Un
año más, nos dejamos influir por el extraño virus para el que los grandes
empresarios comerciales, tienen dispuesto a lo largo de los 365 días del año, a
los responsables de mantenerlo y robustecerlo, con el firme propósito de
continuar contaminando nuestros cerebros día tras día, y cómo no, aprovechando
el tirón, llamar a las puertas de nuestros maleducados impulsos, embriagados de
tanto modernismo negativo, y dándoles rienda suelta, poder conseguir sus
propósitos.
Podíamos
decir, que la “Entrañable Navidad” tiene al igual que la gripe común, su
periodo de gestación o incubación, seguido del periodo de revelación descarada,
en el que nuestro grado de desmadre se dispara de tal manera, que nos cambia
nuestra forma de pensar, entregándonos y dejándonos llevar por esa fuerza que
nos arrastra, hasta el punto de dejar nuestra ya delicada economía, a las
puertas de la UCI.
Desde
que el plástico sustituyó a los billetitos contantes y sonantes en la mayoría
de nuestras compras; en las billeteras de los ciudadanos, solo son visibles a
excepción de algún que otro papel, un cierto número de las consabidas tarjetas,
el DNI y un resguardo de la primitiva o bonoloto, en el que tenemos volcadas
todas nuestras esperanzas. Una esperanza ciega, que nos lleva a soñar con la
solución a nuestras recién contraídas deudas navideñas; y ya puestos a pedir,
nos ayude a olvidar la puñetera “cuesta de enero”, de la que tan solo nosotros,
somos responsables y únicos culpables: todos y cada uno de nosotros, de los que
pertenecemos al llamado grupo de currantes, y de los que un gran número solemos
tropezar siempre con la misma piedra, gastando más de lo que realmente podemos.
Todo ello, gracias a la labor realizada por los encargados de comernos además
del coco, el dinerito.
Muchos
serán, los que para olvidar los malos tragos, recurran a otros peores,
alegrándose el día con unas copas; quizá por aquello de que: “La mancha de una
mora con otra se quita”. Unas copas que posiblemente serán el preludio de una larga
y variada lista, que nos conducirá a la inevitable primera resaca navideña,
dejando tras de sí, los consiguientes daños colaterales, que pueden dar como
resultado, una amarga cena, y el total descontento familiar. Ni que decir
tiene, que una vez terminado el periodo Navideño, y en el supuesto de que
hayamos tenido la "suerte" de sobrevivir a tan desmadrada festividad,
nos tropezaremos un año más con la puñetera "cuesta de enero"
Andrés
Rubido García

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