Nací según reza en el
libro de familia, en la madrugada del día de difuntos del año 1948; en esa casa
que hace esquina a la calle del Castro de Abaixo y a la calle Del Sol. De mis
primeros años, todo lo que puedo decir es a través de las informaciones de mis
antepasados. Hijo de Andrés Rubido Breijo “El Chacho” y de Carmen García
Rodríguez, “de la Vacariza”. Huérfano de madre a la edad de tres años, y por
razones que poco pueden interesar, quedé al cuidado de Emilio García Galdo,
“Bares”, como así se le conocía y de María Vicenta Rodríguez Rodríguez “De la
Vacariza” que eran mis abuelos maternos, con los que terminaría al poco de
fallecer mi madre, emigrando a la Ciudad de Cádiz en la que actualmente resido.
De mis abuelos paternos, poco puedo decir, pues mi abuelo Manuel Rubido, murió en
el año 1929 y mi abuela Rosario Breijo Cazas murió en el año 1956; un año antes
de nuestro regreso a Cariño.
Después de daros a
conocer mis orígenes, prefiero centrar parte de estas vivencias en ese periodo,
que es por así decirlo, lo que más valoro y con más cariño guardo y conservo en
mi mente.
En el año 1956, regreso
con mis abuelos a Cariño y debido a que aquella casa en la que nací, y a la que
antes hacía referencia, había sido vendida por mis abuelos, ante la insistente
presión de sus hijos; nos alojamos en una casa muy cercana a la anterior y
ubicada en la calle Del Sol, propiedad de Maruja de Bravo, cuya familia,
también era conocida por los de madeiras, y cuya hija mayor, Isabel, había
contraído matrimonio con mi tío Luis, hermano de mi madre. Una familia que no dudó en acogernos y poner a disposición
de mis abuelos todo lo que necesitase; demostrando ser tanto ella como sus
hijos, una familia muy cariñosa. Dicha
casa, tan solo quedaba separada de la que fue la nuestra, por la de Carmen de
la Maragata, que lindaba con la parte trasera de la misma, en la que teníamos
un almacén, en el que se trabajaba el pescado.
El tiempo que
permanecimos alojados en aquella casa, fue el tiempo que tardaron en
construirle al hijo mayor de mis abuelos maternos, Suso, conocido por el
Soplón, una casa en la Laguna. Aún así, recuerdo que encontrándonos viviendo en
la casa de la Señora Maruja de Bravo, mis abuelos se vieron en la necesidad de reanudar sus casi olvidadas
profesiones como medio de ingresos; para lo que buscaron un almacén alquilado
que reuniese las condiciones mínimas necesarias para poder desarrollar sus
actividades. Dichas actividades, consistían en la compra de
pescado fresco, mayormente sardina y jurel, el cual se limpiaba de vísceras y
dependiendo de la época del año, se salaba, se preparaba para la venta en
fresco o se lañaba –una variante de la salazón–. Esta última operación, se
solía hacer en la época de verano, para poder concluir su preparación. Esta, consistía
en una vez el pescado limpio, se abría en canal y se preparaba una salmuera
cuyo grado de sal mediamos mediante la flotabilidad de una patata. Lista la
salmuera, se introducían las piezas con el cuidado de dejarlas todas con la
piel hacia arriba, dejando reposar el pescado en dicha salmuera hasta que
alcanzase el tiempo estimado. Transcurrido el periodo del mismo, lo retirábamos
de la salmuera y en canastas de mimbre (Paxes) se enjuagaba en agua limpia y se
tendía sobre una red de tarrafa arte de pesca empleada para la captura de
sardinas, a la espera de su secado. Siempre alerta, impidiendo la proximidad
de algún que otro gato y de que no lloviese, pues por aquellos años, en Galicia
el verano era muy corto y no resultaba extraño que pudiese llover en dicha
estación. Una vez secas las piezas, se apareaban; es decir, se juntaban de dos
en dos haciendo coincidir la parte carnosa entre ellas; de esta manera se iban
depositando en cajas de madera con capacidad para treinta kilos, poniendo en el
fondo de las mismas papel de estraza sobre el que se iban depositando y
formando andanadas, que una vez completada cubríamos con papel y así
sucesivamente hasta completar la caja, la cual se terminaba tapando con más
papel. El fruto ha dicho trabajo, tenía que buscarlo mi abuela en las ferias
que se celebraban en distintos puntos de la comarca, como por ejemplo: Mera,
San Claudio, Moeche, La Barquera, etc., y de cuyo transporte hacia dichos
puntos, se encargaban los autobuses de Pepe y Valentín Miranda de La Piedra, a
los que se desplazaba, para poder vender dicho pescado, y en los que
aprovechaba para comprar quesos frescos, vulgarmente conocidos como tetillas.
En aquellos primeros
días de regreso al pueblo, mis abuelos compraron sus primeros lotes de sardinas. Esa fue la primera vez que tuve
conocimiento de la elaboración de las sardinas lañadas, la preparación de la
salmuera, etc. Esta operación de secado en aquellos días, la hacíamos sobre
unos trozos de red tendidos sobre la hierba del castro.
Con respecto a la
construcción de la casa, recuerdo que ayude a carrear gran parte de la piedra y
el ladrillo, desde donde lo depositaba la inolvidable “Matraca de Valentín”,
hasta la parte más cercana a la construcción. En dicho acercamiento de
material, se emplearon tanto carretillas, como canastas de mimbre (Paxes) y
cubos de cinc. La casa se construyo sobre un terreno que lindaba con el de
María “de Antón Longo”. Hacia la parte de atrás, se hallaba la casa de Carmen
“de la Pistata”, y lindando con ella, se hallaba la casa de José “Del Chanzón”
a cuyo lado había una muy pequeña casita de madera, en la que vivía Vicente
“Del Chanzón”, hermano del anterior. Mis vivencias en la Laguna o Areeiro,
comienza por una rápida y armoniosa amistad con los vecinos, entre los cuales
conocí a Pepe Luis, hijo de José y de Consuelo, que vivían en el camino que
conducía a Barreiros, era por así decirlo, la última casa del Areeiro en esa
dirección, aunque en esa misma línea y más hacia la cercanía del pueblo, cerca
del caño que por allí pasaba, estaba también la casa del “Menofilo”.
Procurarme una plaza en una escuela, para evitar el
tener que estar mucho tiempo sin colegio, fue una de las primeras prioridades
de mis abuelos. Allí, al lado de la fuente de La Rivera, entre la tahona y el
conocido Barómetro, encontraron la que sería mi primera escuela; la escuela de
Andrés “de Chámallo tú”. En ella, hice mis primeros amigos, de los que recuerdo
vagamente, algunos, y que por respeto a todos ellos, me privare de nombrar.
Andrés Rubido García

Emilio García Galdo, es el hermano de mi abuelo José García Galdo, de ahí nuestro a pellido García, hola primo!! jajajajaja
ResponderEliminarJorge Rodriguez García- Torrente
Precioso relato,Andrés.Quisiera tener tu buena memoria,Gracias por compartirlo con tod@s nosotr@s.Un abrazo.
ResponderEliminar¡¡¡Gracias!!! Siempre me ha gustado compartir los recuerdos de aquellos momentos, que a pesar de considerarlos propios, siempre, y necesariamente, han sido compartidos en la vida real con mis familiares, amigos...en tres palabras, con los míos, que son por así decirlo, ¡Mi gente!
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