miércoles, 25 de abril de 2012

Mis vivencias, 1ª parte


Nací según reza en el libro de familia, en la madrugada del día de difuntos del año 1948; en esa casa que hace esquina a la calle del Castro de Abaixo y a la calle Del Sol. De mis primeros años, todo lo que puedo decir es a través de las informaciones de mis antepasados. Hijo de Andrés Rubido Breijo “El Chacho” y de Carmen García Rodríguez, “de la Vacariza”. Huérfano de madre a la edad de tres años, y por razones que poco pueden interesar, quedé al cuidado de Emilio García Galdo, “Bares”, como así se le conocía y de María Vicenta Rodríguez Rodríguez “De la Vacariza” que eran mis abuelos maternos, con los que terminaría al poco de fallecer mi madre, emigrando a la Ciudad de Cádiz en la que actualmente resido. De mis abuelos paternos, poco puedo decir, pues mi abuelo Manuel Rubido, murió en el año 1929 y mi abuela Rosario Breijo Cazas murió en el año 1956; un año antes de nuestro regreso a Cariño.

Después de daros a conocer mis orígenes, prefiero centrar parte de estas vivencias en ese periodo, que es por así decirlo, lo que más valoro y con más cariño guardo y conservo en mi mente.

En el año 1956, regreso con mis abuelos a Cariño y debido a que aquella casa en la que nací, y a la que antes hacía referencia, había sido vendida por mis abuelos, ante la insistente presión de sus hijos; nos alojamos en una casa muy cercana a la anterior y ubicada en la calle Del Sol, propiedad de Maruja de Bravo, cuya familia, también era conocida por los de madeiras, y cuya hija mayor, Isabel, había contraído matrimonio con mi tío Luis, hermano de mi madre. Una familia que no dudó en acogernos y poner a disposición de mis abuelos todo lo que necesitase; demostrando ser tanto ella como sus hijos, una familia muy cariñosa. Dicha casa, tan solo quedaba separada de la que fue la nuestra, por la de Carmen de la Maragata, que lindaba con la parte trasera de la misma, en la que teníamos un almacén, en el que se trabajaba el pescado.

El tiempo que permanecimos alojados en aquella casa, fue el tiempo que tardaron en construirle al hijo mayor de mis abuelos maternos, Suso, conocido por el Soplón, una casa en la Laguna. Aún así, recuerdo que encontrándonos viviendo en la casa de la Señora Maruja de Bravo, mis abuelos se vieron en la necesidad de reanudar sus casi olvidadas profesiones como medio de ingresos; para lo que buscaron un almacén alquilado que reuniese las condiciones mínimas necesarias para poder desarrollar sus actividades. Dichas actividades, consistían en la compra de pescado fresco, mayormente sardina y jurel, el cual se limpiaba de vísceras y dependiendo de la época del año, se salaba, se preparaba para la venta en fresco o se lañaba –una variante de la salazón–. Esta última operación, se solía hacer en la época de verano, para poder concluir su preparación. Esta, consistía en una vez el pescado limpio, se abría en canal y se preparaba una salmuera cuyo grado de sal mediamos mediante la flotabilidad de una patata. Lista la salmuera, se introducían las piezas con el cuidado de dejarlas todas con la piel hacia arriba, dejando reposar el pescado en dicha salmuera hasta que alcanzase el tiempo estimado. Transcurrido el periodo del mismo, lo retirábamos de la salmuera y en canastas de mimbre (Paxes) se enjuagaba en agua limpia y se tendía sobre una red de tarrafa arte de pesca empleada para la captura de sardinas, a la espera de su secado. Siempre alerta, impidiendo la proximidad de algún que otro gato y de que no lloviese, pues por aquellos años, en Galicia el verano era muy corto y no resultaba extraño que pudiese llover en dicha estación. Una vez secas las piezas, se apareaban; es decir, se juntaban de dos en dos haciendo coincidir la parte carnosa entre ellas; de esta manera se iban depositando en cajas de madera con capacidad para treinta kilos, poniendo en el fondo de las mismas papel de estraza sobre el que se iban depositando y formando andanadas, que una vez completada cubríamos con papel y así sucesivamente hasta completar la caja, la cual se terminaba tapando con más papel. El fruto ha dicho trabajo, tenía que buscarlo mi abuela en las ferias que se celebraban en distintos puntos de la comarca, como por ejemplo: Mera, San Claudio, Moeche, La Barquera, etc., y de cuyo transporte hacia dichos puntos, se encargaban los autobuses de Pepe y Valentín Miranda de La Piedra, a los que se desplazaba, para poder vender dicho pescado, y en los que aprovechaba para comprar quesos frescos, vulgarmente conocidos como tetillas.

En aquellos primeros días de regreso al pueblo, mis abuelos compraron sus primeros lotes de sardinas. Esa fue la primera vez que tuve conocimiento de la elaboración de las sardinas lañadas, la preparación de la salmuera, etc. Esta operación de secado en aquellos días, la hacíamos sobre unos trozos de red tendidos sobre la hierba del castro.

Con respecto a la construcción de la casa, recuerdo que ayude a carrear gran parte de la piedra y el ladrillo, desde donde lo depositaba la inolvidable “Matraca de Valentín”, hasta la parte más cercana a la construcción. En dicho acercamiento de material, se emplearon tanto carretillas, como canastas de mimbre (Paxes) y cubos de cinc. La casa se construyo sobre un terreno que lindaba con el de María “de Antón Longo”. Hacia la parte de atrás, se hallaba la casa de Carmen “de la Pistata”, y lindando con ella, se hallaba la casa de José “Del Chanzón” a cuyo lado había una muy pequeña casita de madera, en la que vivía Vicente “Del Chanzón”, hermano del anterior. Mis vivencias en la Laguna o Areeiro, comienza por una rápida y armoniosa amistad con los vecinos, entre los cuales conocí a Pepe Luis, hijo de José y de Consuelo, que vivían en el camino que conducía a Barreiros, era por así decirlo, la última casa del Areeiro en esa dirección, aunque en esa misma línea y más hacia la cercanía del pueblo, cerca del caño que por allí pasaba, estaba también la casa del “Menofilo”.

Procurarme una plaza en una escuela, para evitar el tener que estar mucho tiempo sin colegio, fue una de las primeras prioridades de mis abuelos. Allí, al lado de la fuente de La Rivera, entre la tahona y el conocido Barómetro, encontraron la que sería mi primera escuela; la escuela de Andrés “de Chámallo tú”. En ella, hice mis primeros amigos, de los que recuerdo vagamente, algunos, y que por respeto a todos ellos, me privare de nombrar.

Andrés Rubido García

jueves, 19 de abril de 2012

Raíces de un pixin


Morriña, añoranza, evocación...Palabras que definen sin lugar a dudas los sentimientos que me atan a ti, como si de un cordón umbilical se tratase. Dulces lazos de unión, que utilizo para introducirme por la senda del recuerdo, como único atajo por donde mí motivado deseo de verte y creerte cerca, se basta para sentirme transportado hacia ti en la distancia y en el tiempo. Es poco y es todo; es poco porque los sueños, sueños son, y todo, porque cuando nada es cierto, cuando solo mi imaginación es la que me permite “Disfrutar” de ti, a través de los recuerdos que moran en mí; grandes son mis alegrías. Quizá, el hecho de saber que solo puedo visitarte, me ha servido para acostumbrarme a disfrutar de ti aunque solo sea a través de los recuerdos. 

Has sido y eres para mí la piedra angular de mi vida, el soporte de los principios de un pixin que no tuvo la suerte de poder disfrutar de la crianza y educación de mis padres biológicos. Un pixin que desde su más tierna infancia tuvo que soportar el vivir la cruda realidad de la emigración. Después de todo, doy gracias y celebro aquel regreso con el que pude al menos afianzar mis raíces de pixin disfrutando de los míos; y no me refiero precisamente a mi más intimo entorno familiar, al que tampoco culpo por tener que sucumbir ante la mala suerte. Cuando hablo de los míos, lo hago desde la sinceridad y desde el puro sentimiento de cariño, hacia esa gran familia de tíos y primos, los cuales siempre me correspondieron desde su lado más tierno y sincero, de cariño y afecto. 

Aquella fue una época crucial de mi vida, de avatares, de sinsabores y de alegrías. Una época, en la que a pesar de las estrecheces y algunas que otras carencias, pude afianzar y nunca mejor dicho, unas raíces que por cada día que pasa, mayor es mi preocupación por alimentarlas de amor, de cariño; de regarlas a través del teclado con recuerdos como este. Unas raíces que se aferran con más fuerza a lo más íntimo de mí ser, alimentando aquellos deseos que son por así decirlo, producto de la carencia que arrastro. Una carencia basada en la falta de presencia, auspiciada por la lejanía de todos ellos, de mis amigos y compañeros y porque no, de todos y cada uno de los habitantes del pueblo, de mi pueblo, de mi gente, de mis paisanas y paisanos…de Cariño.

Andrés Rubido García

martes, 10 de abril de 2012

Cara y cruz de una pasión


Cuando el peculiar aroma del incienso, perdura en el recuerdo de nuestras glándulas olfativas. Cuando aún divisamos las manchas de cera, salpicando algunas de las calles por la que desfilaron los acólitos y penitentes. Cuando en nuestros oídos mentales, resuenan los ecos de las lastimeras voces saeteras, de los más fieles seguidores de la pasión de Cristo; podemos ver sin llegar a asombrarnos por ello, cómo una gran parte de toda esa gran marea humana; en su momento ávida, por presenciar en primera fila todos y cada uno de los desfiles procesionales, de las comitivas, de los pasos de palio y de misterio;…han dejado de lado y en el olvido toda esa eufórica pasión; para dar paso a una nueva que nos permita sobrellevar los malos tragos de esta crisis, bebiendo, cantando y bailoteando en alguna que otra feria primaveral; o…¿por qué no? La imprescindible visita al estadio, o a nuestro reservado rincón de nuestro sofá del alma, en el que sentar nuestras posaderas y comenzar a disfrutar del “relajado” y ambicionado deseo de poder ver a través del plasma de 40”, …del que continuamos pagando las letras con gran sacrificio; el encuentro de liga o de champion, que disputa nuestro equipo. Ante semejante sacrificio, no podemos por menos, que acompañarnos para poder sobrellevar los malos momentos, o disfrutar de los buenos, con un buen cubata, del que iremos dando buena cuenta, trago a trago; o pidiéndole a la parienta, cuando el fondo del vaso se quede sin el líquido elemento “llénalo por favor”

Sin apenas darnos cuenta, hemos cambiado el sentimiento de escuchar una buena saeta por seguiriyas, por martinete o carceleras; por el cada vez más creciente afán de desgañitarnos en defensa de aquel equipo de futbol, por el que acudimos al estadio bufanda en mano, o con la camiseta dando a conocer cuál es nuestro referente y en el que sin temor a sonrojarnos; nos rasgamos las vestiduras y dando paso a nuestro más recatado y fluido vocabulario, le decimos al árbitro de todo menos bonito, llegándonos a “preocupar” de la madre y parte de su familia, en la que casi siempre tenemos en cuenta la palabra de Cabr…Huelga decir, que no está entre nuestras intenciones, faltarle al respeto a la mujer del mismo, pero sí de dejarle muy claro al Sr Juez arbitral, nuestra total disconformidad con sus decisiones.

Después de todo, y en un gran esfuerzo por justificar las salidas de tono, ante aquellas personas que no entienden nuestro barriobajero comportamiento; buscamos entre la patente carencia de nuestras escasas herramientas educacionales, alguna que nos ayude a poder argumentar y continuar dando muestras, al menos de cara al escaparate, del caballero educado que en más de una circunstancia, nos hubiese gustado poder llegar a ser. Así las cosas, tan solo nos queda algo más de once meses para la próxima Semana Santa, en la que podremos volver a ejercitar, aunque solo sea por siete días, nuestro papel de educados caballeros y devotos cristianos.

Andrés Rubido García