viernes, 18 de marzo de 2011

Recuerdos del niño que vive en mí


Caminar por la orilla, agradeciendo la fresca caricia del mar que envuelve mis pies, y la de la brisa que alcanza a embriagarme, con el más voluble aroma de la bajamar. Disfrutar de las grandiosidades con las que me siento gratificado por la madre naturaleza, y a las que yo gustosamente me abandono, dando rienda suelta a todos y cada uno de mis sentidos, como queriendo aprovecharme de la inagotable fuente de riqueza que me rodea, en este bendito pueblo que me vio nacer.

Desde el espigón hasta la rambla, y desde la rambla hasta la Bosteira, recordando el ir y venir de los marineros con la ropa de aguas y los remos al hombro, o el canasto o carabelo. Los camiones cargados de sardina, camino de las fábricas; mientras la sirena de la lonja hace tronar su garganta, llamando para la venta del pescado. Son los murmullos del Pueblo que respira vida por sus cuatro costados, confundiendo el bullicio das peixeiras que discuten por un lote de peixe, coa rompiente de pleamar na rambla

Son las jugarretas de mi mente, una mente enamorada de sus principios, de sus orígenes, de una tierra, en la que una vez más la necesidad se hace fuerte, impidiéndome continuar disfrutando de mi adolescencia entre los míos, entre mi gente. Disfrutando y conviviendo con las costumbres de un pueblo, de mi pueblo. 

Un pueblo que en el recuerdo, me hace sentir el olor de los cocederos de las fabricas, del olor a pescado fresco, del olor a hierba cortada, del olor a leña quemada; en una palabra, de los olores de mi hogar; un hogar del que no pude disfrutar, porque mi destino me convirtió en errante mientras mi cuerpo aún crecía como hombre, mientras era transportado casi de manera forzosa de adolescente a adulto.

Como olvidar os discos da solana camiño do cine, como olvidar as festas da Virxen do Carmen, como olvidar aquel San Bartolo co o pueblo cheo de xente. Como olvidar tantas y tantas cosas que me vienen a recordar: que el pasado no se puede recuperar, por muy grande que sea la nostalgia que me invade.

Andrés Rubido Garcia

miércoles, 16 de marzo de 2011

El valor de la amistad


Puede que el amanecer se haya tornado gris, tanto que los rayos del astro rey nos lleguen tenues y sin brillo. Puede que incluso te hayas despertado invadido por una gran apatía. Puede que hayas tenido que maldecir al tropezar con algo que siempre ha estado ahí, pero que tu mal despertar no te ha permitido ver. Más todo eso se olvida, si tenemos la suerte de contactar con aquella o aquellos que hace tiempo no vemos y que justo en ese instante previo al encuentro, ni te lo podías imaginar. Pero te despiertan y lo vives, como si se tratase de tu mejor día, del día más radiante, de uno de los más felices de tu vida; una grata y gran amistad.

Andrés Rubido Garcia

martes, 15 de marzo de 2011

Cariño, cachiño da miña terra.


Cariño canto che quero, ti que me viches nacer e comezar a gatear, ti que me escoitastes falar e por vez primeira dicir mamá; Que pouco vivín de ti, e canto amor che teño.

Non penses nunca que che olvidei, por atoparme lonxe de ti; son moitas a noites que te soño, e moitas as veces no dia, nas que suspiro por ti.

Por moi lonxe que te teña, por moitos anos que pasen, cariño sempre che tendrei, presente no pensamento, presente neste corazón que late. 

Sinto celos du mar, de ese que che arrua e che enche di bicos po lo peiral, de bicos que rondan a concha, nas claras noites de lua, susurrandoche moi baixiño, Cariño canto che quero, non che poido olvidar.

Andrés Rubido García

sábado, 12 de marzo de 2011

Japón, un país desolado


Una vez más la naturaleza se muestra violenta y despiadada. Una vez más, en un rincón de nuestro planeta reina el caos, la muerte, la desesperación, la impotencia. El pánico se hace fuerte y patente en el rostro de millares de criaturas, que gritan y lloran desconsoladamente; buscando con ahincó y cierto aire de desesperanza, a sus seres queridos, entre ríos de multitud que se atropellan en su caminar hacia ninguna parte, sobre las ruinas de la tragedia. Una huella que permanecerá eternamente en la mente castigada de todo un país.

Mientras, el resto de la humanidad se lamenta, sintiéndose invadida por la sensación de inseguridad. Empequeñecida, desorientada, con un sinfín de preguntas flotando en un ambiente enrarecido y cada día más contaminado, gracias al orgullo, la demagogia, la soberbia, la indiferencia, la intolerancia, la prepotencia, el eterno Yo… y un largo etc., del que últimamente abusamos, tanto a nivel político, social e incluso familiar.

Resulta tremendamente estremecedor, que a pesar de tragedias de tal magnitud, el ser humano continúe guerreando y tratando de imponer su criterio, vociferando e insultándose mutuamente, con la idea fija de sentar cátedra sobre temas, que de manera constante copan las hojas y el tiempo de nuestros medios de comunicación. ¿Cuánto más positivo y acertado seria buscar entre todos, las formulas que nos permitiesen vivir pacíficamente en medio del respeto mutuo? Hablo de una vida que puesta en valor no tiene precio, pero que ante tales tragedias, me atrevería a decir algo así como: “Vive y deja vivir” o mejor aún, vivamos compartiendo, pues “compartida, la vida es más”. Algo así se desprende de un anuncio televisivo; pero es que además, da gusto terminar por creérselo.

Por último, decir que me faltan las palabras, con las que poder solidarizarme y mostrar mi más enérgico y sincero sentimiento con el sufrimiento de tantas criaturas afectadas por tan descomunal tragedia.

Andrés Rubido García