme con la definición que de dicha enciclopedia se hacía en la parte más baja de la caratula, y en la que se podía leer: Enciclopedia, Intuitiva, sintética y práctica. Visto todo esto, me da pena pensar, que se llegase a manipular hasta el punto de distorsionar todas y cada una de las interpretaciones, en pos de los beneficios de esta gran colección de mangantes desbocados; que hoy en día nos asisten y que solo han servido y sirven para llevarnos a la ruina.

Andrés Rubido García

sábado, 2 de marzo de 2013

Martes de Carnaval



Morriña, añoranza o evocación. Qué importancia puede tener, el calificativo del sentimiento en cuestión, cuando lo realmente importante es la razón que lo despierta. En mi opinión, es el único medio de recortar la distancia que me separa, del terruño que más añoro; sobre todo, cuando la opción más lógica y acertada, queda fuera de mi alcance, por circunstancias ajenas a mi voluntad. Pienso en ti y al hacerlo, me lleno de gozo disfrutando de todas esas huellas que de ti, quedaron en mí, y conservo grabadas, y a las que cada uno de mis sentidos responde con solo mencionarte. Eres para mí, algo más que un sinfín de bellos e inolvidables recuerdos. Mucho más que mi rincón añorado, más que el referente de una adolescencia, que aunque truncada por el fenómeno de la emigración, fue lo suficientemente grandiosa, como para no olvidarla jamás. 

Es por todo ello, por lo que este recién terminado carnaval de 2013, me trajo al recuerdo una simple, pero añorada prenda de vestir. Aquel año de 1962, estrenaba mi primer pantalón largo Un vaquero de tela azul y acartonada, que vino a cumplir mí más deseado y esperado momento,  en mí caminar, por esa primera parte de la adolescencia. Me sentía como pez en el agua, más seguro y libre de conjeturas. Enfundado en aquel pantalón que ocultaba aquellos negros vellos que comenzaban a invadir mis delgaduchas piernas, casi me invitaba a “presumir”. Era como haber borrado de un plumazo el chismorreo del entorno, con los dichosos vellos. Estos, eran los que marcaban una práctica hecha tradición entre nuestros antepasados, los cuales y en un gran número de casos, no advertían la necesidad de los pantalones largos en adolescentes que rondasen menos de los 15 años. Costumbre, que comenzó a perder fuerza, entre finales de la década de los 50 y comienzo de los 60, y en la que creo tuvo mucho que ver la llegada del pantalón vaquero. Todo ello, sin olvidar la gran  influencia ejercida por el lugar y las creencias familiares; pero que siempre se producía a partir de los 13 años.

Recuerdo que dicho pantalón vaquero, fue para mí, la guinda de la vestimenta de los domingos, durante un largo periodo de tiempo, a pesar del refunfuñar de mi abuela, la cual no terminaba por aceptar  con buenos ojos dicha prenda.  Con el transcurrir del tiempo, mi venerado pantalón, quedo para formar parte de la vestimenta diaria. Aunque ahora que lo recuerdo, animado por los amigos, decididos a vestirse de pistoleros  aquel martes de carnaval; me surgió la idea de rebuscar entre mis olvidados pertrechos infantiles, entre los que se hallaban tebeos de hazañas bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín, canicas y algunos folletos de los que nos daban junto con las entradas, y entre los que encontré como imitar la vestimenta de John Wayne. Termine suplementando dicha vestimenta, con una rebuscada camisa y un pañuelo cuyo dudoso y envejecido color  rojo, pudieron terminar por dar un poco de realidad ficticia a mi perseguido disfraz, que termine coronando con un sombrero comprado en Etelvina. El resto del material necesario, como la canana y pistolera de plástico, junto a una pistola comprada también años atrás en Etelvina, y que formo parte de un regalo de reyes, y cuyo tambor o “rodicio”, como solíamos llamarle en el pueblo, giraba en cada pulsación del gatillo; los encontré durmiendo en una caja de madera en el desván o faiado. Nunca concebí pudiese llegar a conseguirlo, pero aquel pantalón fue el pilar de un inolvidable martes de carnaval, en el que por así decirlo, paso a formar parte en la enciclopedia de mis más queridos recuerdos.

Andrés Rubido García